El periodismo y las letras de Entre Ríos  perdieron a uno de sus decanos

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El reconocido escritor Adolfo Golz falleció en Paraná a los 90 años.

La muerte de Golz deja un hueco, un vacío significativo. La partida de este “viejo lobo de mar”, el “Decano del periodismo entrerriano” como gustaba que lo llamaran, señala -para quienes lo conocieron, transitaron o ejercen el periodismo en la provincia-, en cierto modo el fin de una época.

 

Carlos Marín / [email protected]

Más allá de la retórica de la frase, fue argentino hasta la muerte. Cómo no serlo si llevaba ese mandato impreso en su mismo nombre: Adolfo Argentino. Cómo no pensar que lo fue a carta cabal si hasta la fecha que la muerte señaló en el almanaque para llevarlo es la del Día de la Independencia, el 9 de Julio.

El fallecimiento de este veterano periodista y escritor –nacido el 8 de febrero de 1930 en Nogoyá- aconteció en la tarde de ayer en la Clínica Modelo de la capital entrerriana. Allí se encontraba internado a raíz de una delicada situación en su estado de salud, que se había deteriorado considerablemente en las dos últimas semanas.

Fue el desenlace de un prolongado proceso de desmejora que, con altibajos, lo mantuvo alejado durante 2019 de actividades culturales y sociales. Un hecho que Golz había asumido a regañadientes, pero que nunca terminó de aceptar plenamente. Es que la sociabilidad fue una de sus características más notables. Junto con el humor, un condimento que empleaba para sazonar cada conversación en su vida cotidiana.

Su capacidad para multiplicarse y asistir a todos los eventos artísticos y culturales de la ciudad llevaron incluso a que –durante la década de los 90- algún desprevenido pensara que no era uno, sino que de alguna manera se multiplicaba por tres para estar en distintos lugares, casi al mismo tiempo en su afán de responder a todas las invitaciones que se le formulaban.

HACEDOR INFATIGABLE

Su apego a la literatura y al periodismo crecieron a la par. Sus pasos iniciales los dio como cronista deportivo mientras cursaba los primeros años del nivel medio, en el Colegio Nacional de Paraná. Su inquietud e inagotable curiosidad lo llevaron a incursionar en diversas disciplinas, entre ellas las artes plásticas. Se formó en pintura por lo cual expuso en varias muestras colectivas a mediados de la década del 50.

Tras un paso por medios porteños, y un período de residencia en Buenos Aires regresó a Entre Ríos y se incorporó a trabajar en el área de Información Pública del Gobierno provincial. Luego de unos años ingresó por concurso al Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, donde se desempeñó en el área de Comunicaciones en la Estación Experimental Paraná, hasta su retiro, en el año 2000.

A la par de su desempeño en medios de comunicación y un fugaz paso por la docencia, la pasión por narrar se le impuso como un destino insoslayable. Forjado al calor del periodismo de aquel momento, atravesado por un aura de bohemia y por amistades que se sellaban de por vida, Golz se nutrió de historias que tomaron forma en páginas que volcó en libros como “El hombre incompleto” –su primer trabajo publicado en 1954 con Prólogo de Rafael Rovira Vilellas y portada y viñetas de Julio César Méndez-.

A éste siguieron “La gargantilla negra”, “Ocho cuentos octogonales” –que obtuvo la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en 1966-, “Todos los hombres ningún amor” y “Compartidarios”. Más recientemente agregó “Cuentos desde Entre Ríos” y “100 cuentos surtidos”.

Además del ensayo, género que transitó en “Daniel Elías. El poeta del sol” -por el cual fue distinguido con una Mención en el Premio Fray Mocho 1985-, se acercó en sus últimos años al microrelato, algunos de los cuales publicó en la revista mensual de La Agrícola Regional (LAR), de Crespo.  Cultivó la copla junto a compañeros de ruta como Antonio Rubén Turi y Luis Sadí “el mono” Grosso. Fruto de ello es “El mate en aires de coplas”.

Periodísticamente integró la redacción de publicaciones, diarios y revistas de Paraná –donde realizó toda su trayectoria profesional-, de la provincia y del país. Entre ellos estuvo “Expansión”, un semanario que fundó y dirigió a fines de la década del 60. Fue corresponsal de medios de alcance nacional, diarios de Rosario, Buenos Aires y del interior de Entre Ríos; también intervino en programas de radio y televisión de la capital de la provincia y Santa Fe.

En estos últimos años, con su presencia, además de colaborador fue un integrante más en la redacción de EL DIARIO, a la que asistía casi a diario para encontrarse y charlar con periodistas de distintas generaciones.

