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domingo, septiembre 20, 2020
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    Una comida al día es la excusa para aunar voluntades solidarias

    Con más ganas que recursos disponibles, son numerosas las experiencias comunitarias que le permiten a niños de distintas edades juntarse al menos con una comida al día. EL DIARIO conversó con algunos actores, a sabiendas de que -salvando los detalles- estas historias se repiten por decenas en la ciudad. Son desgarradoras las historias de los que sostienen estas experiencias, por la dificultad para colectar los alimentos necesarios.

     

    REDACCIÓN EL DIARIO

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    Quienes tengan la suerte de merendar todos los días, acaso no terminen de hacerse una idea cabal de lo que significa que a media tarde esté todo listo para que, en un punto de encuentro predeterminado, puñados de chiquilines en distintos barrios se reúnan en torno a la mesa. Para que ese cotidiano milagro tenga lugar, hay una cadena de voluntades que debe activarse: personas que ofrecen su tiempo, sus relaciones sociales, para conseguir los alimentos y también para proveer un entretenimiento que complete la infantil alegría.

    Pero la realidad tiene sus propias claves y cuando el hambre arrecia, se cae en la cuenta de que con la leche no alcanza y así, sin saber cómo hacer frente a las urgencias, los merenderos se transforman en comedores, las necesidades de alimentos se multiplican y los voluntarios terminan poniendo lo que no tienen para que los chicos accedan al menos a una alimentación elemental.

    En diálogo con EL DIARIO, Verónica, una mamá que forma parte del Merendero Multicolor del barrio Los Berros, esbozó un panorama de cómo es el día a día de un vecindario que ha entendido que agruparse es la alternativa para salir adelante. “La mayoría de nosotros vivimos en ranchos, somos humildes, sobrevivimos cirujeando, haciendo changas con carros, y cortes de pasto”, indicó la entrevistada, no sin destacar que pese a eso “somos muy unidos”, y que para poder dar continuidad a las tareas que hacen “cada quince días realizamos asambleas de madres, para poder aunar criterios respecto a qué es lo que necesitamos, qué es lo urgente y en qué aspecto tenemos que mejorar”.

     

    – ¿Cuál es la historia del merendero?

    –Empezamos con mi hermana en 2016, con un poco de leche, pan y azúcar que nos donaron. Al mes hicimos una página de Facebook para difundir lo que estábamos haciendo y gracias a eso de a poco fueron llegando más donaciones. De 20 chicos que venían los primeros días, pasaron a ser 73 en tan sólo un mes, de manera que nos vimos rápidamente desbordadas porque no contábamos con comida suficiente: no nos alcanzaba la leche ni los comestibles. De todas formas, hacíamos tortas fritas, aunque solo alcanzara para darle un pedacito a cada uno. Esto sigue sucediendo hasta ahora.

    Antes de la instalación del merendero, en el barrio Los Berros, también conocido como Gaucho pobre, no había nada, los chicos no tenían actividades para entretenerse o jugar y tampoco comida; a veces estaban desde las 8 de la mañana hasta las 20 en la calle sin comer ni merendar.

     

    –¿Cómo se organizaron?

    –Armamos una cuadrilla de trabajo en la que participaron todos los vecinos, chicos y grandes. En principio, limpiamos la zona porque era todo monte, cubierta de árboles y residuos: había botellas, latas, vidrios, porque en esta zona viven muchas familias que cirujean. Todo el trabajo de limpieza lo hicimos manualmente y lo más pesado lo sacamos con un carro. Una vez despejada la zona, hicimos una canchita para que jueguen los más chicos.

    A las mesas para el merendero las armamos con pallets de madera, las barnizamos para que queden lindas y las ubicamos debajo de la arboleda para aprovechar la sombra.

    El problema es que llegó un momento en que los gurises no querían leche sino un plato de comida, entonces comenzamos a alternar: un día servíamos la merienda y al otro el almuerzo. Lo bueno es que, a esa dificultad, se sumó la participación de otros vecinos, dejamos de ser dos y hoy por hoy somos once mamás y siete papás.

