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jueves, octubre 6, 2022
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    Le petit pisant, la placita de las fantasías robadas

    Sin Le petit pisant, con la locomotora Pastora literalmente destruida, desvencijada, con juegos de distintas generaciones no siempre en óptimas condiciones, la rotonda con la que termina la costanera baja, antes de remontar Los Vascos o tomar por Estrada hacia Puerto Viejo, el Parque Varisco o Bajada Grande, ofrece la postal típica del abandono.

     

    REDACCIÓN EL DIARIO / [email protected]

     

    Notablemente desteñida está la rotonda erigida en el extremo oeste de la costanera. Es como si, en una pesadilla, el río hubiera cubierto la zona por largo tiempo y, al retirarse, hubiera dejado un paraje que guarda ciertas referencias de épocas gloriosas pero que ha sido lamido, lenta, pertinazmente, por el oleaje corrosivo del descuido.

    El espacio, sin embargo, es ocupado febrilmente por distintos colectivos de personas: es zona de pasaje para runners o caminantes, enclave de diversión, entretenimiento y desgaste de energías para niños de todas las edades y también rincón para matear o conversar, con el Paraná cerca y, cruzando la peligrosa calle, ese entorno vegetal que le da un perfil especial a las barrancas del Parque.

    En una ciudad que parece tolerar con naturalidad la desaparición -definitiva o temporal- de obras de arte públicas (los leones alados en el Parque, la Venus saliendo del baño o la Sirenita, en la plaza Alberdi) puede sonar a exceso que se reclame la reposición de Le petit pisant, una fuente de agua cuyo eje articulador era la graciosa escultura de un gurisito que orinaba, junto a un pavo o pato, según quien rememore. Se trata de un vacío insólito, que podría llenarse mediante un concurso de artistas, que incluso le puedan dar otro carácter a la composición. Sin dudas, una fuente le daría el status que hoy no tiene este sector, tan visitado por turistas, dicho sea de paso. Pero nuestras autoridades (productos indudables de la cultura local porque ninguna potencia extranjera ha ocupado el territorio al menos desde que se tenga memoria) tienen otras prioridades, por caso bachear unas cuadras más, como parte de esas labores que son encaradas con tanta eficacia que deben ser reeditadas en un par de meses.

     

    DESTROZADA

    Ahora, si no fuera posible reponer Le petit pisant, podría al menos repararse la locomotora Pastora que, rota, oxidada, semihundida, sigue ejerciendo un fuerte atractivo infantil. Vaya a saber qué motor interior les enciende a esos locos bajitos el deseo de treparla, por cualquiera de los lados, estableciendo senderos hacia la aventura a través de unas plataformas metálicas que rodean la máquina por el sur y el oeste, en distintos niveles, vinculadas por escaleras que parecen hechas para resbalarse. Barandas rotas, chapones sueltos, los restos de la locomotora a vapor N° 5 del Ferrocarril General Urquiza: nada frena a los gurises. Cuando se cansen, tendrán a disposición el área de juegos donde conviven las generaciones del metal, la madera y el plástico reciclado, como una improvisada galería en un museo de la diversión infantil. Pueden empezar por los que lucen coloridos y seguros e ir bajando en el nivel de exigencias, incluso encontrándole la vuelta a los rotos.

    Los areneros están desbordados y los bancos de cemento del sector central complementan a los de varillas de madera de los márgenes, aunque varios están dañados. Los basureros, para la didáctica separación de residuos orgánicos e inorgánicos, no tienen bolsas.

    Mirado el conjunto desde cierta perspectiva, hay elementos amontonados y sectores libres que, acaso, podrían integrarse de otra manera. Con la vegetación ocurre algo similar: no se advierte con claridad el criterio con que las especies y los ejemplares han sido dispuestos. Por cierto, hay mucho por hacer si la idea es asignarle una personalidad a la población de árboles y arbustos. De hecho, algunos de ellos pugnan por visibilidad con el busto de Miguel Laurencena, erigido en un entorno tan anodino que difícilmente alguien pueda advertir que se le está rindiendo honores a un personaje de su estatura cívico y política.

     

    Sin los niños que le dan vida los fines de semana se puede advertir mejor las falencias, imperfecciones y roturas de los juegos. Fotos Sergio Ruiz

     

    CAMBIO DE USOS

    Por cierto, hay senderos interiores en la placita aunque no lleven a todos los destinos posibles ni constituyan un circuito. En algún momento, la vereda perimetral se conformó con ladrillo cerámico molido. Hoy, quedan sólo restos de todo aquello: pueden hallarse piedritas sueltas, en una base de suelo natural que cuando llueve complica la transitabilidad por largos días.

    Ese rojizo inconfundible se abría paso en el verde de la gramilla de un modo esplendoroso. La vereda de la costanera que da al Parque también la lucía, hace demasiado tiempo. Los paseantes de otros tiempos tal vez la recuerden.

     

    En un entorno admirable, para entrenarse los deportistas no cuentan con la infraestructura básica necesaria. Foto Sergio Ruiz

     

    Pero los espacios cambian en función de los usos que las personas le den y, en ese sentido, debe considerarse que de un tiempo a esta parte hay una creciente apropiación de lo público de parte de quienes cuidan su salud, caminando a buen ritmo, bicicleteando, andando en patines, corriendo. Todos ellos necesitan otro tipo de camino, más seguro, más estable, más previsible, que evite accidentes y tropiezos. En fin, se sugiere pensar en estas formas de la apropiación porque la rotonda en cuestión -como la vereda que da al Parque- está integrada a las rutinas de numerosos contingentes de deportistas.

     

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