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viernes, febrero 21, 2020
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    Paraná, tierra de obstáculos

    Un enfoque equivocado para abordar la construcción de una ciudad ha llevado a divorciar la infraestructura urbana de la realidad de las comunidades que en ella viven. Así, analizar las pautas de accesibilidad no es un tema que debiera circunscribirse a la palpable existencia de discapacidades, sino que es una tarea mucho más amplia que abarca a los expertos, pero sobre todo a los ciudadanos.

     

    Valeria Robin | coordinacion@eldiario.com.ar 

     

    Muchas veces las formas en que las problemáticas se hacen visibles dependen de los contextos históricos en que se desarrollen. Por ejemplo, tradicionalmente se entendió que la ciudad era una especie de maqueta con unas características tales que servían para su uso y disfrute a un tipo representativo de los habitantes. A partir de casos individuales y de instituciones intermedias el colectivo de personas con discapacidad fue uno de los primeros en impugnar esta idea. Esa tarea de resistencia que es loable exige hoy una ampliación de sus incumbencias. Ya no se trata de un asunto que solo afecta la movilidad en el espacio público de personas con afecciones de tipo psicomotriz, visual, auditiva, o mental; una mirada superadora se puede preguntar qué características debe tener una ciudad para que sea debidamente apropiada por todos los integrantes de la comunidad, ya se trate de discapacidades permanentes o adquiridas y además situaciones especiales como el embarazo, y el propio paso del tiempo, pero también ante el fenómeno creciente de los accidentes de tránsito y los accidentes cerebro vasculares.

    Así la noción de accesibilidad deja de ser un problema que afecta a pocos y se convierte en un asunto de interés y responsabilidad general.

    “Paraná es una ciudad poco amigable con las personas con discapacidad, los adultos mayores, los niños, y con todo aquel que esté al margen de quien puede deambular y moverse por el espacio sin ningún tipo de dificultad”, tal la caracterización que los arquitectos Cecilia Bonino y Fernando De la Rosa realizaron durante una entrevista concedida a EL DIARIO.

    Con ambos testimonios se irá repasando los núcleos de esta problemática y las estrategias para ir volviendo más humana una ciudad que en buena medida ya está construida.

    –¿Es posible realizar un diagnóstico de la ciudad en términos de accesibilidad?

    –Un viejo vicio de la ciudad es imitar a otras ciudades. Volver de ese malentendido supone pensar la ciudad en términos concretos: una topografía, una determinada configuración de la trama vial y una cultura de relación con el entorno y con los demás.

    La accesibilidad tiene distintos vértices. Uno de ellos es, desde una mirada general, el relieve de la ciudad, que es muy distinto al de otras partes del país. Esto es muy importante porque se ha planificado aquí en función del suelo que tienen la provincia de Buenos Aires y Santa Fe. En ese sentido, hay un desconocimiento sobre el suelo que habitamos. Hay que tener en cuenta que Paraná se encuentra atravesada por 17 cuencas de arroyos y otras micro cuencas, lo que es muy particular de la zona; esto significa que tenemos un relieve con profundos desniveles, que presentan una notable diferencia entre la zona de boulevard y aquella que está por fuera.

    En segundo lugar, antes de pensar la accesibilidad en los espacios públicos, de recreación, calles y veredas, hay que integrar a la conversación las características del servicio de transporte público, porque no podemos hablar de accesibilidad si para el ciudadano es un problema llegar hasta un determinado lugar. Aquí está uno de los  primeros inconveniente en la cadena de accesibilidad.

    Por otro lado, urge realizar una planificación de ciudad donde se redistribuyan y multipliquen los parques y los espacios verdes.

    Otro asunto es el desnivel en las veredas, lo que evidentemente es una gran barrera. Hay lugares, incluso en el micro y macro centro donde directamente no hay veredas, y la gente debe transitar por la calle. En definitiva, hay  una gran ausencia en la consideración del otro.

    –¿Cómo convertir una ciudad que en general no es accesible, para que lentamente se convierta en un lugar que no excluya? ¿Por dónde hay que empezar?

    –Es necesario redoblar la apuesta respecto a la educación, para generar conciencia desde temprana edad a través de las escuelas, en conjunto con los medios de comunicación y distintos organismos para convivir de manera más armónica.También hay que preguntarse cómo y quiénes planifican la ciudad, y cuánto se tiene en cuenta al vecino. Si se registraran los aportes de los ciudadanos comunes los problemas de inaccesibilidad se reducirían.