     

    HACIA ADELANTE.

    El hecho de estar en el lugar, junto a las personas, de ver sus necesidades, fue transformando la experiencia y, poco a poco, fueron agregando líneas de trabajo. Verónica compartió que en un futuro no tan lejano planean construir una cocina donde elaborar con más comodidad las comidas y que, de paso, sirva para guardar los utensilios. Para ello, aseguró que “la clave es pensar en positivo”, y al mismo tiempo “organizar acciones en conjunto con vecinos e instituciones” como el evento que llevaron adelante junto a la facultad de Ciencias Económicas de la UNER, a través del cual lograron recaudar el dinero suficiente para construir un baño para los chicos que asisten al merendero y para los vecinos, algo vital para el vecindario, ya que la mayoría de las viviendas de la zona no tiene inodoro ni ducha.

    Ante el pedido de precisiones, la entrevistada indicó que en este momento “todos los mayores de 18 años están levantando las paredes, para tener un baño para mujeres, otro para varones, y duchas con agua caliente”.

    En respuesta a una consulta puntual, la entrevistada indicó que “lo que más deseamos ahora es que lleguen donaciones de alimentos frescos como verduras y carnes, porque es lo que más nos cuesta comprar”.

    La construcción de un cuerpo de baños para el merendero Multicolor de barrio Los Berros, es una cuenta saldada por los propios vecinos organizados. FOTO: Gustavo Cabral.

     

    Aprendiendo juntos

    En paralelo a la tarea que realizan madres y padres para que los chicos tengan un plato de comida o la merienda de lunes a sábado, distintas personas que no pertenecen al barrio se han comprometido voluntariamente a ser parte de la causa. Es el caso de quien da fútbol los sábados por la mañana, de la vecina que brinda apoyo escolar, y de quienes coordinan la biblioteca ambulante que dos veces al mes organiza actividades con los chicos, además de abrir el juego a la lectura. “Las actividades recreativas como el fútbol son coordinadas por personas de otros barrios que lo hacen sin pedir nada a cambio”, indicó a EL DIARIO, Verónica del merendero Multicolor.

     

     

    DAR ES RECIBIR.

    Así como hay ciudadanos que organizan y sirven, otros los auxilian con lo que se precise. Es la noble tarea que llevan adelante Mariana Domínguez y Viviana Aubert que hace dos años comenzaron con Merenderos Solidarios, una organización cuyo propósito es ser puente entre quienes necesitan y quienes tienen la posibilidad de donar algo que puede ser de vital importancia para los demás. “Todo suma”, aseguraron las entrevistadas antes de indicar que “nuestra tarea comenzó cuando ayudamos a un merendero de la ciudad; al tiempo nos llamaron de otro, y así se fue formando una red de contactos. Hoy por hoy también tenemos vínculos con organizaciones de Oro Verde, Colonia Avellaneda, y nos contactan para asistir a personas en situación de calle”.

     

    Dominguez y Aurbet son de aquellas personas que toman la propia experiencia como referencia para ayudar a los demás. FOTO: Gustavo Cabral.

     

    – ¿Cómo están llevando adelante la tarea?

    –En este momento no tenemos donaciones, no estamos recibiendo nada de ayuda. La situación está muy difícil para todos. Lo que más necesitamos son alimentos y la gente lo que más ha donado en este último tiempo es ropa.

    Ante esta situación, seguimos presentando nuestra carpeta donde mostramos lo que hacemos, a todas las instituciones que nos reciban. Y continuamos insistiendo a la comunidad en que, por pequeña que crean que es una donación, sirve. Siempre que lo que donen esté en condiciones de ser consumido o usado, todo suma.

     

    –¿Cómo resuelven estas situaciones?

    –Muchas veces hemos sacado dinero de nuestro bolsillo para comprar alimentos o ropas para los chicos. Además, tratamos de organizar eventos en donde la entrada sea un alimento no perecedero. La realidad es que, aunque queramos, no podemos prometer lo que no tenemos, y tampoco podemos darle leche a un merendero y a otro no; siempre, por poco que sea, lo que tengamos repartimos entre unos y otros de manera equitativa.

