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    Claudia Rosa, ese torbellino de intelectual laboriosidad

    El 5 de julio de 2020 se cumplen dos años de la muerte de Claudia Rosa, docente e investigadora universitaria, editora y curadora pero por sobre todas las cosas un amable torbellino deseoso de hacer y de explorar, que contagiaba e impulsaba a abandonar la medianía de miras.

     

    REDACCIÓN EL DIARIO / [email protected]

     

    Mujer de altas exigencias intelectuales, provocadora y meticulosa científica del lenguaje y la literatura de todo ese universo sin límites precisos, multidimensional, que se da en llamar el “País del Sauce”, Claudia Rosa es de esas presencias cuyos recuerdos vacían y llenan a la vez. En ese oscilante devenir, cuyos extremos están conformados por la comprobación de su ausencia y la evocación de su forma volcánica de ser, brotan entre quienes la conocieron cientos de anécdotas risueñas, tiernas y también desconcertantes, pero sobre todo su empuje permanente para abandonar el provinciano conformismo y animarse a dejar la vida detrás de un proyecto, si es que el asunto vale la pena.

     

    Claudia Rosa, recordada docente e investigadora.

     

    Fue también una dedicada estudiosa, con posgrados en Educación, Ciencias Sociales y Humanidades en el país y en el exterior; sin ir más lejos, se especializó en universidades tales como Saint Andrews, Paris XII, Pittsburg, Washington, Bergamo, Jerusalén, Ámsterdam y Varsovia.

    Docente en Uader, UNER y en la Universidad del Nordeste, Claudia Rosa fue ensayista delicada, crítica literaria y editora atenta, pero también generosa formadora de profesores e investigadores.

    Sus colaboraciones editoriales fueron fundamentales en las publicaciones de Amaro Villanueva y Arnado Calveyra, de la Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos.

    Pese a haber recorrido el mundo -y de haberse podido quedar en algunos de esos tantos puertos- sentía una fuerte atracción por Paraná, su río y las ciudades que él abraza. Sin embargo, no tenía un espíritu comarcano sino cosmopolita y emprendedor: una braza ansiosa por recuperar el tiempo perdido parecía molestarle en la planta de los pies y la hacía arrojarse con decisión a la búsqueda de sus objetivos vinculados a la justipreciación de nuestros escritores y su obra.

     

    TAREA

    “Mi trabajo es construir monumentos”, supo decir. “Que estén accesibles en una biblioteca para toda la cultura, que queden como ese lugar donde se va a buscar el dato, ese recorrido histórico de una población: eso sería mi trabajo”, planteaba.

    Su interés por los textos mayores tenía una razón de ser. “La literatura sirve, entre otras cosas, para recordarnos quiénes somos, de dónde venimos, quiénes son las voces, quiénes antes existían y quiénes ya no existen más, a quiénes dejamos de lado”.

    Como un ser que gozaba habitar esas volátiles dimensiones, recordaba con nitidez anécdotas que le tocó vivir junto a grandes escritores, por caso Juan L. Ortiz. “Tengo dos recuerdos muy claros de Juanele, que hablan de su picardía. Viví mucho tiempo con mis abuelos entonces estaba acostumbrada a los viejos. Tenía 14 años, mis abuelos tenían ya 90. Una de las veces, había alguien sentado hablando y Juanele, que estaba cebando, le pasaba el mate vacío y la persona hacía como si tomaba. Entonces yo, como si fuera mi abuelo que se había olvidado de echarle el agua, lo toco y le hago seña de que le eche agua. Y Juanele me hace gesto de “shhh” con el dedo en la boca. Toda la tarde estuvimos en ronda y esa persona se hacía la que tomaba el mate que Juanele le daba vacío”, citaba.

     

     

    CONFIDENCIAS

    Como se advertirá, cuando se sentía en confianza, relatos de este tipo podían volver inolvidable cualquier encuentro. “Otro recuerdo que tengo es que una vez me pidió desde el baño que le alcance una talquera que tenía mi abuela. Entonces yo se la alcanzo y él se pone ese talco en el pelo y se empieza a peinar. Por qué hizo eso no sé, pero me eligió de testigo. Después terminó de peinarse y salimos callados al living y llegaron los porteños, como les decíamos. A lo mejor eran Saer y Gola, no lo sé, no recuerdo. Sí sé que era gente que sabía mucho de literatura y hablaban mucho. Yo sólo escuchaba y tocábamos la guitarra”.

    Tenía varias carpetas abiertas con investigaciones en curso cuando la muerte la sorprendió. Pero hablaba especialmente de un proyecto: la obra de Alfredo Veiravé, a quien consideraba “un entrerriano interestelar”.

    “Un autor no te lleva menos de cinco años conocerlo”, alertaba, a los que pudieran tomar con ligereza el oficio de investigar. “Te lleva muchos años meterte en la poesía, en su atmósfera, los archivos, conocer sus amigos, sus debilidades, sus amantes inconfesadas, sus lecturas escondidas”.

    Respetar los tiempos

    Parte de su método era no apurarse, ser meticulosa, esperar la madurez de la obra. “Estamos acostumbrados ya sea en la prensa, los comentarios culturales, la academia, a que haya un método de análisis que se aplica a cualquier autor. Entonces saco rápido un paper, un artículo y a la postre a todos los textos les termino preguntando lo mismo”. Sin embargo, “el texto es como un ser humano, está vivo. Si yo a todas las personas las califico por una tabla, realmente me voy a convertir en una boba a lo largo de la vida. Si alguien quiere un poco de sabiduría tiene que aprender que a cada ser humano hay que pedirle y preguntarle distintas cosas. Encontrar qué preguntarle a cada texto, entrar en diálogo con el texto, en una intimidad, te pone en una lentitud”.

    ¿Ese método tan minucioso en un mundo en lo que predomina es la producción en serie es un alegato contra esa cultura o es lo que mejor te sienta?, le preguntaron en cierta ocasión. “Es un modo de comprender la literatura y una herencia entrerriana. La literatura entrerriana se caracterizó por su morosidad en producción, por evitar las luces porteñas. La herencia viene directamente de Juanele y de Mastronardi, pasando por todos nuestros grandes autores. Pocas luces porteñas, trabajo silencioso, un trabajo a contrapelo de las modas: no nos preocupa que se use otra cosa”. Todo un legado.

    Dos años sin Claudia Rosa

     

     

     

     

     

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