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viernes, noviembre 22, 2019
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    Cuando el teatro suena con diversas tonadas

    Desde el 4 y hasta el 12 de octubre se desarrolló una nueva edición del Festival Internacional de Teatro Mercosur que se desplegó en distintas localidades de Córdoba y en la capital provincial. Esta vez, la presencia de la escena del Litoral, tuvo un lugar preponderante en la programación. A través de la crítica Mónica Borgogno, allí estuvo la revista La Otra Butaca (labutacaotra.blogspot.com), que se hace desde Oro Verde, para acercar y compartir lo visto y disfrutado en diversas salas.

     

    En medio de “un contexto de zozobra y expectancia… de un momento histórico de ebullición”, tal como señala Raúl Sansica, director de este mega festival organizado por la Agencia Córdoba Cultura y el Teatro Real, la cuestión es cómo seguir. Y “resistiendo” es la respuesta que llega, se instala y hace crecer a este encuentro de artistas, espectadores, comunicadores, programadores.

    Esta 12ª edición, cabe subrayar, coincidió con varios aniversarios significativos como los 60 años de la Comedia Cordobesa y también, los 50 años del Cordobazo, cuando precisamente varones y mujeres, obreros y estudiantes, salieron a la calle a resistir las políticas implementadas desde 1966 por el gobierno dictatorial de Juan Carlos Onganía. Las huellas de esa historia de luchas sociales estuvieron todo el tiempo merodeando, rondando en las cabezas de espectadores y artistas.

    Precisamente, “El Cordobazo de las mujeres. Memorias”, fue uno de los libros que los organizadores regalaron a periodistas acaso para colaborar en la tarea de dar visibilidad a voces acalladas por la Historia. Este libro, escrito por Bibiana Fulchieri, recupera relatos en primera persona, de veinte mujeres que protagonizaron aquel mayo de 1969, cuando ganaron las calles, cobijaron a Agustín Tosco, auxiliaron a heridos, participaron de asambleas junto a sus hijos o salieron a buscar a sus maridos torturados o desaparecidos. Algo de ese halo de luchas sociales fundantes y antes, el movimiento de la Reforma Universitaria, siempre desde la Docta, se filtra y hace generar un respeto especial hacia los cordobeses tan impulsores, tan inquietos.

    En esta ocasión, elencos de Italia, España, México, Venezuela, Chile, Brasil, Bolivia, República Dominicana, Corea del Sur, se cruzaron o encontraron, mejor -con sus distintos acentos, estéticas, propuestas- con artistas de Buenos Aires, CABA, Santa Fe, San Juan, Entre Ríos y de la misma Córdoba. La confluencia de esa diversidad, vuelve rica la experiencia de mirar, sentir, reír, pensar  en lo universal pero también lo singular.

    Emociones repartidas

    En los primeros días que La Otra Butaca –revista de artes escénicas que hacemos desde Oro Verde, Entre Ríos- pudo cubrir este mega Festival, asistió a algunas funciones que aún titilan en la memoria, como faros.

    Una de esas obras, cabe distinguir, es “El equilibrista”. Al igual que lo que ocurrió días antes en el Teatro 3 de Febrero de Paraná, la sala mayor del Teatro Real estuvo repleta y al final, todo el mundo aplaudió de pie a un Mauricio Dayub que se vio tan emocionado como su público. Este unipersonal que –hay que advertir, deja con un nudo en la garganta y más aún-, tiene la potencia de la actuación. Además de magia, belleza, humor y destrezas.

    El actor, nacido en Entre Ríos pero desde hace años radicado en Buenos Aires, despliega aquí un sinnúmero de personajes de su entorno familiar mientras busca saber de dónde viene él y lo que es: un tío referee, otro bañista, un padre martillero, una novia o una abuela italiana que abandona su tierra y su familia por mucho tiempo.

    La puesta es un capítulo aparte tal vez. Mil lucesitas de pronto son un firmamento cargado de estrellas o bien, los encendedores de la hinchada de una cancha; otras bombitas de colores son la fiesta familiar mientras que una luz de linterna construye un gracioso momento de indecisión personal: “¿voy, no voy, voy, no voy?” o sirve para iluminar con sombras a aquella novia que se va con otro.

    En esa construcción, emerge el ser equilibrado o el dejar de serlo por un instante, el reconocer los orígenes, las ausencias, las fallas, las pujas con uno mismo. Y eso, emociona.

