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martes, agosto 11, 2020
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    Croacia Norte, rulo singular con prodigiosa vista al río

    El barrio de Bajada Grande se constituye en buena medida a partir de las avenidas Estrada y Larramendi. Se conocen desde hace años, saben de sus diferencias y, en general, las toleran. Pero no todos los días son iguales, por lo que cada encuentro tiene su cuota de certidumbre y de imprevisión.

     

    Víctor Fleitas / [email protected]

     

    La avenida Estrada nace en el Puerto Viejo, cuando la costanera baja toma impulso para emprender el ascético empedrado de Los Vascos. Luego de unas cuadras de cumbia y reggaetón, las residencias hechas con el sudor de la frente se desvanecen y se ingresa a un cementerio de elefantes industriales que el paso del tiempo, implacable, corroe, como un agrio reproche. Más allá soñará a lo grande con condominios cinematográficos que lucen prometedores en la planimetría, con su ambigua combinación de sosiego y altos estándares de segura comodidad, con su muelle del otro lado de la calle. Luego, ante los fondos de ese gigante dormido llamado Parque Varisco, sobrevendrá un almácigo de frentes cuyos fondos se hunden en un misterio de barrancas, hacia el Paraná.

    Por su parte, la avenida Larramendi es la continuación de Laprida que, hacia sus orientales orígenes, entre San Martín y Ramírez, recibe el nombre de La Paz y da referencia concreta al Hospital San Roque. Laprida lleva tránsito desde el centro en una invariable dirección, hasta que unas cuadras antes del puente sobre el arroyo Antoñico adquiere el doble sentido que mantendrá hasta que llegue a su desembocadura, bajo otra denominación.

    El Prado de la Cruz, de la poética evocación a la situación de evidente abandono. Foto: Gustavo Cabral

    DE REOJO

    Instalado en la parte alta, un privilegiado alcázar con aspecto de hipermercado ve dar sus primeros pasos a Larramendi. Podría tomar por Anacleto Medina y seguir la caprichosa traza del arroyo para encontrarse con Estrada, pero prefiere jugarle una carrerita a campo traviesa. En ese recorrido será changarín y obrero, empleada en casas particulares y luchadora de oficios mal pagos; luego de un meridiano que recuerda un pasado de quintas, se volverá a apiñar en anhelos de un progreso esquivo, desde historias de pasajes breves, pasillos que se quiebran y calles sin salida.

    Las últimas cuadras de una y otra avenida no tienen diferencias sustanciales. Pero Larramendi sabe que en Estrada está la vecinal, la comisaría, la parroquia, la escuela y el hospital y a veces siente que la vida no ha sido benevolente con ella, que no le jugó limpio.

    En ese tramo final, Estrada y Larramendi se encuentran formando un ángulo, en una rotonda que lleva a lo que fuera un espacio portuario, devenido en área de esparcimiento. Ante el mapa, podría imaginarse que las arterias de menor jerarquía que se despliegan hacia el interior del territorio -atajos entre las avenidas- podrían representar las ondas que provoca una piedra que se deja caer en el cantero circular que opera como fin de los caminos. El último de los bucles de ese hipotético estanque se llama Croacia Norte.

    Desde el puerto, surge después del festival de curvas y contracurvas de Estrada, más allá del “centro cívico”. En busca de Larramendi, recorre una trama urbana endiablada, donde las calles brotan como vertientes con nombres de letras del abecedario o directamente con números, como si fueran parte de un burocrático expediente y no hubiera allí presencia humana.

    En esas primeras cuadras, de asfalto, la Policía guarda las motos secuestradas en los operativos y los empleados del Taller Antequeda desovillan una rutina de mobiliarios escolares por encargo.

    Un codo de suelo natural intermedia los tramos asfaltados de Croacia Norte que llegan hasta Larramendi y Estrada. Foto: Gustavo Cabral

     

    CODO A CODO

    A Croacia Norte se ingresa también por Larramendi. En esas primeras cuadras pavimentadas, las viviendas residenciales prefieren recortarse sobre la vereda oeste. Apenas acceden al espacio compartido, sus ocupantes se topan con una postal agreste, en general descuidada. En esa inmensidad vegetal, una placita marchita hace brotar plantines multicolores en gurisitos inquietos y vivaces, acróbatas impares que no superan el metro de altura.

    Esa parcela despide aromas de voluntariosa vecindad, de persistencia ciudadana, de cierta microorganización barrial también; en el terreno hay estelas de trabajo humano, a pala, rastrillo, balde y carretilla para desmontar y limpiar. Y es una metáfora del sector: grupitos de emprendedores abriéndose paso ante las dificultades como pueden, cansados de aguardar que lleguen equipos modernos y maquinarias impactantes, aliados a cuadrillas de obreros y capataces que apliquen los prolijos protocolos de la arquitectura y la ingeniería.

    Lo urbano aquí, lo común, es tierra ganada al monte rebelde, a la vegetación chuza, al minibasural, al baldío, al abandono en el que anidan alimañas, roedores y amenazantes reptiles, de cuya presencia muchas veces anotician los perros de todos los colores y tamaños imaginables que patrullan las calles como si fuera el patio de la casa que no tienen.

    A metros de allí, perdida entre chatarras de autos, quedó la entrada al Prado de la Cruz. Un visitante precavido dudará más de una vez sobre la conveniencia de recorrer ese claro en el sotillo. Pero si el miedo no lo hace sucumbir, si desatiende un tintineo de luces amarillas de la prudencia y sigue por el camino de tierra que bordea la cancha de fútbol, llegará hasta un descampado, rodeado de árboles. A la derecha, al fondo del amplio terreno, advertirá un grupo de construcciones en ruinas: una habitación como telón de fondo al estilo de una sacristía, sin puerta, y, delante suyo, los restos de un altar y un púlpito. Corona el conjunto lo que en su momento fue presentado como la cruz más alta de Entre Ríos: al observar esas pretensiones y estas objetivas realidades por cierto que podrían habilitarse múltiples conexiones hacia procesos y situaciones similares y, en ese sentido, estar dando cuenta de una esquirla de matriz cultural.

    Desde allí, Croacia Norte es una curva abierta, de suelo natural, que a mitad de camino regalará una panorámica inigualable del admirado Paraná. No es un mirador ni mucho menos. Es una cornisa peligrosa, cuya cota está a altura de la punta de un pino añoso, plantado en los fondos de una propiedad cuyo frente da a Estrada, la calle a la que de cualquier forma se arriba luego de retomar el asfaltado tramo pendiente.

     

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