Los gobiernos, entre la puesta en escena y la transformación

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El manejo de la Hidrovía y la expansión del desarrollo portuario sobre todo desde Ibicuy pueden generar un viento de cola propicio para el reordenamiento de la economía productiva.

En contextos en que muchas de las demandas sociales tienen décadas de no ser satisfechas, los gobiernos deben afrontar un doble desafío: hacerse cargo de esa herencia de frustraciones y, en lo puntual, construir una gestión que le permita dar la batalla simbólica por el liderazgo en sus comunidades.

 

REDACCIÓN EL DIARIO | coordinacion@eldiario.com.ar

 

Desde hace unos años se ha instalando una forma de diseñar la gestión pública como parte de una cultura del evento, en la que los esfuerzos parecen circunscribirse a una circunstancia puntual para la que se disponen los medios necesarios y suficientes que permitan su explotación publicitaria. Una verdadera constelación de gobiernos nacionales, provinciales y municipales ilumina este cielo evanescente de la búsqueda del impacto inmediato. El riesgo es cuando a estas campañas las anima un escuálido vector transformador y se enfoca, casi exclusivamente, en un aprovechamiento efímero de las posibilidades de comunicación.

Desde sus cómodos laboratorios, aislados del tráfico y el sudor del exterior, rodeados de aplaudidores seriales contratados al efecto, en más de una ocasión los candorosos impulsores de estas microgalaxias digitales no sufren los avatares de la dirigencia común y corriente que, para bien o para mal, de manera sostenida o cuando se acercan las elecciones, por convicción o mera conveniencia, cada tanto deben romper esa burbuja sensorial e interactuar con personas reales, en situaciones reales, en un contexto histórico-político-social en el que los problemas irresueltos son una endemia. Ahí no hay videíto entretenido que ayude, ni Photoshop que corrija ni lucecitas policromáticas que cumplan la doble función de mostrar y esconder ni rítmica música que ensordezca.

Es en el encuentro cara a cara, en la reunión con vecinos, en la instancia de trabajo intersectorial, en la cantidad, la diversidad y la calidad de los vínculos promovidos desde los programas, en la progresiva adecuación de los paquetes normativos, en todo lo que los planes dicen de los directos beneficiados, los menos beneficiados y los no beneficiados, y en la eficacia con que al diagnóstico le sigue la instrumentación de una decisión es donde la política juega su partido decisivo.

Una experiencia arquetípica de cómo diseñar una política masiva desde las condiciones reales, transformadora de la base del problema, es la llevada adelante desde el emprendedorismo o la economía social.

Se podrá discrepar con la dirección que asume la gestión de Alberto Fernández, pero no parece estar a cargo de un equipo que esté esperando que se presenten las condiciones: salen a generarlas, las provocan, las inducen, las promueven; resuelven en el día a día –tanto para la discusión de la deuda externa, los intentos de contención de los precios de la canasta familiar, la política salarial, los planes de asistencia social, los programas de salud– cómo conformar esa ecuación que dé cuenta de la relación entre saber qué hacer, cómo y con quiénes, en contextos de premura.

Sin ir más lejos, en su último mensaje a la asamblea legislativa el gobernador Gustavo Bordet identificó una serie de núcleos problemáticos principales y secundarios y los contrapesó con una nómina de aspectos con capacidad de generar un cambio de dimensión. Sólo para ejemplificar, si el presente y futuro financiero de la Caja de Jubilaciones y la necesidad de producir materia prima para alimentos sin afectar severamente el hábitat natural (tierra, aire y agua) y la salud vegetal, animal y humana son asuntos que están llamados a producir algún revuelo, el manejo de la Hidrovía y la expansión del desarrollo portuario sobre todo desde Ibicuy pueden generar un viento de cola propicio para el reordenamiento de la economía productiva, en aras al objetivo de que la riqueza que aquí se genere, aquí se realice, no ya en el Gran Rosario.

