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domingo, enero 19, 2020
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    La memoria histórica frente al vértigo de los audiovisuales

    El vértigo de los mensajes audiovisuales impide pensar en términos históricos. Mientras que la memoria histórica requiere un análisis profundo y mediato, los medios audiovisuales tienen un ritmo vertiginoso e instantáneo que no deja espacio para la reflexión y el análisis.

     

    Por Ariel Vittor

    Lic. en Comunicación Social.
    Docente Universitario

    El chorro informativo que nos llega desde las pantallas nos impide pensar en coordenadas históricas. Hacerlo requiere de un tiempo y una disciplina que los audiovisuales no conceden, puesto que su dinámica de producción consiste en un repiqueteo de impactos. Este flujo audiovisual no puede darle densidad a ninguna información.

    Los medios instauran así un presente continuo, permanente, que carece de densidad histórica y que no se trasciende a sí mismo. Un presente autista, según la acertada caracterización de Javier Esteinou Madrid.[1]

    El flujo de contenidos de los audiovisuales destruyó la organización de la televisión por géneros de programas. En los orígenes de la televisión, cuando un televidente se sentaba frente al aparato, lo hacía con la expectativa de encontrar un género determinado. Se acudía a la televisión para, por ejemplo, ver el programa de noticias, el “noticiero”. Esa forma de consumir televisión ya no existe. Ahora no hay géneros, sino flujos de mensajes audiovisuales, sin distinción alguna entre ellos.

    Cuando los medios audiovisuales hacen algún espacio para la historia, generalmente se limitan al anecdotario personal de alguna figura ó a una efeméride circunstancial. Se trata de una historia que puede llenar algunos minutos pero seguramente no sirve para reconstruir la memoria de un pueblo. De Manuel Belgrano se repite hasta el hartazgo su participación en la creación de la bandera nacional argentina, pero no se dice que fue un brillante economista que propuso mejorar la agricultura para incrementar los recursos nacionales. De Domingo F. Sarmiento se sabe que odiaba a los caudillos federales pero no tanto que atacó a los latifundistas y propuso un programa de colonización de las pampas argentinas. Los claroscuros de Juan Manuel de Rosas nunca son abordados porque, hábiles para construir polaridades de fácil consumo, los medios simplemente lo ensalzan o condenan sin mayor análisis.

    En las contadas ocasiones en que la televisión presenta especialistas para hablar de algún tema de historia, lo hace sumergiéndolos en heterogéneos paneles, en donde son increpados por alguna deslenguada y altanera figura mediática del momento, que se cree en el derecho de bastardear lo que dice el invitado, por más aquilatadas investigaciones que éste posea en su haber.

    El vértigo audiovisual no deja espacio para la reflexión, constriñe siempre el tiempo disponible, impone la caricaturización de procesos complejos. Difícilmente la estrategia sanmartiniana para cruzar los Andes y golpear al absolutismo español en Chile pueda explicarse con profundidad en un vídeo de cuatro minutos. Es cierto que el poder de síntesis es valioso en el periodismo, y también en muchos otros oficios, pero de tanto perseguir síntesis y condensaciones, el riesgo de perder contenidos se torna mucho mayor.

    El flujo audiovisual atenta contra toda posibilidad de construir generalizaciones. En compactos noticiosos es posible mostrar una tormenta con caída de granizo y una gresca en un campo de fútbol, pero seguramente no será posible decir mucho acerca del cambio climático y la violencia en los deportes.

    Los medios audiovisuales modifican la percepción del tiempo. Antes de su irrupción se daba por sentado que la actualidad comprendía procesos que marcaban durante años la vida de una sociedad. Ahora lo actual se refiere a lo inmediato, a lo que está pasando, a aquello que quizá pocos recuerden uno o dos días después.

    Enfrascados en una afanosa y estresante lucha por el rating, los medios audiovisuales ya no cuentan historias sino que presentan noticias en proceso, mientras los hechos están desarrollándose. Ya no hay periodismo de historias, sino un flujo de estímulos inconexos que embotan los sentidos. El rol del periodismo que consistía en contar historias se ha perdido. Ahora el periodismo muestra hechos al mismo tiempo que suceden, ya no aguarda al final para tener el desenlace de la historia que pretende contar. El rating manda.

    No es extraño que a los jóvenes les cueste leer algo cuyo final está varias páginas más adelante. Simplemente no saben esperar, y no saben hacerlo porque la cultura audiovisual los ha entrenado como sujetos impacientes. Quienes consumen series televisivas de a varios capítulos por día, los denominados “maratoneros” de series, están recorridos por una afiebrada necesidad de averiguar, a lo sumo en el marco temporal de un fin de semana, qué ocurre con la trama que están siguiendo. En cambio, si uno lee La Odisea tiene que esperar bastante para descubrir qué ocurre finalmente con el célebre héroe de la narración homérica que intenta retornar a su casa.

    Consecuentemente, las figuras de la televisión, las series o la farándula resultan más conocidas por el público que las personalidades de la historia. Esto no debiera sorprender a nadie, puesto que los seres humanos están cada vez más expuestos a las producciones audiovisuales desde su temprana niñez.

    ¿Puede el soporte audiovisual adaptarse para contar la historia de los pueblos? Está claro que no disfruta de las ventajas que posee un libro para ello. Quizá el documental sea el género que mejor pueda cumplir ese cometido, siempre que no incurra en el vértigo propio de los audiovisuales. Los matices, los claroscuros, los múltiples vericuetos de la historia humana, difícilmente puedan abordarse con seriedad y profundidad en un panel de mediáticos dedicados al chismorreo.

     

     

     

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