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jueves, julio 9, 2020
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    Balbín, la del abrazo limítrofe

    Si con la técnica que aplicaba Hecateo de Mileto, el primer geógrafo científico, se hiciera un mapa de la actual ciudad de Paraná, uno de los cuatro elefantes que sostendrían el disco de tierra plana posaría alguna de sus patas sobre calle Ricardo Balbín.

     

    Víctor Fleitas / [email protected]

     

    Están en lo cierto los que tengan la imagen mental de que hacia el sur lo urbano empieza a desgajarse luego de Newbery, lo que no significa que la ciudad termine allí. Paralela a la avenida que pasa ante la II Brigada Aérea y conduce a uno de los accesos a San Benito, un paseante circunstancial, de explorador carácter, se encontrará primero con Ricardo Balbín y luego con Juan B. Justo y Lisandro de la Torre antes de sentirse bienvenido a los dominios de la apacible Oro Verde.

    Balbín es semirural y suburbana en su tramo más oriental. Pero a medida que se aproxima a las avenidas De las Américas y Ramírez, las construcciones invaden lo agreste con paso marcial, más allá de que la presencia de vegetación y un arbolado generoso, de múltiples dimensiones, le den un perfil singular al conjunto. Pero, en cualquier caso, es el borde del mantel hacia donde la ciudad parece extender su mancha de ladrillo y hormigón.

    Ricardo Balbín es discontinua, sólo para no ser una extravagante excepción a esa regla que en Paraná se recita con arquitectónica devoción. Nace en Ramírez, como es usual, pero hacia el oeste la calle sigue bajo el nombre de Padre Uva: aventurera y seductora, promete el tesoro de paisajes ribereños a los que pocos expedicionarios acceden porque, como sucedía antes de que Colón y los demás se toparan con estas tierras americanas, abundan por esos lares relatos sobre repentinas criaturas irascibles y abismales cataratas de periferia.

    PUNTAL

    El primer tramo abarca entonces desde Ramírez hasta Artigas. Unos metros más al este, Balbín se interrumpe en una inmensa depresión. Detrás de altos cañaverales, en medio de esa nada que oxigena y perturba a la vez, pueden imaginarse las vías del tren que llevan hasta Oro Verde. El terraplén y ese valle fantasmal extrañan el efecto sonoro de la ferroviaria bocina produciendo reverberaciones vegetales.

    En medio de ese segmento, impone condiciones la soberbia Avenida de las Américas. A juzgar por los radios de giro dispuestos en la intersección, los diseñadores de este Acceso deben haber visto crecer la ciudad y conjeturaron un porvenir venturoso para una arteria como Balbín, aunque hoy sólo haya una especie de riego asfáltico para facilitar la entrada y salida de vehículos, sin cordones cuneta ni desagües pluviales, con hundimientos, baches y pozos que le sacan distintos quejidos a las suspensiones.

    No obstante, el progreso de Balbín parece brotar desde esta zona, a borbotones. Caminar esas cuadras es llenarse del canto de pájaros que se adivinan en enramadas verdes intensas, amarillentas o peladas, con los bracitos al cielo. Las viviendas, unifamiliares, algunas sobre la línea de edificación y otras retiradas, parecen ser los principales objetos de inversión de sus ocupantes.

    La recorrida permite impregnarse de una paleta de aromas que van desde el que emana el prolijo señorío de la gramilla, la humedad de los troncos y la vida a los pies -pudriéndose y pariendo- hasta el que genera la mezcla de arena, cemento, cal y agua buscando el punto justo, una palada tras otra.

    Antes de Avenida de las Américas, como una estrella titilante en los cielos del sur, Balbín se deja contar historias épicas de servicio ciudadano cuando ve surgir la calle Delia Costa, con la que todo el sector rinde homenaje a una vecina siempre atenta, a una mujer ejemplar, a una dirigente comprometida y a un ser sencillo, lleno de gestos de humanidad, que ayudó a hacer de ese vasto amanzanamiento un mejor lugar para convivir.

    La infraestructura urbana es pobre, pero los vecinos valoran que el mejorado les permite salir hasta la avenida. Foto: Gustavo Cabral

    DESPUÉS DE LAS VÍAS

    En el tramo medio, Balbín arranca sin pena, gloria ni cartel indicador, en el cruce con una Garrigó desteñida, detonada, que obliga a los conductores a buscar senderos menos inhóspitos en las mismas veredas. Pese a la ausencia de elementales señales de orientación, los vecinos la ubican por el Club de empleados telefónicos y por La Cheltonia, en su intersección con Zanni.

    Al oeste de Garrigó, Balbín es un impenetrable pajonal; al este, es un puñado de cuadras caracterizado por la existencia de grandes espacios verdes, privados y particulares, y residencias que -como es usual- van ganando en calidad constructiva mientras se arriman al fogón de la avenida.

    Balbín continúa más allá de Zanni. Es el tercer tramo y llega hasta el Aeropuerto. Hasta Caputto, para ser más precisos. Está conformado por una veintena de cuadras donde el campo liso y llano y el monte nativo van viendo crecer urbanizaciones proletarias organizadas como paneles de abeja.

    Es una calle con potencial, pero alejado de su realidad actual. Foto: Gustavo Cabral

    MEJORAS

    La Municipalidad ha ensanchado esta calle y ha mejorado sus condiciones de transitabilidad. Aún hoy se advierte que el movimiento de suelos debe haber sido importante. La aprovechan numerosos camiones de carga -que así evitan seguir rompiendo Newbery, de paso-, automóviles de alguna antigüedad, ciclomotores y los infaltables ciclistas. Si se sigue con atención el caminito de hormiga de estos rodados cuando salen de Balbín y toman a derecha o a izquierda, se puede tener una real dimensión de la existencia de áreas residenciales que lucen escondidas a la vista del viajero apurado.

    A la pista la dio una moto de baja cilindrada que dobló al sur por Gobernador Parera. De un quiosco, a media cuadra, salieron a recibirla dos perros negros, de mediano tamaño. Los canes parecían más dedicados a jugar entre ellos que a intimidar, pero desde su motorizado corcel la conductora lanzó por las dudas una amenazante patada que se perdió en el aire.

    La ciudad parece extenderse hacia aquí. De hecho, se acaba de anunciar la extensión de la red de gas natural para una superficie delimitada por las calles Hernandarias, Salvador Caputto, Gobernador Parera y Ricardo Balbín.

    El día menos pensado, los caninos garroneros que atemorizan a peatones, ciclistas y motociclistas treparán Parera hasta Balbín en perruna aventura y no terminarán de entender qué hace esa gente abriendo zanjas y colocando los tradicionales caños amarrillos. Será el progreso, que lentamente llega. Levantarán la cabeza para comprobar qué olores trae el viento y volverán a su reducto, a disfrutar del terror que provocan sus ladridos en los transeúntes.

     

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