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martes, agosto 11, 2020
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    El Mundial que marcó el fin de una época

    El 8 de Julio de 1990, el seleccionado de la Asociación de Fútbol Argentina concluía su paso por el Campeonato Mundial Italia `90, tras perder en la final con el conjunto alemán. El hecho marcó el cierre y a la vez la apertura de una etapa en la política y la vida del país. Así lo proponen Ernesto “Cune” Molinero y Alejandro Turner. En “El último mundial. Un recorrido sensorial por Italia´90” recuperan en una profunda investigación esa campaña inolvidable. “El equipo se integró con jugadores para los que estar en la selección era lo más importante que les podía pasar”, aseguran.

     

    Carlos Marín / [email protected]

     

    Hace tres décadas, hoy 30 años y cinco días, para ser exactos, el seleccionado argentino perdía, frente a la escuadra alemana, la final del Campeonato Mundial de Fútbol Italia ´90. Tras un partido memorable en el estadio Olímpico de Roma, el combinado blanquiceleste -liderado por Diego Maradona y el doctor Carlos Salvador Bilardo- se despedía con la frente alta tras perder por un penal marcado por el árbitro uruguayo, nacionalizado mexicano-, Edgardo Codesal. Las manos de Goychoechea –ya consagrado en el arco en los partidos previos- no alcanzaron para la hazaña aquel miércoles 8 de julio de 1990.

    El representativo argentino había llegado a la máxima cita ecuménica del balonpié con el peso de ser el anterior campeón, en México 1986. Pero sin haber ratificado esas credenciales en los cuatro años que mediaban entre un mundial y otro. A ello se sumaba el desencanto de la hinchada argentina –basada en la floja campaña previa- y la presión de los fanáticos locales.

    A lo largo de treinta días intensos, el grupo humano conducido por Bilardo y Maradona transitó un camino que lo llevó del espanto inicial por la derrota ante Camerún a la recepción gloriosa que tributó el pueblo argentino a los integrantes de aquel seleccionado que conquistó el subcampeonato.

    En ese mes, momentos significativos hubo muchos. Pero algunos fueron claves. Juan Simón, uno de los seleccionados, dejó una frase que describía el ánimo del país hasta ese momento: “Antes de (el partido con) Brasil nos querían matar. Después fue todo muy épico”.

    El defensor no se equivocó. Lo que llegó luego de aquella inesperada eliminación del conjunto `verdeamarelho´ por parte del equipo argentino –merced al ya memorable gol de Claudio Caniggia- fue el partido con el seleccionado local. El encuentro estuvo cargado de una significación especial. Estaba todo dado para el triunfo del representativo italiano, que llegaban al encuentro sin goles en contra y con todos los partidos ganados. Sin embargo esa tarde el verdugo fue Sergio Goycoechea, que en cuartos de final clausuró con sus manos el anhelo de los `azzuri´ de alzar la preciada copa. Cinco días después, el milagro no volvería a repetirse frente al poderoso conjunto teutón.

    Sin la copa en sus manos, el regreso de los jugadores y el cuerpo técnico al país estaba cargado de nubarrones. Sin embargo no imaginaron la recepción multitudinaria, inolvidable, que les tributaría la gente, aún cuando no conquistaron el primer lugar. La celebración en Plaza de Mayo, con el saludo desde el balcón de la Casa Rosada, junto al entonces presidente Carlos Menem, desató una ola de festejos que permitió liberar emociones contenidas no sólo desde junio. Fue un catalizador para que millones de argentinos pudiesen exteriorizar y dar cauce a mucho de lo que habían acumulado emotivamente en los dificilísimos años precedentes. Los que mediaron entre la segunda mitad del gobierno de Raúl Alfonsín y la asunción anticipada de la presidencia por parte de Menem. Sobre todo aquel 1989 de la hiperinflación. Había necesidad de festejar por algo.

    Así el logro del equipo argentino permitió en aquellos años recuperar la mística y la alegría tras profundas y amargas decepciones políticas, económicas y sociales. Aquel momento fue, además, una bisagra entre dos momentos del proceso democrático en el país.

    Así lo proponen Ernesto “Cune” Molinero y Alejandro Turner, quienes en su libro “El último mundial. Un recorrido sensorial por Italia´90” recuperan en una profunda investigación esa campaña de la Selección Argentina. Lo hacen junto a Sebastián González Gándara y Agustín Martínez como escuderos en esa travesía en la que rescatan acontecimientos memorables como la charla de Maradona con sus amigos brasileños luego del partido en que Argentina eliminó a Brasil. O la estrategia empleada por `El Diez´ para polarizar la opinión pública italiana, que estaba claramente volcada en contra de la selección blanquiceleste. O el rol clave que cumplió en el nexo entre el equipo y la gente el periodista Carlos Barulich.

