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domingo, octubre 20, 2019
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    Las perspectivas anticuadas hacen de Paraná una ciudad atrasada

    Cuando se mira a la realidad de Paraná en panorámica surge claro que hay una política del estar juntos que se sigue sin resolver. Una nueva institucionalidad puede materializar estas formas de construcción de los lazos ciudadanos, dentro de áreas metropolitanas múltiples.

     

    Redacción El Diario | coordinacion@eldiario.com.ar

     

    La situación de la capital provincial es sumamente crítica, por donde se la aborde. Producto de la instrumentación de políticas desconcertantes e inconexas, sin plan ni programa de gobierno como expresión integral de un quehacer pero con inusitada soberbia, negándose incluso hasta lo evidente, articulando lo más reprochable de las prácticas sociales, se fue constituyendo una mentalidad con la que se intentó afrontar las temerarias consecuencias de una improvisación con otra de mayor densidad.

    De hecho, la Municipalidad entró en default antes de que nos acostumbráramos a utilizar la castellanizada expresión para referirnos a una serie de medidas desafortunadas para el conjunto, tomadas por Mauricio Macri a nivel nacional. Probablemente el Presidente luzca diferente en afiches y spots, pero hay un tronco conceptual que lo une inexorablemente a Sergio Varisco, mal que les pese a ambos.

    Como el problema siempre está afuera, aún hoy hay mini ensayistas del conchabo que siendo parte del colectivo en el poder intentan explicar cómo fue posible arrasar en tan poco tiempo con cuentas públicas superavitarias, y pulverizar –sin que la ciudad haya cambiado su perfil para mejor– una reserva económica y financiera suficiente para encarar períodos turbulentos.

    Ahora, este grupo de ciudadanos llegó a ser parte del gobierno municipal en buena medida por las formas de relación que adquirió el peronismo y sus aliados hacia 2015, cuando estaba en el poder. De ese colectivo en ebullición, repleto de gestos que no pueden asumirse sino como de ofensa y desconsideración hacia el ocasional adversario, de desconfianza y desaire, emerge la figura de Adán Bahl, electo intendente, revestido de un aura cívico parecido al que lucieron sus antecesores en instancias similares, es decir, antes de asumir.

     

    MATRIZ CULTURAL

    Para empezar a hablar de los problemas de la ciudad de Paraná, pareciera razonable aceptar la persistencia de una cultura dirigencial pueblerina, voluntarista, en la que sujetos sin brillo alguno, comunes y corrientes, creen haber sido tocados por la Historia para comandar un cambio que a poco de andar la propia realidad pone en su lugar. Es tan cierto que estas formas de la ideología atraviesan los puntos cardinales de numerosos partidos y agrupaciones políticas, como que la ciudadanía (al menos aquella que se muestra más interesada en los asuntos públicos) no le pide a nadie que se comporte como un agente excepcional.

    Pero lo más sencillo, lo evidente, a veces es lo más difícil de ver y, en este caso, lo transformador en la gestión que viene no será el paquete de obras ni la actitud hacia los servicios ni la armonización administrativa ni la digitalización de los procesos o de las consultas ni la promoción del orden en todas sus formas imaginables –una especie de categoría-tótem que para el futuro intendente parece explicarlo todo–, sino crear las condiciones para que se discutan los términos del acuerdo de convivencia entre vecinos. Para decirlo ligeramente, Bahl tendrá razón apenas se convenza de que no la tiene, porque ese fundamento es algo que se construye y está afuera, es relacional, se instaura en la sociedad, en el centro y en los barrios, entre nobles y ventajeros, cortoplacistas y estrategas.

    Si Bahl es más tradicional de lo que lo que indican sus defensores y menos vengativo de lo que aseguran sus detractores, si está en condiciones de protagonizar el cambio de escala y de actitud ciudadana que reclama la capital, es parte de una discusión interminable e infructuosa.

    Conviene sí que el actual Vicegobernador sea consciente de que ha prometido una serie de cosas durante la campaña y que en la medida en que no acierte con el método, con las maneras de construcción de las relaciones sociales, estos enunciados empezarán a jugarle en contra.

    La impresión, que vale le pena desmenuzar aunque sea como ejercicio intelectual, es que Paraná ya no necesita un padre obsesivo compulsivo, que constituya los vínculos humanos, políticos, económicos, ciudadanos como si fueran bienes materiales que se pudieran poseer; no precisa de una de esas figuras que cree saber lo que es bueno para los suyos y que, curiosamente, buscan instrumentarlo con fondos públicos, desde el principal despacho del Palacio Municipal, en un juego con características tales que –si los dados ayudan– lo encaramará en lugares claves en una hipotética carrera dirigencial.

