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martes, agosto 4, 2020
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    “Son cuarenta días nomás”

    Bueno, ojalá. Ya pasaron más de 100 días, y contando. Parece que a los argentinos nos gustan las cuarentenas igual que las crisis: largas y duras. ¿Se imaginaron otra cosa? Bueno, todo termina más o menos igual para nosotros.

    Jairo Federico Mío

    El aislamiento me agarró solo, hiperconectado, pero solo. Y en este centenar de días de experiencia aprendí un montón de cosas, pero principalmente a convivir conmigo mismo. Y créanme que eso es un montón. Considerando que soy de los que miran su propia cara de pelotudo durante toda la videollamada… como odio eso, las videollamadas, digo.

    Antes podía hacerme el boludo y no escucharme: me iba a un bar. Un fútbol 5 me mantenía alejado de mí. Una comida con amigos era la válvula perfecta donde la olla de mi ser chiflaba el vapor del complejo locro que es vivir en Argentina.

    Pero llegó la convivencia, me vi obligado a pasar tiempo conmigo. Básicamente me puse en pareja conmigo mismo y arranqué a convivir: caos y poco (nulo) sexo, como toda convivencia. Y hasta que Alberto los separe.

    Pero la convivencia también conlleva un aprendizaje. Me di cuenta que los seres humanos extrañamos mucho más de lo que creemos pero también confundimos extrañar con tener frío o miedo a estar con nosotros mismos. Y a veces ambas. “Calefactor y autoconocimiento” parecería ser la fórmula del éxito para sobrevivir a la cuarentena, aunque pensándolo bien parece el nombre de una banda indie de esas de ahora.

    En esta cuarentena pasé por todas las etapas posibles: ya reí, lloré, trabajé, limpié, me pasé a Netflix, comí, ordené, leí, escabié, me masturbé, me masturbé, me masturbé, me masturbé, me masturbé. Mentira, no miré tanto Netflix.

    Y les juro que para mí estos días fueron una montaña rusa. Subir, bajar, un giro, otro, volver a subir y volver a bajar sin haberte nunca movido de tu lugar. Pero entendí que esa es la gracia de una montaña rusa, eso es lo divertido. Que todo esté frenéticamente en pausa, que sea peligrosamente seguro, que te acerques a la muerte y para estar más vivo. Es una montaña rusa… con olor a alcohol en gel.

    La clave está en aprender a disfrutar del vértigo, no nos podemos bajar, no controlamos el juego, ya estamos arriba y ya pagamos. Claramente no controlamos el carrito pero sí podemos controlar cómo sentirnos. Y acá estamos: levantando los brazos y gritando en cada caída para luego reír por estar vivos a la subida, para luego repetir durante días.

    Eventualmente todo va a terminar, pero aprender a disfrutar de nuestros estados es un desafío al cual hoy estamos obligados. La cultura del “siempre bien” nos ha destruido más que la inflación. Aprender a estar mal sin acostumbrarse y a estar bien sin excusa se volvió imprescindible. Y como en toda montaña rusa, vos decidís cuan bien/mal pasarlo, esa es la gracia.

    Me propuse hacer que este “apocalipsis berreta y de copetín” tenga sentido. Que este punto de inflexión en la humanidad valga la pena. Que este sea un hermoso momento para demostrar de qué material está hecho cada uno. A cuidarme por dentro y por fuera, porque cuidarse es amar un desconocido a la distancia, incluso cuando ese desconocido es uno mismo.

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