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Ambrosetti, la de las pilchas diversas

En la ciudad -como en la vida-, hay calles que nacen planificadas y otras que se van haciendo en el territorio, en sucesivas etapas, como quien no quiera la cosa. A este segundo grupo pertenece, sin dudas, Ambrosetti: una avenida olvidada.

 

REDACCIÓN EL DIARIO / coordinacion@eldiario.com.ar

 

Ambrosetti es una arteria de doble sentido que a ciertas horas parece suficientemente ancha y que en otras luce extremadamente angosta, peligrosa, desaprovechada. Es paralela a Antonio Crespo, que desde Soler hacia el este se transforma en la Avenida Uranga, por donde se llega a la Avenida de Circunvalación y más allá al Acceso norte.

Une Avenida Ramírez, que a esa altura luce un distinguido palmar en línea a lo largo del cantero central, y Blas Parera que en alguna época supo tener como destino prácticamente único al Camping de La Toma, pero que ahora está repleto de construcciones residenciales y lotes de monte nativo que pronto serán un recuerdo más, porque la urbanización es incesante.

Al recorrerla se puede intuir las laberínticas estrategias de ocupación del espacio que dieron sustento a Paraná. Ambrosetti tiene, efectivamente, almas diversas, dinámicas para las cuales deben usarse diferentes pilchas. En los comienzos es proletaria, con el barrio Villa Almendral como estandarte y el Club Ministerio como referencia inevitable; en cercanías al acceso del Túnel asume un carácter deportivo-recreativo: El Plumín y El Plumazo del CAE, el Estadio de Sóftbol (cuna de campeones del mundo), el Camping Pucará y la cancha de golf. Desde Rondeau, luego del hospital de Salud Mental, vuelve a ser residencial, acaso con edificaciones que tienen otra configuración espacial y terminación: si en el oeste en las construcciones pareciera dominar el cuentapropismo; en el este es más clara la presencia profesional.

 

VARIOPINTA

Es, a la vez, avenida urbana con un tráfico vehicular intenso (en cuatro o dos ruedas) que evita cuellos de botella en busca del centro a través de Ramírez o la Costanera o que lleva y trae deportistas; paso de camiones con disímil número de ejes; recorrido de una línea de colectivos; y, también, parte de un circuito recreativo y de entrenamiento para ciclistas, caminantes y runners.

Las veredas, en vastos tramos, constituyen un fuerte déficit, que multiplica los riesgos porque empuja a peatones a transitar por la cinta asfáltica que, dicho sea de paso, de manera predominante, no tiene cordón cuneta ni banquina pavimentada. Es más, el asfalto como tal está descalzado de la banquina de suelo natural, las que a su vez están atravesadas de huellones, de manera transversal o inclinada, producidas acaso por el agua de lluvia cuando busca las partes más bajas.

El ancho de la carpeta es tal que si un auto se estaciona sobre alguno de los lados, quien venga en ese mismo sentido tendrá que internarse en el carril opuesto: así, mirado en perspectiva, a ciertas horas del día, circular por Ambrosetti es zigzaguear y eventualmente frenar sobre la avenida a la espera de paso libre; si se es peatón, mirar para cado lado, calcular velocidades pero también intuir intenciones y estados de ánimo de los conductores; y, en todos los casos, rogar para que todos los planetas orbiten sin colisionar.

No se reportan, por suerte, incidentes viales en la proporción en que se sobrellevan situaciones peligrosas, permanentemente.

Por otro lado, pedalear o caminar supone una experiencia placentera, rodeado de naturaleza agreste y urbana a la vez. Es una pena que el sector no ofrezca las condiciones de seguridad mínimas para, por ejemplo, unir el camping de La Toma y el Thompson.

Caminar por Ambrosetti es un serio riesgo para los peatones.

 

ALTO RIESGO

Específicamente, hay tres nodos de suma peligrosidad. El primero está en Ramírez y Ambrosetti; el segundo entre el Estadio de Sóftbol y El Plumazo (donde además está el ingreso al hotel Posta del Sol); el tercero, en Ambrosetti y Blas Parera. Lo que sucede allí es propio de las intersecciones de calles de doble mano, sin señalización adecuada (horizontal ni vertical) ni ordenadores, como los semáforos (especialmente en Ramírez y Blas Parera): giros a la izquierda y detenciones sobre la cinta asfáltica a la espera de paso, con las consecuentes esquivadas de los que van arribando a estos grumos de la circulación.

Entre el Club Ministerio y el acceso al Túnel hay un amplio sector, cuya propiedad aparentemente ejerce la Municipalidad. El actual intendente tuvo la desdichada idea de hacer allí la futura Terminal de Ómnibus; por suerte la propuesta no prosperó. Esa área parece mejor indicada para asignarle un uso recreativo (parque con juegos, circuito aeróbico no profesional, espacio para matear) y deportivo (tal vez completando la infraestructura que la ciudad demanda y que el Parque Berduc no puede ofrecer).

El espacio está literalmente abandonado. A este baldío, inmenso, lo atraviesa una calle, entre Uranga y Félix de Azara, que nace en Soler casi sin proponérselo y que se corta al tránsito aproximadamente a la altura del Club Ministerio, conforme una decisión que se tomó en cierto momento porque los vecinos tomaban por allí para tirar basura en cantidades siderales, afeando uno de los ingresos a la ciudad.

Aunque invisibilizada, la traza de esa calle existe y, sobre el arroyo Las Viejas, se convierte en un puente que no tendrá una apreciable distinción si se lo compara con alguno de los que caracterizan a las grandes ciudades del mundo, pero que le da un toque particular al predio. Esa arteria, de suelo natural, sale a Ambrosetti y parece ser la natural continuación de lo que hacia el norte es Patricio Solanas, la vía pavimentada que lleva, por ejemplo, al Complejo del Túnel, la cancha de sóftbol del Club Patronato y el Club Náutico.