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miércoles, enero 29, 2020
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    Pensar Ramírez como vector para un nuevo desarrollo

    Lamida por el impiadoso enjambre vehicular, repleta de pozos, pletórica de bacheos desprolijos, Ramírez sueña con una distinción que alguna vez tuvo y que la ciudad necesita: una avenida urbana, un paseo elegante, desde donde se inspire la radicación de múltiples emprendimientos.

     

    REDACCIÓN EL DIARIO

    coordinacion@eldiario.com.ar

     

    La Avenida Ramírez es, sin duda, la más relevante de la ciudad. De hecho, la atraviesa de norte a sur: nace formalmente a la vera del río (en el acceso a Puerto Sánchez y el Thompson) y desde su extremo sur, en la intersección con Lisandro de la Torre, pareciera que si se la continuara más allá de los terrenos del Ejército en pocos minutos se podría llegar a Oro Verde.

    En la conformación de la trama urbana opera además como una bisagra, el espiral de un cuaderno que parece integrar amanzanamientos no armónicos, tableros de ajedrez asimétricos. Esas cuadrículas van abriéndose paso con una configuración no coincidente desde Ramírez hacia el este y hacia el oeste, con los notorios problemas que esas madejas enredadas generan para la fluidez vial. Es obvio que en otro tiempo fue camino perimetral, circunvalar, límite que separó lo estrictamente urbano de la zona de quintas productivas y chacras.

    Lo cierto es que a la Avenida Ramírez una serie de situaciones la ha metido de cabeza en un laberinto de sentido del que no logra salir. Por un lado, fue una conexión física propicia entre la ruta 11 (Avenida de las Américas, convertido ahora en imponente acceso sur) y la ruta 18 (la Avenida Almafuerte); también un vínculo adecuado para llevar y traer carga del hoy desaparecido polo industrial en la zona de Bajada Grande; al mismo tiempo la salida y entrada de colectivos de media y larga distancia hacia la Terminal, tanto cuando funcionó en Cinco Esquinas como en su vergonzante emplazamiento actual, incesante generador de innecesarias turbulencias; asimismo, enlace directo desde cualquiera de estos puntos con el Túnel Subfluvial, a través del “rulo”.

    El traslado de la Terminal es necesario para un eventual cambio de carácter de la Avenida Ramírez. FOTO SERGIO RUIZ

     

    CRECER

    Pero la ciudad expandió notablemente su área residencial hacia el este y el sur y, lentamente, como todo acontece en la capital provincial, nuevas avenidas y accesos fueron desplazando la función que en algún momento tuvo la avenida Ramírez. Queda la Terminal allí plantada, sin dudas, expresión de lo que la ciudad no debería volver a repetir y el edificio del Supremo Entrerriano, esa especie de tren fantasma en altura que es también abrazo de esqueleto, espectral, espantoso, con que se recibe a los recién llegados.

    Por el resto, Ramírez sufre las consecuencias de un modo paranaense de asumir el espacio público: las avenidas y calles no son áreas para el disfrute de los sentidos; la ciudad, para muchos de sus habitantes, es ese amasijo demente en el que nos debemos internar para llegar a destino. Sí, andar por la capital provincial no es una excusa para gozar de un espectáculo sensorial (arboledas, verdes veredas, floridos canteros, perfiles arquitectónicos enhebrados a expresiones de la naturaleza); moverse en Paraná no es más que atravesar una distancia a desgano, resolver un trámite engorroso, sacarse de encima un itinerario inevitable. Ese imaginario ha empapado, evidentemente, la perspectiva de los funcionarios y se manifiesta en unas avenidas despojadas de toda infraestructura urbana, del más elemental sentido de la estética y, por si fuera poco, desprovistas de un mínimo rango de seguridad para el peatón.

    En el extremo norte asoma una aproximación al bulevard que alguna vez fue Ramírez. FOTO SERGIO RUIZ

     

    DAR UNA VUELTA

    Otros datos pueden completar un intento de diagnóstico. Se habrá notado que las ciudades suelen repetirse en una práctica que, cuando adquieren cierto volumen, se vuelven dificultosas. En efecto, la vuelta del perro, los fines de semana y los feriados, es un tic urbano difícil de erradicar que hoy genera enredos fenomenales en la costanera baja.

    Más allá de que el Parque en sí mismo merece un reordenamiento vial que habilite un mejor aprovechamiento de la riqueza natural, es preciso descentrar esa tensión que genera tamaña concentración vehicular.

    En ese sentido, la avenida Ramírez podría ser un bulevar con generoso cantero central, sin afectar el ancho de calzada, incluso potenciándolo, dado que las veredas son amplias. La transformación le permitiría a la ciudad incorporar un recorrido señorial que hoy no tiene, al estilo del Bulevar Oroño en Rosario o del Bulevar Gálvez en la vecina Santa Fe.

    El cambio de carácter de la arteria probablemente ayudaría a jerarquizar todo ese amplio sector (Ramírez y sus alrededores) que acaso pueda mutar a área gastronómica, de entretenimiento, comercial, de servicios y obviamente residencial.

    Además, ese nuevo polo de desarrollo -alentado por el Estado- está en condiciones de reactivar un circuito de medianas y grandes inversiones privadas y, entre ambas corrientes, dinamizará un mercado interno decaído y ofrecerá nuevas posibilidades de negocios, mientras el movimiento vehicular y de personas se producirá no ya en lugares que pueden no reunir las condiciones elementales (tal como ocurre hoy día) sino en una avenida con todas las comodidades.

    De paso, ordenará mejor la necesidad de los giros a la izquierda, uno de los grandes problemas de Ramírez, de muy difícil solución.

     

     

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