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jueves, octubre 6, 2022
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    En la ciudad de los pretextos los semáforos no se sincronizan

    Enclavada en un espacio geográfico magnífico, la ciudad de Paraná se ha ido alimentando con un imaginario conformista dentro del cual, sintéticamente, siempre parece haber una buena excusa para echar mano si la idea es no hacer lo elemental, lo razonable. Los semáforos sin sincronizar son una de ellas.

     

    Redacción El Diario | [email protected]

     

    Es difícil de explicar cómo se constituye esa telaraña que deviene en laberinto, pero préstese atención a lo que ocurre con el ciclismo urbano: alguien debe haber dicho que por su topografía la capital entrerriana no sirve para andar en bicicleta, salvo en la amesetada área central. Y, pese a la evidencia empírica de antepasados y contemporáneos que no han dejado nunca de pedalear tanto las planicies como las pendientes, la impresión se repite con fingida autoridad hasta que empieza a sonar como una verdad irrefutable.

    No es lo único inexplicable que vamos aceptando por la fuerza de la costumbre. Ahí está, a la vista de todos, el problema de los semáforos descoordinados, con varios capítulos por cierto, algunos de los cuales podemos ir repasando.

    Si bien la primera de estas señales lumínicas de control de tráfico se instaló en 1868, en Londres, muy probablemente recién se hayan vuelto populares desde el momento en que Henry Ford puso a la venta el modelo T, en 1908, y sobre todo desde 1913, cuando empezó a producirlo en serie. Desde entonces, se multiplicaron los modelos, se complejizó su funcionamiento y se ampliaron sus prestaciones, con gobiernos centrales inteligentes que incluso pueden modificar la duración de paso según la variación de la densidad automotor que se produzca a determinada hora del día. Pero su función regulatoria del espacio público se ha mantenido, tanto para agilizar la circulación vehicular como para dotar de mayor seguridad a los caminantes.

     

    COMPLICAR LO SENCILLO. Pese a lo obvio (todos somos peatones, pero no todos somos conductores de rodados) Paraná se ha ido convirtiendo en una selva en la que parece sacar ventaja el que porta la mayor amenaza de impacto: cuanto más voluminoso es el automotor (moto, automóvil, camioneta, utilitario, camión, colectivo) más prioridades parece reconocérsele en los cruces. Aunque lo parezca, no es un asunto menor: se trata de una metáfora política sin duda dañina, que afecta el sano principio ciudadano de igualdad ante la ley. Es una llovizna que destila formas de relación que luego se naturalizan.

    Un caso curioso se da en las intersecciones de la breve avenida 25 de Mayo. Efectivamente, cuando se topa con Monte Caseros, 9 de Julio, Belgrano, Illia y Ferré las personas deben cruzar a tientas porque los semáforos realizan el trabajo a sus espaldas. No debe haber muchas situaciones similares en el mundo, no sólo por lo descabellado del asunto sino porque hace más de dos años que no son corregidas estas fallas básicas pese a las frecuentes críticas.

    A favor puede decirse que el acompasamiento de los semáforos de 25 de Mayo-Echagüe efectivamente dinamizó la salida del microcentro. Algo parecido ocurre con Avenida Carbó que, además, es más ancha: en pocos minutos se está en Ramírez, eje fundamental para distribuir el tránsito. Lo que le falta a estas arterias (y a muchas otras, por cierto) es una señalética aérea, que ayude a organizar la circulación carril por carril a partir de indicaciones de destinos mediatos e inmediatos, nombres de calles próximas (para que los conductores no tengan que ir a velocidad imprudente leyendo los cartelitos de las esquinas para ubicarse) e instituciones de referencia (hospitales, reparticiones públicas, clubes, espacios culturales, etc.) lo que permitiría organizar anticipadamente las maniobras.

    MEJOR PENSADO. El semáforo puede ayudar a controlar la velocidad de circulación, que puede ser diferente conforme las características de la vía. Es obvio que, dado los badenes existentes en las esquinas y el propio ancho de la calle, no puede recorrerse Buenos Aires-Pellegrini al mismo paso que Almirante Brown, más allá de que -curiosidades de nuestra querida ciudad- Buenos Aires-Pellegrini no cuenta con semáforos salvo en lugares esporádicos, pese a que cada esquina encierra un riesgo cierto de accidente; y Almirante Brown inexplicablemente no tiene semáforos sincronizados.

    Lo señalado para Buenos Aires-Pellegrini podría aplicar a Italia-Santa Fe, San Juan-9 de Julio, Misiones-Pascual Palma y tantas otras.

    Como sucede con Almirante Brown, tampoco tiene onda verde Alameda de la Federación que, además, siendo de doble sentido, habilita el giro a la izquierda en Tucumán y Santa Fe (de oeste a este) y en Córdoba (de este a oeste).

    Es verdad, son numerosas las arterias en la misma situación. La Avenida Ramírez, sin ir más lejos, que es un compendio de anomalías producto de que no se piensa la arteria como parte de distintos subsistemas, sino que en diferentes momentos se colocan parches que tienden a resolver alguno de los problemas aunque generen otros, a veces de mayor tamaño.

     

     

    La onda verde puede agilizar el tránsito vehicular. Fotos: Sergio Ruiz.

    Los giros a la izquierda ralentizan la circulación por el carril supuestamente de mayor velocidad.

    Los semáforos deben ser parte de un ordenamiento general de los flujos de rodados y de personas.

    En horarios pico, en Monte Caseros avanza tan rápidamente un vehículo como un peatón a paso normal.

     

     

     

     

     

     

     

     

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