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Un plan B para el teatro y también para la vida

Con un espectáculo que es una fiesta teatral, titulado “Plan B o la reconstrucción del artefacto”, Del Bardo festeja veinte años de búsquedas y de encuentros. La puesta tiene puntos altos, explora el multilenguaje, da cuenta de una dramaturgia inquieta, entretiene y hace reflexionar.

 

Víctor Fleitas | coordinacion@eldiario.com.ar

 

Para producir un apropiado distanciamiento del tipo de festejo tradicional que se produce cuando un grupo de teatro cualquiera cumple nada más y nada menos que 20 años de vigencia, Del Bardo puso en escena “Plan B o la deconstrucción del artefacto”.

La historia propone que el espectador se asome a una situación desafortunada (a punto de salir a escena un elenco se entera de que no cuenta con los derechos de la obra que ha estado ensayando) y, de la mano de la forma en que el accidente se afronta, sobrevienen interesantes debates y reflexiones respecto de la teatralidad, en el sentido del conjunto de signos y de recursos que permiten construir verosimilitud. También se ponen en discusión los sentidos de la profesión que es como decir la razón del arte mismo; y se filtran referencias a la gestión de los egos que se manifiesta en asuntos simbólicos como la distribución de roles o en materias constantes y sonantes como la división del dinero.

Lo interesante es que estos asuntos, que tienen una densidad notoria y que se reparten –por estantes– una vasta producción bibliográfica, son abordados como al pasar, como quien no quiera la cosa, en medio de situaciones en las que los subequipos que integran este elenco numeroso (diez personas en escena) se alternan en el protagonismo de la acción teatral, una veces con predominio de lo coreográfico, luego soportándose en la dramática palabra actuada, más tarde en el canto y la música en vivo, que por cierto le da a la puesta un relieve cautivante.

 

LAZOS

Estas pastillas de empatía –de las que el público disfruta tanto– se filtran cíclicamente en medio del sintetizado relato de “El alma buena de Szechwan”, la obra de Bertoldt Brecht. En el guión original, el autor alemán nos propone involucrarnos con el modo en que funciona esa sociedad que opera sobre las tablas. La protagonista es una popular prostituta, fuerte y abnegada, totalmente crédula, hasta inocente –pese a las evidencias sobre el lugar que los otros le asignan–, que debe resolver una circunstancia que afecta a todos. El planteo poético de Brecht es tan potente y lúcido, tan bien armado, que desde cada platea pueden tenderse los puentes metafóricos que se consideren oportunos, ya se trate de visiones estrictamente psicológicas o de perspectivas más colectivas, políticas.

El caso es que esa mujer, su ingenio, su valor, su inteligencia, su sentido de la solidaridad, su capacidad de organización, es la llave que libera la resolución del conflicto. En la dramaturgia (de Valeria Folini), esa historia y la del grupo que busca qué hacer se entrecruzan al punto que parecen hablar una de la otra.

Como si se tratara de un ensayo con público, a ese brechtiano nervio organizador los actores y actrices lo intervienen cada tanto con contiendas del orden de lo doméstico donde no faltan cómicos enredos. En efecto, con unas y otras hebras se va conformando la cuerda que une las partes. Así, en el encadenado de cuestiones nucleares con otras más cotidianas, por un lado se siguen las alternativas de una prostituta que tiene con los formales espectadores muchos más puntos de contacto que los que el prejuicio tolera y, por el otro, se ponen en cuestión aspectos éticos, estéticos y políticos propios de la actividad artística, como si la vida fuere un escenario.

Entre medio, se suceden escenas de refinamiento en el dominio de las técnicas teatrales. Se pueden enumerar algunos logros, adjudicables a directores, asistentes y dirigidos. Por ejemplo, la construcción de la galería de personajes está bien lograda, porque cada cual afronta el desafío con el aplomo de quien sabe que la empresa propuesta está dentro de sus posibilidades, lo que deviene en un tipo de convencimiento que complementa la verosimilitud que genera un vestuario y un maquillaje ajustado y un diseño lumínico adecuado.

 

MÉRITOS

La obra es exigente a la hora de bailar, de cantar, de decir un parlamento, de tocar instrumentos, de apropiarse de los objetos escénicos y jugar con ellos, de ocupar con gracia un sector del escenario, de hacer de telón de fondo a una acción. En ese contexto, la plasticidad con que se afronta la gestión de los cuerpos cuando entran en relación franca evidencia una cantidad elogiable de trabajo de coordinación.

