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jueves, octubre 6, 2022
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    Carbó, la plaza detrás de la Casa de Gobierno

    La plaza Carbó es la hermanita olvidada del centro cívico y, sin embargo, pese a sus carencias, es un espacio elegido por distintos grupos de ciudadanos, en diferentes horas del día.

     

    REDACCION EL DIARIO / [email protected]

     

    Si el organizador tradicional de las actividades de la plaza Mansilla es el gobierno provincial, la Plaza Carbó, que se despliega a espaldas de la Casa Gris, entre Santa Fe, Alameda de la Federación, Córdoba y Méjico, es un espacio más informal, de apropiación ciudadana, en el que grupos de amigos, parejas, vecinos o contingentes escolares disfrutan tanto de recorrerla (porque también es zona de pasaje múltiple hacia distintos destinos) como de sus bondades naturales y tesoros escultóricos.

     

    El conjunto de esculturas de Fioravanti, uno de los puntos de encuentro.  Foto Gustavo Cabral

     

    Una serie de factores la encaraman como punto de encuentro. Es ante todo un lugar de alta circulación peatonal, aunque también habilita una permanencia más relajada. De hecho, según la hora del día, sirve de atajo en medio de trámites o mandados y de sendero propicio hacia la práctica de deportes en clubes o en el Parque. El contexto hace su parte: téngase en cuenta que la rodean la Biblioteca Provincial, el Archivo General de la Provincia, la Biblioteca de la Legislatura, el tímido Museo de la Casa de Gobierno y la Casa del rectorado de la UNER con su radio, además de voluminosos edificios sobre Santa Fe, Alameda de la Federación y Córdoba, con locales comerciales, bares, oficinas, consultorios y departamentos residenciales.

    El espacio verde como tal tiene su propia personalidad, a la que aportan las altas y añosas tipas, las fuentes en las esquinas noreste y noroeste, el distinguido monumento a Enrique Carbó, obra del notable escultor José Fioravanti, los bancos (desplegados en las veredas exteriores y los senderos interiores) y hasta los canteros elevados de tal modo del nivel del piso, que suelen ser usados para sentarse sobre la gramilla a charlar o matear.

    Sin embargo, hay marcas de un prolongado descuido. Las veredas perimetrales están rotas o descalzadas en distintas partes y por Méjico prácticamente no existen las baldosas. Además, hay una desconexión entre ese entorno de aceras y el corazón de la plaza, que responde a una tradición incluso anterior. Ha desaparecido la granza de ladrillo cerámico que le daba un aspecto destacado a los senderos interiores y, si se la recorre con observador detenimiento, se hallarán desagües pluviales que se interrumpen o están tapados, junto a luminarias rotas que explican la oscuridad nocturna reinante.

    La fuente noroeste llora a chorros su indigencia y a la noreste, que parece completar el triángulo del que también forma parte el monumento a Carbó, se le ha implantado una esfera de agua sin considerar si la pileta debió ser redimensionada para contener el producto de la aspersión.

    Estos objetos (la estatua de Carbó y las fuentes) recuestan la plaza hacia Alameda de la Federación, dueña de un esplendor particular, aunque empiece en un hito (la rotonda de La danza de la flecha) y termine en una bifurcación anémica hacia Buenos Aires o Gardel.

    En el otro extremo de la plaza, Méjico es sombría, como el contrafrente de la Casa de Gobierno. A cada lado, Santa Fe y Córdoba, con características bien distintas, son arterias de tránsito intenso.

    Un grave problema de toda esta zona de la ciudad es el estacionamiento vehicular, a toda hora del día, pero sobre todo por la mañana.

     

    PLANES

     

    La plaza es punto de reunión y de espera, a toda hora. Foto Gustavo Cabral

    En algún momento, se pensó en integrar los desarticulados espacios que constituyen el llamado centro cívico. Aquellos proyectos están a la espera de que mejoren los ciclos económicos, porque demandan inversiones y apuestas de una consideración no opta para períodos en que las prioridades pasan por cómo afrontar hasta lo más elemental.

    Aquel programa incluía la ampliación del edificio de Tribunales (hacia Santa Fe y Córdoba) y el traslado de la Legislatura (los recintos de ambas cámaras y sus áreas administrativas) al corazón de la manzana de Alameda de Federación entre Santa Fe y Córdoba, respetando el frente de todas esas casonas. Con la Legislatura funcionando en otro lugar, la Casa de Gobierno podía recuperar parte de su aspecto original, afectado por múltiples intervenciones en aras de multiplicar oficinas.

    Al conjunto lo completaban las plazas Mansilla y Carbó, remodeladas, remozadas, en cuyo subsuelo se pensó que podían funcionar espacios para el estacionamiento vehicular.

    El plan era mucho más ambicioso que esta semblanza, por cierto; y tendía a resolver un doble problema. Por un lado, solucionar la dispersión de áreas afines con la construcción de edificios ministeriales cuyos espacios encuentren lo que la Casa de Gobierno no puede brindar.

    Y, por el otro, se sacaba de la Casa de Gobierno, que es un monumento histórico, gran parte de un movimiento de personas que lo deteriora, aunque quienes lo usen o transiten tengan extremo cuidado en no dañarlo expresamente.

    En fin, en cualquiera de los escenarios que se fuera a presentar, es de esperar que se respete y jerarquice el carácter de la plaza Carbó, querida por los ciudadanos, aunque olvidada por los gobiernos.

     

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