    Otra forma de recaudar donaciones es publicando en nuestra página de Facebook Merenderos Solidarios aquello que se necesite ya sea alimentos como algún elemento puntual como pueden ser muletas, sillas de ruedas, pañales. Hemos tenido buena experiencia a través de la página, hay gente que es solidaria. Incluso nos han donado cochecitos de bebé que han estado tan nuevos que hemos decidido prestarlos, para que puedan ser aprovechados por más de una persona.

    También hemos organizado bingos, porque la necesidad se siente. Se nos hace muy difícil, nosotras tenemos nuestro trabajo para sobrevivir; pero esto es solidario y lo hacemos de corazón.

     

    SORTEAR OBSTÁCULOS.

    Del relato de las entrevistadas se desprende una realidad preocupante: la necesidad en determinados barrios de la ciudad es un problema estructural y como tal ha afectado diversas aristas de la vida cotidiana. No hay camas donde dormir, sino tarimas y cartón, falta el calzado, y elementos de uso ordinario como sillas, mesas, y vasos.

    Ante esta situación, la otra cara de la moneda es que desde una punta a la otra hay personas dispuestas y organizadas que han maquinado distintas alternativas para ayudarse.

    Hay historias que parten el alma. Consignamos unas pocas. En el barrio Los Berros, las mamás hacen una colecta de dinero y entre todas compran alitas de pollo para darle de comer a la gurisada y, en más de una ocasión, hay vecinas que sacan fiado en la despensa para la olla común.

    “Como nos donan mucha ropa solemos hacer canje por alimentos; en la plaza Pancho Ramírez, por ejemplo, canjeamos cinco prendas por un puré de tomates, y siete por un litro de leche”, indicaron desde Merenderos Solidarios, lo que ayuda a hacernos una idea de la difícil tarea que puede significar acceder a un alimento.

    Gente que ofrece su auto, que se reúne hasta la madrugada para ver cómo hacen al otro día porque reservas no hay, que golpea puertas: las historias se suceden, son todas diferentes y en algo se parecen. Son personas para las que “prójimo” no es una definición, sino un compromiso que no sabe de excusas.

     

    Aunque las donaciones sean cada vez más escasas y cueste conseguir alimentos, la voluntad se antepone ante toda dificultad. FOTO: Gustavo Cabral.

     

    Personas sencillas

    Mariana y Bibiana se conocieron en la escuela donde asisten sus hijos. Ambas son madres solteras y el sustento de familia. Encontrando pliegos de tiempo al tiempo, se dividen entre las tareas del hogar, sus empleos, y el laborioso trabajo que implica estar al servicio de los demás.

    Mariana atiende una tienda de ropa en el barrio, y trabaja en atención al público en un local comercial. Bibiana es empleada municipal en el turno mañana y por la tarde trabaja en casas de familia.

    La virtud de ayudar al otro es un valor que han adquirido con el tiempo y que ha sido heredado de sus familias.

    “Uno sabe lo que es andar en la calle; y sin dudas me hace muy feliz ayudar porque yo también necesité que me den una mano”, compartió Bibiana, antes de expresar que “como una lo pasó, se puede dar cuenta de lo que está viviendo el otro”. Fue entonces cuando evaluó que “no me sobra ni soy millonaria, pero cuando está a mi alcance ayudar a alguien lo hago y no me importa la hora en que alguien me necesite porque me han llamado hasta de la madrugada y he agarrado el auto o la moto y he salido con Mariana a repartir pan, pañales, lo que sea”.

    El diálogo continúa y surgen más evocaciones. “Mi mamá hacía lo mismo que nosotras. A pesar de que hoy no está bien de salud, fue ella quien me inculcó este trabajo, porque siempre estuvo a disposición del barrio, era la que organizaba una chocolatada para el Día del Niño y la que tejía ropa para los gurises y las mamás”, compartió Mariana, mientras hacía un esfuerzo por contener la emoción.

     

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