El anuncio de que estos asuntos serán abordados en espacios intra e intersectoriales es un “evento” que, para que sea transformador, precisa de la instrumentación de un número importante de acuerdos formales y sustanciales y de protocolos, que permitan pasar del dicho al hecho y alcanzar un resultado que acaso no satisfaga al pleno de la sociedad pero que signifique una mejora notoria, sustancial, a corto, mediano y largo plazo, en comparación a lo existente.

Se puede convocar para que la reunión se produzca y también para explicar luego por qué con ciertos y determinados actores no es conducente encontrarse. En el segundo caso se impondría la cultura del evento; en el primero, la cultura de la transformación, para la que inevitablemente hay que dejar de mirar el motor desde cierta distancia y ensuciarse las manos hasta encontrar la falla.

Esta dualidad entre la actitud de sacar rápida ventaja y confiar en que es necesario involucrarse en complejos procesos de interacción ha subsistido al paso del tiempo. Es verdad, no hay nada nuevo bajo el sol; lo que cambia es la forma en que estos asuntos se presentan.

Atraviesa al mismo tiempo todas las áreas de la esfera pública, aunque probablemente en ninguna luzca tan diáfana (en sus cantos de sirena y sus dificultades ulteriores) como en las políticas culturales. Nos enfocaremos en ellas, con el acuerdo de complicidad de que el lector vaya tendiendo puentes hacia los otros campos posibles.

 

SIN TELÓN

Las políticas culturales suelen estar ordenadas en base a dos perspectivas o paradigmas. En una de ellas, se distingue a los que producen bienes y servicios de mérito del resto de la comunidad, integrado por aquellos que no tienen esa habilidad creativa y, por tanto, les corresponde admirar, contemplar las manifestaciones del talento ajeno. El gestor cultural es quien construye la ocasión del encuentro entre esa minoría idónea y una mayoría degustadora. Por esta sencilla razón los escenarios suelen ser más pequeños que las salas o plateas: unos pocos levantan la vela y los demás les agradecen no permanecer en las sombras.

Hay otros actores que participan, naturalmente, por ejemplo los comentaristas, críticos o evaluadores (generalmente desde algún medio de comunicación); pero alcanzan estas pocas precisiones para lograr la caracterización que se procura.

El otro paradigma reconoce que todos, sin excepción, tenemos habilidades artísticas y que el secreto de una sociedad con otra sensibilidad es propiciar los medios y las circunstancias para que ese mensaje latente o sofocado se manifieste, comunique. El trabajo del artista aquí es alimentar esas búsquedas, convertir temores en fortalezas y compartir las técnicas y los métodos para que la pieza (musical, visual, sonora, verbal, táctil, en sus infinitas variantes) pueda ser imaginada, diseñada y ejecutada en condiciones tales que habilite la generación de diálogos que enriquezcan la experiencia colectiva.

Lo presentado es un esquema, por cierto, cuya función es abordar un problema específico, no producir un paper sobre políticas públicas. Formulada esta declaración de modestia, vayamos por lo relevante: es de suponer que en la adecuada integración de estos ejes de trabajo se esconda el secreto de una gestión cultural de masas. Después de todo, en las artes –como en el resto de los asuntos de la esfera pública– hay quien piensa a las mayorías como actores pasivos, espectadores incluso calificados, complementos necesarios de una sustancia aportada por especialistas; o como sujetos de derecho y por lo tanto no se les veta la dimensión participativa ni se la ciñe.

Una política equilibrada está llamada a integrar estos vectores. Pero es necesario decir que a un evento lo organiza cualquiera, incluso alguien que desprecie tanto a los artistas como al público asistente, aunque sepa que la fórmula del éxito no cierra sin ellos. El asunto es para qué lo organiza, con qué objetivos, cómo se materializan estas definiciones para que nadie quiera vender gato por liebre y, lo central, en base a qué criterios se producirá la evaluación.