    Un aspecto fundamental en la planificación tiene que ver con brindarle el espacio al vecino activo, que es aquel que realiza aportes, sugerencias, y que denuncia cuando algo está mal. El problema es que los Gobiernos no son receptivos; lo toman casi como un enemigo porque son cuestionadores.

    En definitiva, para lograr una ciudad más accesible se necesita un cambio cultural, para que abandonemos la idea de que somos invulnerables. Todos podemos tener un problema en el momento menos pensado; y la ciudad no puede ser un escollo cada vez que no se den las situaciones ideales. Entonces, la accesibilidad es un concepto muy amplio cada vez más abarcativo: involucra a la embarazada, a los papás y mamás que llevan el hijo en el cochecito, a quien tiene una lesión practicando algún deporte, y por supuesto las marcas que deja en las personas el paso del tiempo.

    Para los arquitectos De la Rosa y Bonino es sustancial realizar una planificación de la ciudad de la que participen los vecinos. De ese modo, los problemas de inaccesibilidad se reducirían.

     

    Nuevos aires

    “La Convención de los Derechos de las Personas con Discapacidad introduce un concepto bastante nuevo que genera un cambio paradigmático en el modelo vigente y que plantea que la discapacidad se da en la sociedad, cuando se presenta un choque  entre una dificultad física o sensorial que puede tener una persona y las barreras actitudinales y arquitectónicas que impone la sociedad”, plantearon los entrevistados, antes de indicar que “desde un tiempo a esta parte se viene trabajando mucho con las normas DALCO que entienden por accesibilidad las distintas dimensiones de la actividad humana como el desplazarse, comunicarse, entender,  alcanzar, usar y manipular objetos”. Luego, volvieron sobre la noción de accesibilidad. “Significa  que esas actividades puedan ser desarrolladas por cualquier persona sin ningún tipo de barreras”.

    Fue entonces cuando señalaron que “estas actividades son resumidas por las DALCO en cuatro requisitos: el poder deambular, es decir circular de un punto a otro de la forma más autónoma posible.

    En segundo lugar, la aprehensión, es decir que la persona pueda hacer las cosas, que pueda llegar hasta un parque urbano y que, si tiene juegos, los niños puedan ocuparlos.

    En tercer lugar, la localización, es decir poder ubicarse en el espacio y de ese modo llegar a un sitio determinado.  Y por último la comunicación, que tiene que ver con la señalización que, por ejemplo, me permita ubicar la rampa en los cruces peatonales y que coincida con la senda, para poder hacer un cruce seguro”.

     

    La odisea de hacerse un lugar en la ciudad

    Muchos más ciudadanos de los que en general se imagina se hacen cargo a diario de emprender contra la selvática ciudad, repleta de abismos, escollos y peligros que se han ido acumulando con los años. En primera persona, Flavio Gastiazoro y Rosario Comaleras le compartieron a EL DIARIO su experiencia como no videntes en una Paraná que no parece hecha para que los ciudadanos la disfruten a pleno.

    Quien recorre a diario la ciudad, ya sea caminando, en bicicleta, moto, o auto, sabe que, por más corto que sea el recorrido, es laberíntico, debido a las condiciones en las que se encuentran las veredas- muchas veces rotas- o porque, sencillamente, no existen; y porque caminar por la vía pública requiere hacerlo a una marcha prudente para poder prever los obstáculos que se encuentren, que varían desde construcciones sin señalización, puertas elevadizas abiertas, garajes sin señales sonoras, e infinidad de objetos o vehículos ubicados en el medio de la calle y la vereda. Por estas razones es que se justifica repasar cómo es habitar una ciudad que en su planificación pareciera no considerar a los seres humanos.

    El diálogo comienza, y surgen las evocaciones. “Una ciudad accesible para todos… qué bonito sueño”, dice Flavio, para luego enumerar los obstáculos con los que se enfrenta una persona no vidente a la hora de salir a la calle. “No encontramos las paradas de colectivos, que además de no estar identificadas en braille, tampoco lo están para las personas videntes”.

    Más tarde añadió que “son innumerables obstáculos visibles, que no requieren de ninguna inversión económica para solucionarse; como las macetas y motos ubicadas en las veredas, la cartelería, los ingresos a las cocheras que no están identificados y que no tienen la señal sonora, esa que comúnmente llamamos chicharra”. Fue entonces cuando hizo una aclaración, al decir que “muchos garages tienen la señal electrónica pero esa no sirve para el caso de los ciegos”.

