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jueves, noviembre 21, 2019
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    El adoquinado es un recurso tristemente desaprovechado

    Ninguneadas, sin el mantenimiento adecuado, las pocas cuadras de la ciudad en las que reina el empedrado están desintegradas y desjerarquizadas, echadas a su suerte. Son mojones de un pasado de progreso que tienen mucho potencial para aportar aún.

     

    REDACCIÓN EL DIARIO
    coordinacion@eldiario.com.ar

    Alcanzan los dedos de una mano para enumerar las calles que mantienen su pavimento de adoquines en Paraná. Testigos sobrios de épocas pretéritas, se asoman a la consideración de los ciudadanos en mojones circunscriptos como Pasaje Baucis, Bajada Güemes, Los Vascos, Osinalde y Racedo. Cada tanto, alguna reparación en el centro obliga a una modesta excavación y, sin querer, dando volumen a la parva de material extraído, los cubos de granito, símbolo sepia del progreso que nos sacó del barrial, recuerdan que aún existen.
    Según Ofelia Sors, en la primera mitad de 1889 (es decir, 130 años atrás), el municipio ordenó tapizar de este modo un área de considerable extensión que involucra las actuales Alameda de la Federación-Gardel-Colón, Paraguay-Enrique Carbó, Córdoba-Libertad y Belgrano-Salta. A partir de similares fuentes de documentación, sabemos también que existió un corredor de carretones que unió el Puerto Nuevo y la Estación de Trenes, que remontaban la cuesta con productos frescos para una inmensa región y bajaban vacíos de carga para reiniciar el ritual, con las actuales Belgrano-Salta-Güemes y San Juan-9 de Julio como nervios de articulación del tráfico. El otro espacio que demandaba condiciones que no fueran afectadas por los cambios climáticos era la zona del Puerto Viejo, de cuya existencia quedan muy pocas marcas urbanas, lamentablemente, a excepción de la casona convertida en museo en los primeros metros de Estrada.

    Fotos: Sergio Ruiz. El adoquinado muestra evidencia de una notoria falta de mantenimiento.

    PROS Y CONTRAS
    El adoquinado es un potencial regulador de la velocidad. En suelos como el de Paraná (donde por exceso o falta de humedad las capas de arcilla se encojen o expanden, generando movimientos de tierra a veces apreciables) podrían convertirse en una alternativa conveniente. Los cubos de piedra que hace 25 siglos le permitieron a romanos y cartagineses acelerar el tránsito de carga y facilitar el traslado de tropas, hoy ofrecen dificultades no obstante: sobre todo si está mojada, la superficie pulida del granito no tiene buena adherencia tanto para vehículos como para peatones, lo que constituye un riesgo para el frenado de los rodados y el paso seguro de las personas. Y, naturalmente, no es aconsejado para arterias que demanden un tránsito ágil.
    En los últimos años ha ganado consideración un adoquinado de pavimento articulado, de diferente corte (hexagonal o rectangular) que tiene un mejor desempeño en los renglones en los que el granito es contraindicado. El salvapeatón entre la plaza 1º de Mayo y la Catedral, La Paz entre San Martín y Buenos Aires, Buenos Aires frente a la Plaza Alvear o el último tramo de la cuesta de Izaguirre tienen aplicado estos materiales. De todos modos, a la vista, de noche, con una iluminación adecuada, el adoquinado tradicional realza el paisaje urbano de un modo único.

    El empedrado es un adecuado moderador de la velocidad vehicular.

    NUEVOS ENTORNOS
    La ciudad de Paraná hoy necesita evitar que la mayor cantidad de vehículos posible ingrese al área central. Esta tarea demanda una serie de acciones, algunas de fácil implementación (como una adecuada señalización para que los conductores aprovechen vías poco exploradas que los conecten rápidamente con circuitos troncales de rápida evacuación) y otras de más lenta aplicación (como la descentralización de las áreas gubernamentales de la Provincia y la Ciudad).
    Mientras readecua una ecuación en la que el peatón y el ciclista gane predominio en el espacio público del microcentro, el gobierno municipal puede ir configurando redes de interés para turistas y residentes, de esas que reclaman ser disfrutadas a paso discreto. Para estos fines, el adoquinado es un notable aliado.
    Si uno de los problemas de nuestros empedrados es que no gozan de ningún mantenimiento (sobreabundan los huellones, los pozos y las lomadas) el otro es que están desintegrados. Al rescatarlos se proveyó un bien para la ciudad, que no queden dudas: ahora hay que convertirlos en puntos de un circuito y eventualmente multiplicarlos, desde una perspectiva que incorpore la historia de la comarca y las manifestaciones de religiosidad como un atractivo turístico más, que potencie las cualidades ribereñas sobresalientes.

    Los adoquines le pueden agregar un valor a las postales urbanas.

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