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domingo, diciembre 15, 2019
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    El Parque es también una fenomenal enredadera vial

    La trama de caminos del Parque Urquiza está desbordada. Cuando la concentración humana se intensifica, ir y venir por las costaneras alta, media y baja, sus cuestas y bajadas es un peligro y una amenaza inminente de accidentes. El riesgo es mayúsculo para ciclistas, peatones y atletas.

     

    REDACCIÓN EL DIARIO

    coordinacion@eldiario.com.ar

     

    En sus 44 hectáreas de extensión, el Parque Urquiza es el espacio verde más destacado de la ciudad, símbolo para visitantes y pequeño paraíso urbano para residentes. Es un páramo desde el cual la ciudad dialoga con el río y la naturaleza que lo circunda, un monumental mirador desde donde asomarse el espectáculo siempre inédito del Paraná y, también, palpable demostración de que la intervención humana puede mejorar lo dado, si se lo propone y sabe cómo hacerlo, factores que no siempre concurren.

    Es también una inmensidad que la vista no alcanza a captar en una sola toma, ordenada en terrazas, gracias a lo cual se logran vincular puntos con notable diferencia de cota. Tanto para contener el suelo como para asegurar una conectividad fluida entre los distintos niveles de la topografía, el área ha sido dotada de subsistemas.

    El estado de la carpeta asfáltica deja mucho que desear. FOTO: Marcelo Miño

    Por un lado, la red vial: un festival de serpentinas que le da volumen a la vista y donaire a todo lo plantado por modesto que fuere. La traza de las calles permite conectar -en un sentido y otro- la costanera alta (de altura cercana al área central de la ciudad y carácter residencial) y la costanera baja (junto al río, al pie de la barranca). Se lo puede hacer de manera directa al tomar por bajadas y cuestas o como parte de un serpenteante paseo por la costanera media.

    Los caminantes saben que existe un subsistema peatonal, constituido por senderos, veredas y escaleras, muchas de ellas destruidas o descalzadas, lo que da una idea de la profundidad del abandono. En los pocos testimonios fílmicos que existen sobre Juan L. Ortiz se lo ve, justamente, encorvado, frágil y decidido emprendiendo a pie contra los desniveles, recorriendo esos interlineados techados de ramas, envuelto en una sonoridad de aves silvestres y versos por brotar.

    Otro subsistema está conformado por los desagües que, aunque a simple vista no parezcan aportar demasiado al esplendor del sitio, son centrales para asegurar la sustentabilidad del terreno a partir de canalizaciones adecuadas, pero también para gestionar con belleza, armónicamente, el escurrimiento de aguas, como ocurre al norte de la Danza de la Flecha y el Puente de los Suspiros, en el viejo y olvidado palomar.

    Si este trípode funciona, la naturaleza -entre medio- puede hacer su trabajo y garantizar esa revitalizante sensación de estar habitando una dimensión agreste.

     

    COMO PASEO

    Para muchos el Parque Urquiza es un lugar para recorrer sin apuro de reloj, para detenerse a cada paso, inspirar y expirar, abrir los poros, oxigenar los pulmones, admirar, contemplar y disfrutar, mate en mano, hasta hallar el lugar propicio, ese par de metros cuadrados adecuado, eventualmente con sillón o reposera, para colocarse justo al reparo de una sombra cordial.

    Diariamente, se escenifica una innecesaria puja entre automovilistas, ciclistas, peatones y deportistas. FOTO: Sergio Ruiz

    Para otros es un sector de paso, montados en vehículos de todo tipo: se lo atraviesa porque no existe alternativa, es decir, ningún otro atajo nos permite llegar a destino evadiéndolo; o se pasa a habitarlo sólo el tiempo justo y necesario que nos permite llegar hasta cierta coordenada, como el anfiteatro, algunos de los clubes, el Rosedal, un espacio con juegos infantiles.

    Hay una tercera apropiación: así como rige cierto deleite en recorrerlo a pie, trotando, en bicicleta o en patines, hay un relajado disfrute en transitarlo sobre el auto o la camioneta, en lo que una generación tras otra ha denominado “la vuelta del perro”.

    El caso es que, salvo alguna que otra excepción, las calles entre las costaneras alta, media y baja son de doble mano y, además, angostas, dificultad espacial que se potencia con un tipo de estacionamiento que, paralelo al cordón o a 45º, empuja a ubicar medio rodado sobre la vereda y, al que circula por la calle, a internarse en el carril opuesto, aunque lo prohíba expresamente la doble línea amarilla pintada sobre el asfalto. Así, a lo largo de Laurencena (en las intersecciones con Cuesta de Izaguirre, Acuerdo de San Nicolás, Juan de San Martín, De la Torre y Vera y Güemes) el giro a la izquierda múltiple origina unos enredos de antología, que se multiplican con la intensidad del tránsito. Con variantes, pasa algo similar en la zona de la Danza de la Flecha o en Etchevehere al toparse con San Martín y también con Santa Fe. ¿Y qué decir cuando hay actividades convocantes en el Puerto Nuevo?

    El giro a la izquierda en arterias de doble sentido es un factor de inseguridad vial y peatonal. Foto: Sergio Ruiz

    En fin, no suena razonable que la fuerza de la costumbre tenga un valor más alto que la conveniencia de establecer algo tan elemental como un circuito que acaso elimine el doble sentido de circulación en este sector. Claro que hay dificultades, pero de una vez hay que asumirlas, afrontarlas y empezar a resolverlas.

     

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