Actuar para vivir, de eso se trata después de todo

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Strappa y Fadil, se lucen en “Cuando los cerdos arrasan”.

Los intentos por poner a marchar un proyecto echado al olvido le permiten a “Cuando los cerdos arrasan” compartir reflexiones en torno la condición humana y, naturalmente, reírse también de lo que nos ocurre mientras se afronta la ardua tarea de existir.

Víctor Fleitas | coordinacion@eldiario.com.ar

Cualquiera estaría tentado a pensar que la puesta teatral “Cuando los cerdos arrasan” es una galería de estados de ánimo por la que atraviesa un actor cada vez que debe afrontar un nuevo proyecto. Los que así piensan podrían fundar su parecer en el hecho de que a lo largo de la comedia dramática hay innumerables referencias al “estado del arte” del campo de la realización teatral y, de hecho, la historia que se cuenta en algún punto es la de los preparativos de un grupo que intenta volver a los escenarios.

Es cierto, hay guiños interlineados, notas al pie, que captan mejor los más informados en materia de expresión actoral. Sin embargo, el vínculo más vigoroso con el espectador se sostiene en otro plano.

Es que la representación, cuya dramaturgia pertenece a Gabriel Cosoy -que además dirige la obra-, saca provecho de la capacidad para trasladar al público hasta ese vértigo escénico que plantea la necesidad de afrontar la rutina cotidiana, siempre igual, anodina, mecánica, insulsa e imprescindible, trivial y alienante y sin embargo constituyente de aquello que somos, lo que abarca aspectos materiales constantes y sonantes y también simbólicos.

Es como que eso ajeno, extraño (trabajo, relaciones amorosas, vínculos sociales, entornos humanos, en general), que ha invertido la carga y ahora nos controla, nos enferma, nos acosa y limita, nos acorrala y amordaza, es al mismo tiempo lo único que sostiene nuestro sentido de pertenencia a un colectivo o comunidad.

Entonces, afrontar el desafío de poner el pecho para sobrevivir a esa cárcel que construimos y dejamos que nos construyan bajo la promesa de sentirnos libres de vez en cuando, implica poner en marcha unos dispositivos de exposición ante la mirada ajena, de construcción del personaje (que a veces puede variar según la “platea”), de elaboración de discursividades coherentes, gestualidades acordes y hasta de un vestuario adecuado y de estrategias narrativas que entran en relación con la de las demás. Para vivir, actuar.

DE REGRESO

A la otra situación estresante la provoca la puesta en acto de la decisión de cambiar el rumbo, leve o radicalmente; de ausentarse de los lugares habituales, de modificar la rutina; de dejar en suspenso a personas frecuentadas y buscarles reemplazo; de deambular por otras actividades y grupos; y también de regresar al cabo de un tiempo a espacios de los que nos hemos ido, no importa la razón. También desde aquí se pueden establecer vínculos sensoriales con “Cuando los cerdos arrasan”.

En todos esos casos, hay una tensión inevitable entre las dimensiones de lo pasado y lo presente. De manera tal que el puente trazado entre ambas esferas, mientras se estuvo entretenido en la fatigosa faena de sobrevivir, obliga a desandar lo ocurrido como estrategia propicia para constituir un porvenir.

La vida, así las cosas, deja de ser sólo enunciados grandilocuentes o frases hechas y se convierte en un polígono de fuerzas en el que los prejuicios y reproches, los recuerdos, los ejemplos y las referencias, las actitudes inexplicadas, lo incomprendido y el malentendido, son fantasmas que regresan en busca de una recompensa propicia.

Estas metáforas, existenciales, políticas, atraviesan la dramaturgia de “Cuando los cerdos arrasan” y es donde la empatía del público reverdece, brota: volver con la frente marchita, haciendo gala del talante triunfal que suele rodear al que se anima a irse, aunque rápidamente quede claro que eso también es parte de una personificación.

Si en “Cuando los cerdos arrasan” el hijo pródigo se encuentra con un “pueblo” inundado, en el que sólo se puede hacer arte desde el lugar de los muertos porque todo lo vivo ya ha sido arrasado, no es menos cierto que su retorno lo obliga a resolver la asamblea de voces y puntos de vista que lo habitan y que persisten más allá de toda apariencia exterior. La identidad de ese sujeto (individual, colectivo, social) debe encontrar la ecuación vital propicia que lo exprese en ese instante en que está presente. Para actuar, vivir.

