27.2 C
Paraná
martes, febrero 25, 2020
  • Paraná
Más

    Las cuatro vidas de una calle clave en San Agustín

    General Galán es una arteria vital para San Agustín, inmensa barriada que se caracteriza por contar con una trama urbana endiablada en las que las calles de buen ancho son la excepción a la regla. De una y dos manos, con tramos que no le envidian nada a la oferta comercial y de servicios del centro y segmentos de muy precaria infraestructura, Galán afronta con hidalguía sus cuatro vidas mientras es utilizada como enlace todo terreno.

     

    REDACCIÓN EL DIARIO

    coordinacion@eldiario.com.ar

     

    Por un entrecruzamiento de factores (es lo que está más allá del arroyo Antoñico, detrás del Cementerio, más acá de las selladas instalaciones del Ejército y, finalmente, encajonado por el Volcadero y una serie de urbanizaciones de emergencia que no han dejado de multiplicarse), esa amplia fracción occidental del territorio fue abriéndose paso como pudo para transformar su anterior condición de sector de quintas en área residencial.

    Las huellas de ese zigzagueante proceso se advierten en algunos grupos de construcciones, pero sobre todo en la conformación de los amanzanamientos, con cuadras irregulares, calles que no siempre tienen continuidad y circuitos que parecen hechos para que el visitante se extravíe.

    Ese pandemónium tiene unos pocos puntos de referencia, nervios que se despliegan en abanicos y que son febrilmente utilizados por los residentes y por el transporte público y privado: Ituzaingó, la compañera de las vías; Ameghino, la que se quiebra en el ferrocarril para conducir al Volcadero o al Parque Nuevo, a través de Romina Iturain; la imponente Selva de Montiel; la hipotenusa Casiano Calderón y, como ante un espejo, Gutiérrez y Galán, los engarces con el sureste: Alvarado, Pronunciamiento y Racedo.

     

    Galán es un distribuidor de tránsito hacia el centro y hacia el sureste.FOTO: Sergio Ruiz.

     

    HUELLAS

    En virtud del tipo de hormigón utilizado, la impresión es que el tramo original de General Galán pudo haber estado en el actual extremo este de la calle, desde el cruce con Selva de Montiel hasta Avenida Ejército, unos metros más al sur de donde nace la mismísima Monte Caseros, junto a las vías del ferrocarril, a orillas de calle Ituzaingó, continuación al oeste de Racedo.

    En la confluencia de San Martín y Avenida Ejército, con el tradicional bar Aurora y el Centro Comunitario Mitre como excusas para distinto tipo de encuentros, nace General Galán en busca del río. Pero allí no es ribereña: coqueta, distinguida, emprendedora, se instaura como un área de servicios y un centro comercial a cielo abierto, con instituciones bancarias con gente haciendo cola bajo el sol, locales de todo tipo para un nivel de consumo medio y alto, supermercados y hasta casas de juego, que le imprimen a esas cuadras un carácter burgués, que se sostendrá más allá del semáforo de José María Paz.

    Sobreviene allí una segunda vida para General Galán, en la que la compra y venta de bienes y la contratación de servicios irá perdiendo relevancia, mientras crece el carácter residencial de las edificaciones, de muy buen nivel constructivo, por cierto. El tráfico que llega desde el este debe tomar por Casiano Calderón, uno de los lados del triángulo que conforman también Selva de Montiel y General Galán que, a esa altura, ya tiene un único sentido de circulación.

    Desde Selva de Montiel hasta Los Minuanes, la infraestructura urbana va perdiendo jerarquía: General Galán es entonces una típica calle de penetración que conduce a distintas barriadas populosas, en la que aumentan las previsiones de los particulares en materia de seguridad y es raro encontrar contenedores para la basura porque incendiarlos y verlos arder parece ser una práctica frecuente. Complejos de viviendas, la escuela Manuel Antequeda, comercios provistos de rejas y vendedores ambulantes que desde los habitáculos de sus camionetas ofrecen negocios al paso con la estridencia de las bocinas, son postales habituales.

     

    La postal de los anegadizos es única, pero para llegar más o menos cerca hay que esquivar pozos y baches de notoria profundidad y tamaño. FOTO: Sergio Ruiz.

     

    VISTA AL RÍO

    La cuarta vida de General Galán se configura en su proximidad con los anegadizos. La pronunciada pendiente habilita una vista notable, en la que sobresale un verdadero tesoro natural, olvidado, que en cualquier ciudad con conciencia turística hubiera devenido en inversiones públicas y privadas de importancia: la laguna escondida. Se trata de un enorme espejo de agua, de formidables condiciones para la navegación y los deportes náuticos, sólo comparable con el Delta, en la zona del Tigre.

    Empero, a ella se accede a través de un misérrimo riego asfáltico, con desagües pluviales a cielo abierto (una media caña sólo de la vereda norte) y veredas sobreelevadas, con lo que cuando llueve los vecinos ven correr desde sus ventanas un bravísimo río sucio de más de un metro de profundidad que busca los humedales atropellando lo que encuentra a su paso.

    “Esto también es Galán”, reclama un vecino, en tono de queja. En el horizonte, más allá del tartagal y el cañaveral inaccesible y de los autos desarmados, de la esplendorosa laguna escondida, las islas y los bancos de arena, el río Paraná y la silueta de Santa Fe, empujan a soñar con que alguna vez el borde oeste recobre la innegable valía que posee y, para eso, deberá pensarse en recomponer una trama vial en la que General Galán ocupa un lugar clave.

     

    Lo más leído