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Pompeyo Audivert: “El objetivo político del teatro es discutirle a la realidad ser una ficción”

El actor y director teatral Pompeyo Audivert aseguró que sigue “fascinado con las formas históricas de la teatralidad rioplatense” y con “la naturaleza metafísica del hecho teatral”.

 

Actor, director, dramaturgo y docente  -dirige desde 1990 el Teatro Estudio El Cuervo- Pompeyo Audivert, escribió, protagoniza y dirige junto a Andrés Mangone “Trastorno”, obra que estrenó ayer y con la cual cierra su trilogía sobre autores rioplatenses abierta con “Muñeca”, de Armando Discépolo, y “La farsa de los ausentes”, sobre textos de Roberto Arlt.

Basada en “El pasado” de Florencio Sánchez, que dirigió en la década de 90, Audivert vuelve a esta obra con una adaptación libre y que se podrá ver viernes y sábados a las 20 en el Centro Cultural de la Cooperación –en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires-, donde exhibirá una superficial línea melodramática que enmarca un problema en relación con la identidad, en una radiografía estallada de la oligarquía argentina, que a la vez es “espejo astillado” de ciertas identidades nacionales que se repiten a lo largo del tiempo, aunque con distintas máscaras.

“Cuando hice ‘El pasado’, lo hice como un ejercicio de estilo porque estaba -y sigo estando- fascinado con esas formas históricas de la teatralidad rioplatense”, asegura Audivert, antes del estreno de su nuevo trabajo.

Respecto al lenguaje de ese teatro rioplatense histórico que lo fascina, destaca que “lo que me interesa de ahí es el grotesco, el concepto de una actuación desmesurada hacia afuera y hacia adentro, personajes que exceden el referente sobre el que montan su coartada existencial porque en ellos laten entidades humanas antes que identidades psíquicas. Seres dominados por pasiones que los vuelven extraños muñecos deformes que no pueden sostener las presiones que los habitan y que deben tramitarlas en una estructura ficcional que bajo ciertos acontecimientos los desbordan y los hacen entrar en su zona trágica”.

El artista – que nació en Buenos Aires el 10 de agosto de 1959- fundamenta su interés en el hecho que el grotesco, el sainete y el circo criollo que fundan nuestra identidad teatral “no trabajan sobre identidades psicológicas históricas, me gusta que no intentan ser la reproducción tal cual de la vida, sino que sus personajes están trastornados y como sobreintensificados por la carga y por la dimensión de la carga que los habita”.

 

PASADO Y PRESENTE

A pesar de la perspectiva histórica, la obra  de Audivert habla sin dudas del presente. “Por más que toma distancia porque se plantea como una obra de otra época, habla de ahora. A mí me gusta hablar de ahora pero desde otra perspectiva: siempre utilizo alguna suerte de caballo de Troya que disfraza una referencia directa al presente. No me gusta el teatro ideológico ni el teatro político, siento que lo político en el teatro no es aquello que se juega en términos del enunciado ideológico sino en la forma de producción del hecho teatral”.

En este punto, el actor y dramaturgo considera que “si el teatro en su forma de hacerse alcanza una valencia poética y metafísica logra su objetivo político, que es discutirle a la realidad ser una ficción. El teatro debe denunciar al frente histórico, debe denunciar que el frente histórico es ficcional y para hacerlo debe ser más real que el frente histórico. La obra debe erigirse como un acontecimiento orgánico, verdadero, curioso, roto, discontinuo y a la vez vívido y de esa forma discutir realidad con la misma realidad histórica en la que hace su jugada”.

Con este enfoque, para el directori, el teatro “es de naturaleza metafísica, el hecho de unos cuerpos actuando ser otros produce de por sí una inquietud de esa naturaleza. La actuación roza la identidad de estructura, una identidad sagrada que está más allá de la identidad personal, de clase o histórica y que se manifiesta cuando se suspenden el yo y la presencia histórica. Para mí, el teatro habla de nuestra permanencia en la otredad a lo largo del tiempo. Cuando se actúa bien uno siente que es más que nunca uno pero fuera de uno y lo que estamos haciendo con esta obra es hablar del trastorno que significa querer abroquelarse en una identidad de clase, o moral, cuyo efecto es un yo que termina siendo un parásito que desvirtúa la potencia de la estructura identitaria sagrada a la que apunta el teatro”.