Debe añadirse, no obstante, que en “Plan B o la deconstrucción del artefacto” el imperativo físico está al servicio de una idea poética, no de una disposición meramente acrobática, mérito en algunos casos de los responsables de la puesta (Valeria Folini y Walter Arosteguy) y en otros de la coreógrafa, Ana Marina Romero.

En cuanto a la actuación, hay notas altas entre los más experimentados (Juan Kohner, Nadia Grandón, Tovio Velozo) y sobresalientes para Gabriela Trevisani, sobre cuya solvencia y autoridad orbitan los demás grupos de personajes. No obstante, es preciso detenerse para producir una aclaración: no se trata de actuaciones individuales de nota porque se distinguen de las demás, sino de performances que alcanzan vuelo gracias a un contexto general que funciona con evidente precisión y que ayuda a conformar una galaxia expresiva de elevado promedio general. De hecho, hay momentos en que el elenco toca a toda orquesta y ese pandemonio fabuloso es un manjar para el paladar más exigente.

Kohner y Trevisani, en una de las escenas en las que se lucen.

Hay también –cada tanto– algunas proyecciones en lo alto de la escena, que operan como notas al pie mientras los textos van siendo dichos, fundamentalmente en las partes en que la dramaturgia polemiza hacia el interior del campo teatral. Es una buena idea porque en el guión aparecen en varios pasajes referencias a discusiones entre entendidos. Ahora, no suma demasiado si las aserciones o especificaciones que se hacen aparecer en la pantalla no auxilian al extranjero, si no explica el lunfardo disciplinar, si no rompe la referencia doméstica en clave teatrera ni permite entender mejor los términos de la guerra dialéctica en desarrollo.

 

DE BRINDIS

Así las cosas, en sintonía brechtiana, se vendría a producir un triple distanciamiento con “Plan B o la deconstrucción del artefacto”: un distanciamiento político, en tanto la obra llama la atención sobre la eventualidad de que sea la incorporación al sistema lo que nos prostituye, en el sentido de terminar haciendo incluso lo que no deseamos a cambio de un ingreso que nunca nos resulta suficiente; un distanciamiento ético y estético, por cuanto al asomarnos a discusiones propias de los elencos se habilita el debate sobre para qué, cómo y con quiénes hacer teatro; y también un distanciamiento vivencial, en el sentido de que en lugar del vacío ritual del soplado de velas que hacen equilibrio sobre un pastel se sugiere considerar si los motores existenciales de los grupos y las personas no son los conflictos pero fundamentalmente el modo en que se los tramita.

Si bien “Plan B o la deconstrucción del artefacto” no es una obra para eruditos, le seguirán el paso más de cerca los que posean ciertas competencias. Las tramas fragmentadas o los subtemas que quedan en suspenso hasta que sean retomados un rato después, no bloquean la participación del espectador corriente, pero dificultan sí la rápida aprehensión del planteo.

De todos modos, acaso lo más importante sea que a Teatro del Bardo esta puesta le permite dar cuenta de un crecimiento y, a la vez, muestra a corazón abierto eso plural y en permanente mutación que piensa y siente, mientras –día a día, ensayo a ensayo, puesta a puesta– le saca lustre a una pulida experticia que ha ido consolidando con los años y que le permite hacer sufrir y gozar con los personajes y situaciones, hacer pensar, reír a carcajadas, disfrutar de una composición visual construida con corrección técnica, mover la patita con canciones armónicamente ejecutadas y, en definitiva, ir del teatro a la vida y de la vida al teatro en la expectativa de que el péndulo de la historia habilite la irrupción de seres más humanos.

 

Ficha técnica

Actúan: Gabriela Trevisani, Nadia Grandón, Juan Kohner, Andrés Main, Marisa Grassi, Ana Marina Romero, Tovio Velozo, Sebastián Boscarol, Verónica Petean y Pedro Peterson.

Coreografías: Ana Marina Romero

Máscaras: Tovio Velozo

Dirección Musical: Andrés Maín

Vestuario: Laly Mainardi y Sastrería Municipal

Asistente de Dirección: Walter Arosteguy

Dramaturgia y Dirección: Valeria Folini.