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jueves, octubre 6, 2022
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    Puentes que reflejan la ciudad que habitamos

    Atravesada por cursos de agua y vías férreas, Paraná está repleta de puentes. Su función principal es la de salvar una dificultad que ofrece el terreno, en tanto ayuda a unir lo que la topografía ha separado de manera natural o artificial. El estado poco atractivo a la vista se corresponde con todo lo que en realidad esconden.

     

    REDACCIÓN EL DIARIO

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    Una ciudad es más que una maqueta, por precisa que fuere; vivir en ella, hacerla, deshacerla, extenderla, gobernarla, implica un tipo de complejidad diferente a los desafíos estrictamente técnicos o estructurales que la realidad plantea; conlleva advertir que, si por un lado, lo relevante son las formas de la convivencia que los vecinos se dan, por el otro, los entornos, aquello que nos rodea, ayuda a modelar una especie de forma de ser y estar en el territorio, un sentido de pertenencia localizado y una identidad particular, que no podemos soslayar sencillamente porque es fundante de esas esencias que nos mantienen juntos y nos caracterizan.

    Es que los puentes son, además de soluciones convertidas en modernos pasadizos, el acceso al lugar donde vivimos y, en cierta medida, una forma de representación del espacio (un barrio, un sector) del que provenimos. Pero resulta que, muchas veces, el ingenio y la voluntad humana se concentran en lo que difícilmente se ve (el cálculo y ejecución de los pilotes, las vigas transversales, la loza sobre la que se extenderá el pavimento, las cabeceras) y, curiosamente, no se le presta ninguna atención a aquellos aspectos que interviene en nuestra percepción, lo que tenemos a la vista.

    Dejado en el olvido luce el puente sobre Avenida De las Américas.FOTO: Sergio Ruiz.

    Observados en perspectiva, nuestros puentes parecen hechos de compromiso. Salvan un accidente, sin duda alguna, pero materializan -con la ascética impavidez del hormigón armado- lo que la ciudad en su conjunto piensa de los que viven del otro lado y de quienes lo usan a diario, en numerosas ocasiones durante el día.

    Créase a no, es enormemente transformadora de los entornos, de las prácticas ciudadanas y de las comunidades mismas que una avenida de penetración fría e instrumental, sin ningún atractivo, peligrosa, sea reemplazada por otra de perfil distinguido, en el que reluzca una arboleda mejor pensada, un cantero central cuidado como si fuera el patio del intendente o de los miembros de su gabinete, una vegetación ornamental y de altura que mejore la oxigenación y dé sombra o luz según se precise, piezas escultóricas que ayuden a configurar un paisaje urbano amable, dispuesto para armonizar la convivencia humana (peatones de todas las condiciones, ciclistas, automovilistas, etc.), no sólo el trayecto entre dos puntos.

    No pasa diferente con los puentes, no nos engañemos. Lo curioso es que ingenieros y arquitectos suelan llamarlos “obras de arte”: lo primero podrá defenderse; de lo segundo hay poco y nada. Los intendentes han ido inaugurando estos adefesios urbanos, en medio de una enunciación política cargada de solapada violencia. En efecto, escondida en la poco convincente discursividad institucional, las autoridades desarrollan una forma de decir en público, a la cara, lo que piensan de sus vecinos, en actos donde además los contribuyentes los han aplaudido, de buena fe.

    La pregunta del millón es por qué una ciudad debe podar toda influencia creativa, artística, cuando piensa en proyectos de progreso; en qué manual está escrito que el sentido de la belleza y la gobernanza son incompatibles.

    Aunque naturalizado el entorno de los puentes, todo podría lucir en mejores condiciones. FOTO: Sergio Ruiz

    LA PARTE Y EL TODO. Hay otro asunto valioso. En lugares del mundo donde la parte visible de los puentes y sus cabeceras han sido intervenidas de manera exquisita se ha considerado que la obra como tal no es sino en relación a su entorno. Y ahí aparece un segundo problema, en el caso de Paraná. Porque para hacer un viaducto en el que dé gusto permanecer y admirar de cerca (no sólo pasar al trote por temor a ser convertido en víctima, de seres humanos o alimañas) la sociedad debiera mirar un poco más hacia los costados y las profundidades, hacia abajo, allí por donde pasan arroyos fétidos o las vías del tren, convertidos en basurales al paso, depósito de escombro o nido de insectos y de roedores de portentoso desarrollo físico.

    Apena lo que está a la vista (Don Bosco y Lavalleja, Almirante Brown o Churruarín a la misma altura, Zanni y Pastor Marconi, Avenida de las Américas casi Pronunciamiento, Ameghino cerca del Cementerio, Sánchez -que se convierte en Paraguay luego de pasar Diamante y bordear el barrio 33 Orientales- o la continuación de Patricio Solanas, detrás del Club Ministerio), pero cuando se mira para los costados, cuando se sale de la burbuja en movimiento que habitamos, inquieta la correspondencia entre lo que en realidad somos como ciudad y la transparencia con que se manifiesta en estos enclaves específicos.

    La localización, la dimensión de los puentes, no incide en la atención que se asigna al aspecto de la obra. FOTO: Sergio Ruiz.

     

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