    En este apartado de las propuestas más conmovedoras se puede agregar “La narradora impura”, protagonizada por Eugenia Cora. Es que esa narradora impura no es una narradora, es una actriz portadora de una convicción: correrse de los mandatos, salirse de la ruta establecida y elegir otros atajos, aunque no solamente. Pues se incluye “Las putas de San Julián” de Osvaldo Bayer, una historia que es mucho más que la antítesis del patriarcado que se instala en el ejército, los soldados, la policía. Son las mujeres lisístratas de la historia argentina que pensaron y actuaron por los otros obreros asesinados.

    La selección de los textos –“Niña mala” de Montserrat Ordoñez Vila, “Caperucita Roja” de James Garner, “Cosecha” de Angélica Gorodischer y “Una se va quedando” de Hebe Uhart- es en sí misma un acierto, una combinación que concentra humor, ternura y crudezas varias. Así, con esas historias Eugenia Cora, conduce a los espectadores por diversos estados. Y los entreactos, esa suerte de intersticio entre uno y otro relato, dejan ver una historia más que comienza y termina con el sonoro motor de un ventiladorcito viejo, una radio y ella, entrenando o cambiándose para salir a escena.

    Esta pieza, llegada de San Marcos Sierra (Córdoba), fue elegida por el jurado de la convocatoria a Teatros Independientes para que aparezca en la grilla de programación (tenían que escoger cinco pero excepcionalmente, por los méritos que encerraba, agregaron una más). Y lo bien que hicieron. Es una obra necesaria, que debería empezar a girar por todo el país.

     

    Litoraleños

    Desde Santa Fe llegó “¿Por qué demoró tanto?”, pieza en la que trabajan Raúl Kreig y María Rosa Pfeiffer, con dirección de Edgardo Dib. Por los bordes de lo metateatral el espectáculo condensa a dos de los personajes de “La gaviota” de Antón Chéjov y la vida de los actores que la representaron tiempo atrás. Una atmósfera densa tiene la obra, un humo espeso que le da profundidad a los personajes-actores, y que se observa como síntesis de ese tiempo transcurrido. La impronta local de los actores, más aún cuando no están en la espesura de personajes como Konstantin y Nina, la singularidad de ser actores de una provincia, le imprime frescura a la puesta. Dib vuelve a apostar a la adaptación de un clásico, dotando al trabajo de modernidad y poesía.

    En tanto “Icaria”, elegida para cerrar este festival, es una propuesta de clown protagonizada por Paula Righelato y dirigida por Nadia Grandón, en la que un atractivo dispositivo escénico creado por Alfredo Godoy Wilson, bien acompaña y sostiene el relato épico y cómico. La madurez que dan los años de escenarios, aparecen en esta payasa paranaense que ofrece matices y gags muy disfrutados por el público. Ahora, asume el desafío de este unipersonal que irá al Nacional a representar a Entre Ríos.

     

    Internacionales

    Dos grupos de actores provenientes de Italia, más precisamente de la zona de Puglia, se dieron cita en esta 12ª edición. Uno de ellos trajo “Yo trato de volar”, trabajo que rinde homenaje al actor y cantautor Doménico Modugno y que encarna el actor ciego Gianfranco Berardi junto a un músico y una música en escena que dotan de ritmo y alegría. Las dotes de Berardi, hay que decirlo, son muchas; no sólo actuó en perfecto castellano –incluyendo chistes sobre la política argentina e italiana y otros códigos muy argentinos-, también hizo gala de un humor que parecía no agotarse así como de una frescura y versatilidad únicas.

    “El código de vuelo” de La Compagnia del sole, de Bari, fue otra posibilidad de asomarse a la escena de otras latitudes. Aquí sobresale la composición de Flavio Albanese, quien desde el personaje de Tommaso Masini –asistente y fiel amigo de Leonardo Da Vinci- cuenta la vida, los intentos, los inventos y secretos del gran genio del Renacimiento. En perfecto italiano y sin traducción alguna, el espectáculo escrito y dirigido por Albanese con la colaboración artística de Marinella Anaclerio, se comprende muy bien y se lo disfruta, por las dotes de este actor que sabe llegar y crear climas disímiles, todos con humor y belleza.

    México en tanto, estuvo bien representado con “Papá está en la Atlántida”, donde Erick Consuelo y Esteban Castellanos (Compañía Los Pinches Chamacos) se lucen contando una historia cruda que se repite a lo largo de toda la frontera con Estados Unidos: la orfandad de los niños cuyos padres viajan en busca de nuevos destinos. Esta obra de Javier Malpica, según confiaron sus actores, también se repite significativamente en otros grupos de teatro.

     

    Estampa de El código de vuelo (Italia), con Da Vinci en la mira. Foto gentileza Mónica Borgogno.

     

     

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