TENSIONES

El maridaje turismo-cultura, en Entre Ríos, vinculó en los hechos dos mundos en permanente tensión: el interés capitalista (con la premisa de la maximización de la ganancia como estandarte) y la comunicación de esencias que no tienen precio, aunque estén inscriptas en la lógica del mercado. El asunto es que, en general, nuestras políticas públicas no se evalúan: arrancan con el mote de exitosas que le cuelgan sus propios organizadores y así circulan por la red de medios y las redes sociales, gracias a la incontinencia de los ‘me gusta’; siempre son multitudinarias, exhibidas de modo triunfal, muestras de alegría, regocijo y bienestar. Sólo un análisis profundo (de esos que no abundan) permitiría encontrar el justo lugar que ocupa el hecho artístico y sus realizadores en un evento. Así, si se dejara que la ecuanimidad tomara asiento en el trono del buen juicio, concluiríamos que en la mayoría de los casos son convocatorias gastronómicas, con adornos artísticos, tipo souvenir.

En tanto disposición espacial los eventos son urbanos laberintos, pero –si se mira bien– siempre se puede reconstruir su lógica, es decir, la ideología de los organizadores: de hecho, puede que los atajos y sendas, con sus lucecitas y su sistema de sonido, confluyan sobre el sector de sánguches y bebidas con y sin alcohol y deje más bien desolado el espacio de lo creativo, el entorno del artista, lo que probablemente no disuene desde la perspectiva de la promoción del emprendedorismo gastronómico pero que resulta insuficiente si la idea es presentar esas citas (que los críticos llaman ‘de cultura cheta’) como manifestaciones del quehacer artístico-cultural de una localidad.

Antes de escandalizarse, sería valioso dedicarse a indagar en quién gana, quién empata y quién trabaja gratis en esas coloridas movidas para terminar de obtener la información necesaria para que la evaluación no sea arbitraria ni interesada.

El otro dato llamativo de esta época es que el Estado en tanto actor clave de la escena cultural saca ventaja de su capacidad financiera y operativa y en lugar de volcarlo para el fortalecimiento de las disciplinas, los grupos y los centros culturales existentes construye pequeñas islas en torno a edificios clave, donde la norma es –obviamente– armar una agenda de eventos, irremediable y universalmente gratuitos, lo que no puede ofrecer el sector independiente. Es cierto, hay grises: por citar algunos en los que el glamour no estuvo ausente, los festivales de cine, de folklore y de jazz, que se realizaron en el CPC, parecen dar cuenta de una mejor lograda integración del evento en sí con capacitaciones y espacios de interacción horizontal de los artistas locales y foráneos y de especialistas y en la transmisión de experiencias para el armado y la realización de proyectos. En fin, es la diferencia entre comprar una flor y sembrarla, regarla, cuidarla, hasta que dé los frutos esperados.

REFERENCIAS

Una experiencia arquetípica de cómo diseñar una política masiva desde las condiciones reales, transformadora de la base del problema, es la llevada adelante desde el emprendedorismo o la economía social, en el propio gobierno provincial. Su secreto es devolverle el poder a los actores naturales –los ciudadanos–, ofrecer herramientas (materiales y financieras, pero sobre todo de capacitación para una mejor gestión) que actúen como levadura o fertilizante e inspirar la constitución de redes para resolver dificultades.

En estos planes las instancias de evaluación son permanentes y están atadas a criterios técnicos, además de ser el punto de arranque de las estrategias de crecimiento y fortalecimiento de la trama de relaciones. El Gobierno no construyó talleres y fábricas estatales, no se convirtió en competidor de lo existente: interviene para que den un salto de calidad los que tienen iniciativa y voluntad de cambio.

Ese lento proceso –enriquecedor desde el punto de vista humano y político, transformador de lo económico y lo social– tiene también sus eventos. Y que nadie diga que le falta distinción a las ferias de Manos entrerrianas.

Parece claro que la cultura del evento, en tanto simulacro, produce una alucinación política, surte el efecto de una ficción que de tanto reiterarse genera acostumbramiento. Construye lazos identitarios débiles, banales, donde los ciudadanos suelen ser tratados como consumidores, lo cual excluye a los tantos que no tienen con qué y a los muchos que organizan sus vidas en base a otras prioridades: una caracterización curiosamente parecida a lo que, en otro plano, ha dado en llamarse desfidelización del electorado.

 

Todo hace prever que el 2020 será un año agitado