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sábado, julio 11, 2020
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    Un recodo relegado en el corazón del Parque

    La Bajada Los Vascos, junto a las calles Periodista y Docente Guillermo Yiyi Alfieri, Melvin Jones, la última cuadra de Alameda de la Federación y Enrique Berduc conforman un área que la ciudad no atiende debidamente pese a que es uno de los puntos obligados para todo visitante.

     

    REDACCION EL DIARIO / [email protected]

     

    Desde la rotonda en la que está erigida la Danza de la Flecha hacia el oeste, se despliega una zona del Parque muy visitada por turistas e intensamente recorrida por residentes, no importa cómo se trasladen. Si Alameda de la Federación es en general una avenida de intenso tráfico, que sufre la falta de sincronización de sus semáforos y que contrapone la florida arboleda y los vistosos frentes a una estructura vial que no tiene nada de singular, en su extremo oeste, la arteria es doble mano por cierto, pero los carriles presentan un generoso ancho y un cantero central -siempre primaveral- que le da señorío. Es una cuadra nada más, es cierto, pero todo luce encantador a la vista. Lo penoso en todo caso es que el resto de Alameda de la Federación no pueda mantener la misma configuración, hasta el encuentro con la plaza Alvear.

    Aproximándonos del río, otra rotonda corona ese tramo corto, en la que se levanta el Monumento a Urquiza. Desde ese punto en el mapa, al norte, hay un solar arbolado, con algunos bancos insuficientes, especial para paseantes, conversadores y materos. Al sur, una calesita y una plaza, espacialmente desorganizada, desaprovechada, que los gurises disfrutan pese a todo. El tránsito es menos agitado, más de barrio residencial, tal vez porque el entorno invita a bajar un cambio.

    Más allá del monumento a Urquiza se despliega un balcón con enormes macetas españolas. Desde allí es posible asomarse a una postal particular del río, con el Puerto Viejo como primera escala.

    Al pie de ese mirador se puede disfrutar también de una pequeña fuente con cascada, que va siguiendo los desniveles propios de un sistema de terrazas, hacia la costanera media. Sobre esa obra modesta del ingenio hidráulico -más allá de que luce perfectamente seca-, confluyen dos escaleras laterales, que van zigzagueando en cumplimiento de su descendente propósito. Recién cuando son recorridas se advierte el estado calamitoso en el que se encuentran. Un bochorno que se repite a cada paso y que evidentemente no ven los funcionarios públicos cuando pasan en sus oficiales autos.

     

    UNA “L”

    Regresados al punto de arranque, si se toma por Enrique Berduc, se accede a la histórica Bajada Los Vascos. Berduc, en su sintética extensión, tiene las mismas características que Alameda de la Federación entre las rotondas de La Danza de la Flecha y el Monumento a Urquiza, con la que forma una “L” armoniosamente integrada: amplio y colorido cantero central y altas tipas, constituyen un perfil difícil de pasar por alto. En la vereda este de Enrique Berduc, está la plaza con su calesita y, como abrazándolas, la Escuela Pueyrredón, la Iglesia del Carmen y una de las sedes del Club Estudiantes. Decir que del lado oeste de Enrique Berduc hay una vereda es una exageración: son cien metros de suelo natural, con pronunciados desniveles, atravesados cada tanto por las raíces de la altiva vegetación, arrasados por la fuerza del agua de lluvia cuando se acumula y busca los lugares más bajos.

    Desde una construcción que fuera parada de colectivos para el descanso de choferes, más cerca de la entrada al Pancho Ramírez que del Monumento a Urquiza, mira el destartalado espectáculo la sede de la vecinal.

    Detrás suyo se extiende lo que fuera la confitería Dhanes, devenida en un Centro Cultural que no sólo no reúne las condiciones mínimas para que sea disfrutado por público numeroso y diverso, sino que además al transeúnte se le presenta como un justo representante de todo aquello con lo que conviene guardar distancia. Ser nombrada en un edificio que desde afuera parece un galpón en desuso es un extraño honor para una luminosa referente de la cultura de la ciudad como Gloria Montoya, estudiosa, artista plástica, docente generosa, inspiradora de tantas trayectorias.

     

    CAMINO BOMBARDEADO

    Si se sigue el itinerario, a mitad de la empedrada Bajada, con sus distinguidas farolas, se accede a un camino singular, por dos vías: Melvin Jones y Periodista y docente Guillermo Yiyi Alfieri, justo frente a Los Vascos 875, la casa donde residió hasta su fallecimiento.

    La costanera media, allí, en ese sector del Parque, es una medialuna desde donde el paisaje ribereño es siempre distinto, un espacio dominado por la naturaleza, un área de sombra y tranquilidad, un descanso dominado por el canto de las aves. Pese a que el pavimento es, en realidad, un festival de baches, pozos y grietas, personas de distintas edad y condición la recorren a pie, al trote, en bicicleta, en autos y en motos y pasan por debajo el otrora glorioso Puente de los suspiros como alguna vez lo hizo el tranvía que quedó vivo en la postal de época.

    El Puente de los Suspiros es una referencia en este sector del Parque. Foto Sergio Ruiz

    Esa construcción, la del Puente de los Suspiros, imponente, conecta por lo alto dos sectores arbolados, pero ambas cabeceras son de suelo natural, lo que provoca una serie de dificultades imaginables.

    Esa calle del Puente de los Suspiros (Melvin Jones) sale a una altura tal que permite tanto tomar la rotonda de la Danza de la Flecha (con el lujoso hotel como erguido centinela) como doblar a la izquierda hasta dejarse llevar por la Cuesta de Izaguirre hacia el río.

    Como se ve, este circuito tiene un potente atractivo visual en medio de un entorno agreste, rico en historias, pero luce abandonado a su suerte, a metros del distinguido El Rosedal, lo que no deja de configurar un símbolo del presente.

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