Es esa dinámica la que produce identificaciones y proyecciones múltiples entre el público y lo representado. En efecto, hay un gesto estético e ideológico que hace mover un telón de fondo de ponderable densidad dramática, que se despliega mientras la risa irrumpe y se sucede a partir de una excusa narrativa singular, en la que un grupo de teatro busca retomar los ensayos, en medio de una cultura pueblerina de la que las ciudades no están exentas, por cierto.

Por otra parte, la obra propone una analogía original, sumamente atractiva, fuertemente expresiva, que está habitada por una especie de paradoja. Intentaremos dar cuenta de ellas. Dado que lo único que quedó a salvo de la diluvial inundación es un panteón, hay un mensaje no explicitado en torno a que la vida puede desplegar sus fantásticos rizomas aún desde los lugares que suelen estar reservados para que la muerte descanse en paz, incluso dentro nuestro. Fuerte lección. Y, además, con eros y thanatos reunidos en batalla infinita, la propia creciente que hostiga y encierra, que acorrala la esperanza y obliga a tomar  posición, es la que puede proponer una salida: trae el humus que pudre lo que toca pero también es lo que transforma lo fétido en nutriente y hace posible el renacer, lo que inspira a pensar en el río aquel del Chacho Muller, ese que pasa, nos da y nos quita.

TRAMAS

En la puesta (criteriosa, atinada) el espacio contó con pocos elementos escénicos, acaso los esenciales. En ese sentido, las proyecciones audiovisuales, proporcionadas en cuotas prudentes, resultaron un buen aporte porque, por un lado, ayudaron a sobreponerse de las transiciones entre una escena a otra y, además, colaboraron con la noble tarea de la descripción, propicia para imaginar mejor una ambientación, al erigirse en otra aproximación al contexto de enunciación. El diseño lumínico fue sencillo, pero ajustado a las necesidades expresivas. Pese a la distancia que establece el escenario de la Vieja Usina respecto de la platea, la recepción de los parlamentos no fue un problema y los materiales sonoros, en general ajustados, tenderán a la excelencia en la medida en que lo grabado y lo dicho en vivo mantengan un mismo vigor cuando se suceden e integran.

Así, objetos, proyecciones, iluminación, efectos sonoros, vestuario, maquillaje, máscaras y músicas conforman un sistema cuyas órbitas pasan desapercibidas mientras cada cual cumple su función, lo que significa que está eficazmente resuelto. Es como si hubiera cierto recato en no sobrecargar la escenificación, al entrelazar recursos lingüísticos y no lingüísticos sin ostentar de ello, ajustándose estrictamente a la narración de la historia.

Pero al trabajo lo sostienen los actores. Solventes ante un texto que presenta exigencias, Graciela Strappa y Roberto Fadil conforman una pareja de artistas de movimientos aceitados, de amplio conocimiento mutuo, con un timing digno de reconocimiento y una naturalidad elogiable para decir y para desplazarse. Dialogan el decir, al desenvolverse, al callar, al protagonizar y al hacer de partenaire.

El guión obliga especialmente a Strappa -cuyo papel le demanda una sobresaliente ductilidad interpretativa-, pero el secreto del buen resultado está en que cada cual funciona en relación del otro, no a pesar suyo. Hay escenas de complicidad -como la que se produce en torno a la comprobación de que uno de ellos usa peluca, esa otra máscara- que son realmente desopilantes y que están bien resueltas por una combinación justa de acción, parlamento y cierto disfrute en los silencios necesarios porque subrayan lo representado y habilitan una integración emocional de los habitantes de la cuarta pared.

Otro gesto valioso de la dramaturgia es que, sobre el desenlace, en aquel panteón desolado, los espectadores comprueban que uno de los protagonistas es imaginario, justo ese que con sus intervenciones actualiza la información de un olimpo de personajes del ayer y se presenta como el motor de la posibilidad de intentarlo de nuevo, una especie de voz interior, tan real como inexistente. Actuar para vivir.

Los largos aplausos de una sala repleta con que se coronó el final resultaron un premio adecuado para lo compartido por Desesperados albaneses. La obra se volverá a presentar el próximo viernes a las 21.30 en Arandú Espacio de Arte.

Ficha técnica

Grupo de teatro: Desesperados Albaneses

Dirección y dramaturgia: Gabriel Cosoy

Actúan: Graciela Strappa, Roberto Fadil

Asistencia de dirección: Tatiana Zuccolotto

Diseño sonoro y propuesta audiovisual: Ariel Dutria

Comunicación visual: Carmela Farías

Fotografía: Pablo Merlo

 

 

 

“Cuando los cerdos arrasan”, en La Vieja Usina

Regresa a escena “Cuando los Cerdos Arrasan”