    Ante una consulta puntual, el entrevistado señaló que “cuando la municipalidad hace modificaciones o construye algo no suele consultar a las instituciones de discapacidades, ya sea motoras o sensoriales para tenerlos en cuenta”. Ante el pedido de precisiones detalló que “esto es lo que sucedió, por ejemplo, con la instalación de las iluminarias en la costanera, que se encuentran a 30 centímetros de la línea de  edificación, es decir de la baranda. Quedan muy bonitas respecto a la iluminación pero obstaculizan el tránsito de las personas ciegas”.

    Fue en ese momento que Rosario indicó que “falta mucha información, educación en las escuelas” para alcanzar la integración. En esa línea insistió en que “es  muy importante que desde chicos se tome el tema con más naturalidad, para que las personas puedan ser solidarias con aquel que es ciego, anciano, o que tiene cualquier otro problema”.

    Al mismo tiempo, la entrevistada precisó que “la gente en la calle es bastante solidaria, pero a veces hasta te sobreprotege de una forma en que te sugiere que te vayas a tu casa, en vez de pensar que si estas en la calle es porque estas rehabilitado”. En ese sentido “faltan campañas de integración de la persona discapacitada en la sociedad” agregó.

    De las expresiones de los entrevistados se advierte la perseverancia con que resuelven las tareas cotidianas. Son el tipo de personas que cree que no hay imposibles si se tiene voluntad.

    “Con ganas todo se puede. Nosotros cocinamos, trabajamos, nos divertimos, y salimos a andamos en bicicletas tándem” señalan, no sin remarcar que pese a todo “disfrutamos la ciudad con sus subidas y bajadas.

    La clave es tener ganas. Si se tiene voluntad, ya se tiene hecho el 90 por ciento de lo que uno se proponga”.

    Flavio Gastiazoro y Rosario Comaleras le contaron a EL DIARIO su experiencia en una Paraná poco amigable para los no videntes.

    Los entrevistados eligen proponer mientras fijan posición. “Hoy por hoy, que ha avanzado tanto la tecnología, sería bueno tener cierta información a nuestro alcance, como la identificación de los obstáculos geográficos, las calles que se encuentren momentáneamente cortadas; se podría realizar una especie de mapa de las calles interrumpidas por alguna obra en construcción. Esa información podría estar colgada en la página de la municipalidad como un mapa virtual para quienes tienen una discapacidad motriz o sensorial”, indicaron.

     

    Se hace camino al andar

    El mero hecho de que la sede del gobierno de la capital provincial tenga una primera escalinata y, luego de un distribuidor interior, dos empinadas escaleras conduzcan hacia poderes clave, como el Departamento Ejecutivo y el Concejo Deliberante, puede estar hablando a las claras de lo que piensa la ciudad sobre este asunto de la accesibilidad.

    Hay muchos edificios públicos señoriales que ofrecen las mismas dificultades, pero en ninguna han tardado tanto las propuestas para resolver la circulación diversa de seres humanos.

    No es el único caso, lamentablemente. Los semáforos de calle 25 de Mayo le siguen dando la espalda a quien supuestamente protegen: el peatón que, así las cosas, debe esperar que los autos, motos y colectivos frenen para saber que pueden cruzar la calle.

    Sólo en una ciudad donde los privilegiados viajan motorizados, en dos, cuatro o seis ruedas, se puede entender que para poder doblar un colectivo deba subir sus ruedas traseras sobre la ochava, destrozando la vereda y poniendo en riesgo las vidas que se animen a entrar en la zona de litigio, tal como ocurre en la esquena noreste de Córdoba y España o la noroeste de España e Italia.

    No es adjudicable al mismo preconcepto que no haya un plan para que los conductores eviten el paso por el microcentro en horario pico, cuando podrían tomar por otras calles alternativas para llegar a destino.

    Y qué suerte le toca a los peatones, de todas las edades, que deben cruzar por nuestras avenidas, donde los autos, camionetas y demás tienen siempre prioridad. Una restructuración de las avenidas -que incluye la incorporación de canteros centrales, arbolados y floridos- daría cuenta de una nueva visión en la que los seres humanos tengan un papel privilegiado y puedan gozar de la ciudad con todos los sentidos posibles, sin sobresaltos.

     

     

     

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