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lunes, agosto 10, 2020
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    Por un plan para que todos tengan un lugar

    Ante el avance incesante del asfalto y el cemento, es vital que se repare en que la ciudad debe preservar y multiplicar los espacios verdes de volumen que, además de pulmones verdes y reservorios de flora y fauna, son puntos de encuentro ciudadano y fuente de recreación.

     

    REDACCIÓN EL DIARIO

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    Cuando las ciudades no cuentan ni se atienen a un plan general, metódicamente organizado, frecuentemente de gran amplitud, suficientemente participativo, taxativo y a la vez flexible, sujeto a permanentes evaluaciones, el desarrollo urbanístico armónico suele ser una expresión bien lograda pero que no encuentra aplicación concreta.

    Si estos contextos además se vuelven endémicos, como sucede en Paraná, suele ser frecuente que, ante la irrupción de un conflicto puntual, las partes tengan algo de razón, lo que profundiza la rivalidad en los posicionamientos pero aleja la posibilidad de una solución adecuada para el conjunto.

    El problema es la falta de un método para que las demandas sectoriales se encuentren contenidas en necesidades que el colectivo acuerde como lo más conveniente, no importa si en algún momento ese consenso se modificare.

    Con el Parque Gazzano ocurre algo por el estilo. Se trata de un espacio verde, de medianas dimensiones, que fuera una quinta, propiedad de José Gazzano, un vecino que la legó para que sea un espacio de recreación y de contacto con la naturaleza. Si miráramos esta parcela, de mayor profundidad que ancho, que se erige en la vereda oeste de Avenida Zanni, entre O’Higgins y Miguel David (la referencia es general, sólo para terminar de ubicarla); si nos olvidáramos lo que sabemos de ese lugar y hasta dejáramos de recordar que hasta allí fueron muchos de los que hoy llevan a sus hijos para explorar con candor infantil lo que era uno de los extremos de la ciudad, montados a los carromatos celestes de la línea 4; si obviáramos el atractivo que significa el lago, surcado generalmente por hileras de patos y, de vez en cuando, por modestos botes; si hiciéramos caso omiso de cómo las comunidades circundantes le dan vida a este lugar (caminando, corriendo, jugando, haciendo gimnasia, tomando mates, leyendo), estaríamos tentados a pensar que se trata de ruinas de algo que probablemente haya sido esplendoroso en otro tiempo.

    La verdad es que el Parque Gazzano sufre desde hace añares el castigo que se cierne sobre la mayor parte de nuestros espacios verdes: con suerte, se mantiene el pasto corto, se arregla una vereda o un juego, se cambia un foco quemado. Es como si abusáramos de la agreste capacidad de recreación de la naturaleza. Hay apropiación humana porque los visitantes dejan huellas de su paso por allí, no siempre respetuoso; pero no porque las intervenciones tiendan a desarrollar un sentido educativo respecto del valor de estos entornos.

    Bancos y asadores rotos, sectores desarticulados entre sí, falta de referencia a la flora y la fauna reinante, ausencia de toda posibilidad de guía para contingentes, son factores que hablan tan a las claras de lo que efectivamente piensa la ciudad sobre el Parque como su misérrimo ingreso, vacío de cartelería adecuada en el exterior, de referencias interiores y, aún más, de senderos que organicen una idea de circuito.

    El Parque es algo que está allí, pese a Paraná. Es la triste verdad. Sin embargo, no hay en el sureste un espacio verde de estas particularidades. Ninguna plaza, por cuidada que esté, se aproxima siquiera a las características excepcionales que exhibe el Gazzano.

    Foto: Sergio Ruiz. » La belleza agreste del Gazzano debe potenciarse y mejorarse, para beneficio de una populosa barriada.»

    DEL OTRO LADO

    Más allá del lago, detrás de una vereda con pinos en doble hilera que hacen de granaderos y habilitan una sonoridad especial cuando el viento despeina sus hojas de aguja, hay terrenos que también son fiscales aunque están alambrados, cerrados al uso público.

    Una pista de bicicros y lo que, por los arcos, parece ser una descuidada cancha de fútbol, impiden que crezcan árboles y arbustos; e imposibilitan que los grupos humanos disfruten también de esa otra superficie, que es importante.

    Lo cierto es que el tema ha vuelto a la palestra por la pretensión de particulares de construir allí un espacio para jugar al hockey, vecino al emprendimiento -también particular- para hacer acrobacias en bicicleta. Entonces, las posturas se tensan: ¿está prohibido practicar deportes en esta ciudad? Al contrario, buena parte de la vida social de Paraná se explica a partir de los vínculos humanos que se construyen en los clubes. ¿Por qué no hacer algo allí, entonces, en ese terreno abandonado? ¿Por qué no hacer un polideportivo municipal?, tercian los salomónicos.

    Y lo cierto es que la ciudad debe encontrar espacios para que una institución o asociación tenga sus instalaciones; este reclamo no puede ser minusvalorado; debe ser atendido con absoluta seriedad; pero no en cualquier lugar porque, con ese criterio, abandonada como está la Peatonal, semihundida, podríamos autorizar allí la instalación de diferentes iniciativas socialmente valiosas.

    Resulta que atrás del Club Ministerio, entre Ambrosetti y Uranga, en una larga franja que llega hasta el acceso al Túnel, hay terrenos baldíos que vuelven sombrío el ingreso a la ciudad. Esas tierras son fiscales y el entorno es propicio para la práctica de deportes, tanto que un nutrido ramillete de instituciones tiene anexos en los alrededores.

    Si Paraná convirtiera esa parcela, atravesada por arroyo, con puente característico y todo, en un área para recreación (tipo parque) y, vecino a ella, otra para la práctica de deportes para entidades sin sede, estaría generando soluciones en varios frentes y dejaría de multiplicar conflictos por doquier, como hasta ahora.

    Fotos: Sergio Ruiz. «Cerca del acceso al Túnel, un terreno fiscal reclama una intervención adecuada para que esté acorde a un ingreso a la ciudad capital.»

     

     

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