    Lo que precisa la ciudad es un intendente, nada más y nada menos: cabeza del gobierno local (no sólo mero pagador de sueldos en tiempo y forma, prestador de servicios o ejecutor de obra pública), que reconozca que la sociedad es un todo diverso y cambiante, que los sectores expresan intereses muchas veces contrapuestos, pero que ese conflicto latente o materializado no puede hacer entrar al conjunto en una zona de parálisis, sino al contrario. Porque lo que es de todos se hace con todos. En fin, menos psicología barata y más política en serio necesita Paraná.

     

    EN EMERGENCIA

    En este sentido, es preciso señalar que el futuro escenario demanda cerrar las etapas de lo pasado. Y, si la idea es arrancar con la declaración de la emergencia, lo que a todas luces parece razonable, también es vital que –por los medios que se considere oportuno– sea reanalizada la conveniencia operativa y el encuadre jurídico de las medidas tomadas al menos en el último período del actual gobierno. No se trata de emprender una caza de brujas, por cierto; seguramente muchas decisiones habrán estado técnicamente justificadas. Pero las que no, dadas las especiales condiciones reinantes, deben ser reconsideradas.

    La legitimidad de Bahl como autoridad de gobierno empezará a modelarse allí y lo acompañará desde entonces, lo quiera o no, lo vea o no, como la mancha de aceite en la solapa del saco.

    Hay que tener en claro que la crisis de la Municipalidad no es una realidad que se agota en ese elemental diagnóstico que contrapone lo presupuestado a lo efectivamente ejecutado. Los problemas fiscales de la Comuna son absorbidos por los ciudadanos, contribuyentes o no, de manera directa o de modo indirecto, a través de la postergación de realizaciones, en un contexto en el que lo se precisa es multimillonario. Y, tal como indican las leyes vigentes, si existiera sospecha de que se hubiera cometido un delito, debe formularse la denuncia correspondiente, sin excepciones ni amparo en cuestiones políticas de ningún tipo. Cualquier revisión y reproche seguramente generará resistencias y críticas, pero así son las cosas.

     

    OTRA ESCALA

    Hacia adelante, el desafío más grande es hallar una institucionalidad que supere la actual situación, que es severa y se manifiesta en las diferencias entre el Ejecutivo y el Concejo, en el abandono de los barrios y del centro, en la grosera descortesía de la Corporación Municipal hacia los vecinos a través de un desaire institucional para con los dirigentes de base y en la falta de interés del municipio capitalino por incorporar actores sociales que ayuden a pensar, proponer, construir y controlar los procesos y los proyectos, como las universidades.

    Pero también debe encontrarse una fórmula que se reconcilie con nociones más modernas de gobierno, en las que ya no se considera a la ciudad como un territorio de límites precisos, sino como un todo en relación activa con entornos diversos, lo que en los hechos representa eso que llamamos área metropolitana. La toma y provisión de agua potable, el transporte de pasajeros multimodal, la producción, gestión, tratamiento y disposición final de los residuos, la seguridad de todo tipo, la planificación urbana, la integración de propuestas turísticas, la conformación de circuitos culturales más amplios, la interrelación con espacios de formación académica pero también la necesidad de anudar estrategias comunes como la producción cercana de alimentos, las políticas de saneamientos de arroyos y de producción de energías menos nocivas, como parte de un largo etcétera, dependen de una institucionalidad que hoy no existe. Porque gobernar ya no es un problema solamente jurisdiccional, salvo en la convicción pueblerina.

    A paso lento o al trote, estos son caminos que vienen desarrollando distintas ciudades que han alcanzado la dimensión y la complejidad de Paraná, como epicentro de un área que puede alcanzar a San Benito, Oro Verde, Colonia Avellaneda o Sauce Montrull; de una microrregión que incluya a las colonias alemanas con Valle María a la cabeza, Libertador San Martín, Crespo, Ramírez, María Grande, Viale y Cerrito, por citar algunas; de una región como la de la costa del Paraná, desde La Paz hasta Victoria; pero también hacia Santa Fe, a través del Túnel Subfluvial que, dicho sea de paso, algún día podría dar también un salto de calidad, dejar de dedicarse sólo a amarrocar los ingresos por peaje y ayudar a financiar espacios de discusión y planificación del desarrollo interprovincial, al estilo –aunque a otra escala– de lo que hace la Cafesg en algunos departamentos de la provincia.

     

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