    En la portada del libro, una de las imágenes memorables del mundial 90: Maradona entre Galvao y Gomes, ya ha lanzado el pase para que Caniggia, desprendido de su marca avance hacia el gol de la victoria frente a Brasil.

    DOS FOTOS, DOS MOMENTOS

    “Este libro podría empezar con una foto. O más bien con dos. Las dos fotos del festejo en el balcón de la Casa Rosada del equipo argentino y el mandatario de turno: la del ‘86 y la del ‘90. Entre una y otra foto hay algo más que la sencilla diferencia entre haber ganado o perdido una final. De un balcón a otro hay cuatro años claves en la transformación de la Argentina (y de aquel equipo de fútbol)”, señaló Ernesto Molinero a EL DIARIO.

    En las páginas del volumen editado por Planeta, se cuenta una parte de esa transformación, mediante el simple pero revelador ejercicio de ir acompañando el día a día de la selección argentina de fútbol en un trayecto que arranca con el pitazo final en el Azteca y termina en el último minuto del partido definitivo contra Alemania cuatro años después.

    Un país cambiante y en pleno viaje hacia un nuevo escenario social y político es el telón de fondo del periplo siempre accidentado de aquel equipo campeón hacia la más sufrida de sus hazañas. Italia ‘90 fue el último Mundial contado en las tapas de los diarios y de las revistas.

    “El último –señala el periodista y docente- con muchedumbres festejando en las calles en cada instancia. El último Mundial completo con un Maradona incompleto. El último sin canales de deportes ni Internet. El último sin previas eternas y sin necesidad de rellenar minutos con lo que fuere. El último dirigido por uno de los dos polos que construyeron la principal contradicción de nuestro fútbol: Menotti y/o Bilardo”.

    Treinta años después, cuando suena la canción que identificó aquel campeonato, afloran recuerdos, inconfundibles. “No puede hablarse de Italia ´90 sin apelar a lo sensorial. Es el mundial que se recuerda más por una variedad de sensaciones como la angustia, los nervios, la ansiedad, el susto de la gente y los jugadores. Y por supuesto por la canción inolvidable”, refuerza Molinero.

    Para él si bien “el equipo del `90 es el mismo núcleo de jugadores que había salido campeón en México, las diferencias en el país en esos cuatro años, son notables”. En 1986 aún se vivía la primavera democrática. En 1990, señala el autor a EL DIARIO, “se vislumbraban en la democracia argentina limitaciones importantes. Como el Indulto; la nueva regulación de las leyes laborales que se vinculaban al neoliberalismo; todo en un contexto internacional marcado por la caída del Muro de Berlín y el bloque socialista en el Este de Europa”.

     

    LIDERES CARISMÁTICOS

    Aquel equipo del Mundial 1990 tuvo dos líderes muy particulares y carismáticos, cada uno a su manera: Bilardo y Maradona. También “se da otro fenómeno en ese proceso. De ir contra viento y marea frente a todo lo que se opone, casi al punto de construirse un `enemigo´ que nos quiere destruir. Es como una celebración del hacer las cosas `a los ponchazos´, le pese a quien le pese”. Pero a la vez lo anterior, indica Molinero es contradictorio con el estilo de Bilardo. Como “director técnico no dejaba nada librado al azar era muy minucioso en sus explicaciones. Pero también sabía que un componente clave en la dinámica del grupo era lo anímico, lo emocional. De allí que había que unir al grupo detrás de algo y el mejor modo que encontró fue crear enemigos. A veces eran reales. Otras no tanto. En Italia pasó que había una hostilidad manifiesta hacia La Argentina por parte del público. Sobre todo por Maradona que era un referente del sur, el sector más pobre y en cierto sentido más tosco del país; frente al norte refinado, elegante, poderoso económicamente. Eso, en un momento clave fue usado para consolidar la mística del conjunto argentino”.

    Hoy, reflexiona Molinero, “el futbol es otro”. El de Italia fue el último mundial en que la prensa tenía contacto directo, ni bien terminaba el partido, con los jugadores. También fue un Mundial muy parejo. Y a partir de él comenzó a vislumbrarse la superioridad del futbol europeo sobre todo por la diferencia física entre los jugadores que entrenaban en Europa y los que lo hacían en Sudamérica. Por otro lado, en lo reglamentario luego de Italia no volvió a permitirse el juego tan brusco como sistema, tal como lo sufrieron Maradona y Caniggia en ese mundial”.

    En cuanto a Argentina, hubo, considera el periodista, un cambio fuerte en lo futbolístico, sobre todo en el conjunto. “Fue el último mundial en que el equipo se integró con jugadores para los que estar en la selección era lo más importante que les podía pasar”.

     

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