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martes, abril 7, 2020
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    Francisco Soler, una calle vital en todos los sentidos

    Injustamente olvidada por falta de obras de envergadura y también porque está vacía de señalización, Soler reclama una jerarquización con la que se mejore la circulación en enmarañados sectores de la ciudad que la reconocen como piedra angular.

     

    REDACCIÓN EL DIARIO

    coordinacion@eldiario.com.ar

     

    Francisco Soler es una de las tantas calles que en esta ciudad ha ido consolidándose de a tramos cortos, en base a ideas que se aplican dando saltitos eventualmente satisfactorios pero desintegrados, en estricta respuesta a problemas microlocalizados, vaciándola de determinaciones estratégicas. En otras palabras, una arteria que ha quedado detenida en el tiempo, cuyo potencial no luce explotado, con un desarrollo dispar entre distintos segmentos, producto de las inquietudes o las ansias de progreso del vecindario circundante.

    Pero Francisco Soler nace en el Thompson, en la intersección con Augusto Bravard, en ese paseo poco intervenido que es un desparejo zaguán para camping, pista de salud, solárium y camino costero, al lado del cantado, recorrido y saboreado Puerto Sánchez.

    La traza de Soler es paralela a Ramírez hacia el este. Y mientras atraviesa Antonio Crespo-Uranga, Don Bosco, Almirante Brown, Churruarín y Almafuerte va surcando sectores densamente poblados, exponentes de distintas culturas barriales. Abraza en su extenso recorrido todos los sentidos posibles: es doble mano entre Bravard y Antonio Crespo-Uranga; tiene dirección norte-sur entre Antonio-Crespo y Don Bosco y, aunque parezca curioso, corre de sur a norte desde Almafuerte a Don Bosco.

     

    LAS ALMAS

    En todo su desarrollo tiene veredas suficientemente generosas, de ambos lados, y una distancia entre cordones estrecha en casi todos los casos. El arbolado, implantado por los frentistas, exhibe un buen desarrollo general y se presenta en número adecuado.

    Pero hay subsectores claramente delimitados. Arranca residencial y de lomadas, coqueta mas no ostentosa, cerca del río. Rápidamente se vuelve proletaria y sobre todo luego de Ambrosetti, la estrechez del pavimento, el ir y venir de rodados de todo tipo, los autos estacionados a cada lado y la breve apertura del semáforo de Antonio Crespo-Uranga generan un verdadero aquelarre donde las violaciones a elementales normas de tránsito son frecuentes y hasta inevitables, como el cruce de carril pese a la doble línea continua amarilla.

    Desde allí y hasta Don Bosco, el asfalto ya no es flexible sino de hormigón. El emparche de la colectora cloacal que ha ido cediendo, los pozos de temerarias dimensiones, los estropeados cruces de calle y el libre fluir de líquidos de diferente origen reclaman conducirse con el máximo de precaución por esta zona, donde se puede andar haciendo mandados en ojotas y short mientras de reojo se revisa el avance de pequeñas obras de albañilería en alguna de las viviendas de ingresos medios. No obstante, luego de Fraternidad y hasta Don Bosco un barniz de obrera modestia modela un perfil menos lucido en las construcciones.

     

     Soler, desde el río y desde Almafuerte, confluyen con sentido opuesto sobre Don Bosco, conformando una innecesaria turbulencia. FOTO: Sergio Ruiz.

     

    DERECHO Y REVÉS

    Como desde Almafuerte y hasta Don Bosco, la misma calle -Soler- tiene sentido de circulación contrario, lo habitual es que -llegando desde el norte- se tome primero la avenida Don Bosco y luego Sudamérica, paralela a Soler hacia el este; se busque por allí la altura deseada y, en el momento preciso, se dé la vuelta a la manzana para llegar a destino. Esa arteria, Soler, nace en Almafuerte, ya con sentido sur-norte. De Almafuerte al sur, su nombre es Ruperto Pérez, corre también de sur a norte, empieza (o se trunca, según se vea) en la cárcel y pasa por el frente del Club Atlético Paraná.

    Las características generales señaladas desde Don Bosco al sur se mantienen en el otro extremo, al norte de Almafuerte: veredas anchas cuyos desniveles ofrecen dificultades a los peatones, tupida arboleda, calles rotas, falta de brea en las uniones del pavimento de loza, remiendos mal hechos y baches en infinito repertorio.

     

    La plaza Francisco Ramírez es el único espacio verde a lo largo de Soler: todo un indicador. FOTO: Sergio Ruiz.

     

    POCO PULMÓN

    En toda la extensión de Soler hay una única área de esparcimiento. En efecto, en la intersección con Almirante Brown, cerca de la Facultad de Trabajo Social, se erige la plaza Francisco Ramírez, un espacio tradicional conformado también por las calles Vicente López y Planes y Fray Mamerto Esquiú. Esa manzana ha sido apropiada por los vecinos, para usos diversos en función de convocantes clave: pista de salud, juegos infantiles de metal (dato que refleja su añosa antigüedad), templete y sectores para matear o conversar.

    La vereda perimetral está en buenas condiciones, pero la obra luce incompleta cuando desde las diagonales el paseante se aproxima al corazón del terreno. El arbolado es dispar, no se alcanza a advertir la idea con la cual ha sido organizado. Sobre Brown, el busto de Ramírez; sobre Fray Mamerto Esquiú, el de Linares Cardozo. En fin, como totalidad a la plaza la domina la anomia.

    La primera impresión -que nunca es buena consejera- es que, si alguien quiere implantar lo que considere apropiado y no obtiene resistencia, finalmente lo hará; es como que su personalidad es la falta de personalidad, lo que puede sonar atractivo como juego de palabras pero como metáfora social y urbana es por lo menos inquietante.

     

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