Tuvo asimismo participación activa en el Sindicato de Prensa de Entre Ríos y dirigió las colecciones “Entre Ríos” y “Autores de hoy”, de la Editorial Colmegna, con lo cual contribuyó a la difusión de la producción de autores entrerrianos durante las décadas de los 70 y 80.

Entre tantas actividades que desarrolló, Golz participó en la conformación de la Filial Entre Ríos de la Sociedad Argentina de Escritores, y fue coordinador de la Fundación Mayorazgo, que tuvo temporadas brillantes en la década de los 90. También ayudó a dar forma e integró el grupo de asesoría cultural de la Fundación OSDE Filial del Paraná, que desde comienzos del presente siglo sostiene ininterrumpidamente ciclos culturales anuales. Asimismo, desde hace más de una década, era el coordinador y organizador del calendario anual de exposiciones y actividades culturales en el Espacio de arte de la Clínica Modelo que desde 2018 lleva su nombre.

REFERENTE Y TESTIGO

En Paraná dio forma a su hogar junto a Estela, su esposa. En él recibió con generosidad y disposición a todos los interesados que solicitaban consultarlo por su memoria y sus conocimientos del panorama literario, periodístico y cultural entrerriano.

Difícilmente algún título publicado en la provincia en las últimas décadas no se encuentre en los estantes y anaqueles de su biblioteca, en la cual alojó una fabulosa colección de impresos. En ese espacio privadísimo, su reino, concentraba parte de su vida.

Memorioso -como el personaje del bibliotecario ciego que Umberto Eco perfiló para “El nombre de la rosa”- Golz conocía con precisión cada lugar y podía hallar el título que buscaba entre miles de volúmenes. Ese interés casi desenfrenado por los textos le dio motivo para escribir uno de sus tantos relatos, “papelimpresomanía” en el que con inteligencia se mofaba, en clave humorística, de su irrefrenable impulso por acumular papeles impresos, que no podía contener.

Era referente de consulta casi obligado para distintas generaciones que acudían a encontrarse con “El decano” para consultarlo sobre un autor, un período, alguna publicación o simplemente para conocer –relatados por un testigo directo- acontecimientos que dejaron marca en la historia de la provincia o el país. Muchos colegas y jóvenes estudiantes se sorprendieron alguna vez cuando tras haberse despedido de él, recibieron posteriormente copias, recortes, material extra que Golz hallaba entre sus papeles y consideraba que podía ser de interés para la temática sobre la cual había sido consultado.

Su generosidad se extendió especialmente a quienes concedió el privilegio de gozar de su amistad. Lo saben aquellos que accedieron a ser parte de la peña de los 12 amigos, una auténtica hermandad que conformó con personalidades de las más diversas ocupaciones y procedencias. En ese espacio, que sostuvo durante décadas con dedicada persistencia hasta inicios de la actual cuarentena, pudo desarrollar la charla amable, e hizo culto de la amistad.

DOS FRASES

Un apego profundo a su patria chica, Entre Ríos, marcó la existencia de Golz. Ello a pesar de haber pasado su infancia en la imponente Viena del período de entreguerra, etapa de la cual guardaba recuerdos imborrables.

Tenía dos frases que repetía como muletilla y que lo identifican a carta cabal. La primera, más conocida: “Los periodistas no tenemos fechas de vencimiento”. Esas palabras ilustraban un gesto ante la vida: es una declaración de principios que expresa su convicción sobre la necesidad de continuar siempre activo. De no entregarse nunca. No lo hizo. Porque -como completaba con la segunda frase, acaso menos difundida, que le gustaba citar-: “el que se queda quieto se oxida”.

Finalmente la profecía terminó cumpliéndose. La enfermedad que lo postró físicamente a mediados de 2019, hizo que el óxido avanzara y corroyera su cuerpo. Pero Golz puede estar tranquilo, el óxido sólo se ensañó con la cáscara, lo superficial, la mera apariencia.

Para quienes continuamos en el tráfago cotidiano queda lo esencial, lo que permite que su ser permanezca entre los que lamentamos su partida: su presencia en los relatos que escribió; en los recuerdos y las anécdotas que ahora ya son parte del tesoro que cada uno de los que lo conoció puede atesorar entre sus posesiones queridas.

Mientras tanto, a este Adolfo Argentino que nos dejó lo estarán recibiendo, donde quiera sea que estén, además de su esposa Estela, amigos de la talla de Antonio Rubén Turi, Luis Sadí Grosso, Domingo Nanni, Sadi Genolet. La peña de la amistad no conoce de límites ni fronteras.

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