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lunes, abril 12, 2021
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    Viñeta urbana: Racedo-Ituzaingó, un paseo atado a un designio orillero

    Tanto para los que viven en la zona como para los que simplemente pasan por allí con sus vehículos, la calle Racedo-Ituzaingó y los terrenos del ferrocarril desde la Estación hacia el oeste demandan una atención que hasta ahora no han tenido.

     

    Redacción el diario | [email protected]

     

    Además de nostalgiosos mojones de un proyecto productivo y de movilidad que absurdamente nuestro presente desdeña, las vías suelen operar como fronteras imperceptibles de los desarrollos urbanísticos. No en vano vivir de un lado u otro en cualquier localidad, ya sea una ciudad densamente poblada o una modesta comunidad semirural, es una forma de distinción que se produce al ponderar elementos tales como la característica general de las construcciones y el tipo de servicios con el que se cuenta. Y estos factores, integrados en la percepción corriente, de manera indirecta pueden estar dando cuenta de pertenencias diversas a grupos sociales.

    En el caso del tramo que integra la última cuadra de Racedo (desde Monte Caseros-Avenida Ejército a San Martín) y las primeras cinco de Ituzaingó (desde San Martín a Courreges) aún subsisten claves para entender que en décadas pretéritas fue el borde sur de una zona que se reconocía en la referencia de la Plaza 1 de Mayo y sus edificios circundantes. En efecto, la calle angosta, paralela a la traza ferrovial que es interrumpida cada tanto (Monte Caseros, San Martín, Pellegrini, Italia y Libertad) por pasos a nivel, marcaba una línea imaginaria pero evidente entre aquello que exhibía un perfil urbano consolidado y lo que estaba en camino de configuración.

    Las vías suelen operar como fronteras imperceptibles de los desarrollos urbanísticos. Fotos Sergio Ruiz.

    La construcción del complejo Altos de Ituzaingó, la urbanización formidable que siguió al entubado del Antoñico (con arterias para la rápida salida o acceso al microcentro) y hasta la instalación de un hipermercado le dio al sector un dinamismo notable. Así, la vinculación de vehículos y personas de un lado y el otro de los terrenos del ferrocarril se intensificó de manera exponencial.

    Sin embargo, jamón del sándwich, el Paseo Racedo-Ituzaingó no tuvo la suerte de ser incorporado al mismo vagón. Y quedó en el andén, mirando desorientado hacia un horizonte evanescente. Luce como tantos otros espacios de palpable potencialidad en la ciudad: sin un perfil definido, desintegrado del entorno, vacío de misión, espacialmente desorganizado, detenido en el tiempo, al servicio de una ciudad que no es la actual.

     

    COMUNICACIÓN. Las calles que le ceden la denominación al Paseo están insertas en estas mismas consideraciones. Racedo, que es bulevard en algún tramo, se angosta notablemente entre 9 de Julio y Monte Caseros y, desde allí, hacia el oeste y noroeste, pasa a tener prácticamente un ancho de pasaje. Sin embargo, por allí se llega hasta Larramendi, a través de Romina Iturain, en un cruce próximo al hipermercado del Parque Varisco. Ituzaingó es un camino circunvalar al macrocentro de la ciudad, que abraza además a barriadas de importancia como 33 Orientales, San Agustín y Bajada Grande.

    Hacia el otro lado, si se remonta Racedo desde la estación de trenes, nos toparemos con el recientemente anunciado plan de movilidad urbana: un programa de redimensionamiento de arterias clave (que incluye construcción de desagües pluviales y carriles exclusivos para colectivos), que parte de Newbery y Zanni, sigue por esa neurálgica avenida, cruza Miguel David y O’Higgins, dobla a la izquierda por Provincias Unidas, pasa Garrigó hasta Artigas; luego toma Maciá, detrás del ex Hipódromo, atraviesa Avenida Ramírez (allí pasa a llamarse Racedo) hasta la vieja estación. Si se suma a ese tramo el de Racedo-Ituzaingó, naturalmente redimensionado, podría unirse el sureste con el noroeste, formidable y desaprovechado balcón ribereño.

     

    ESPACIO VERDE. Hoy, el Paseo Racedo-Ituzaingó es un cantero de ancho variable, donde sobreabundan los desniveles, con una vereda central que por momentos desaparece y se convierte en un ‘sendero de hormiguero’ sobre la verde gramilla. Es obvio que los vecinos cuidan la parte que tienen frente a sus propiedades. Eso tiene la ventaja de que, en su recorrido, al lado de parcelas yermas, pueden hallarse árboles, plantas y eventualmente hasta bancos o mesas de cemento, canteros hechos con neumáticos en desuso. La desventaja es que, como expresión de conjunto, el resultado es la falta de identidad, que se profundiza cuando los sectores son aprovechados para cocheras, playas de estacionamiento o, simplemente, para que funcionen puestos de venta fijos, dado que se trata de tierra de nadie.

    Si la margen norte de las vías presenta el problema de la calle angosta, la sur tiene las dificultades propias de los loteos caprichosos de las urbanizaciones de emergencia que con el tiempo quedaron consolidadas. Ituzaingó, que es una calzada de proporciones a la altura del Centro de Salud Ramón Carrillo, en San Agustín, se va angostando cerca de 33 de Orientales, bajo el nombre de Cura Brochero, hasta perderse. Ituzaingó recién renace paralela a las vías a la altura de calle Concordia, pero se interrumpe en el Club Peñarol, casi frente a Vicoer, para protagonizar un prodigio de las tramas viales: una arteria (Ituzaingó-Durán) que da la vuelta a una manzana. Ituzaingó con sentido oeste-este resurge nuevamente frente a los Altos, entre San Martín y Avenida Ejército (Monte Caseros hacia el centro). En fin, hay mucho por hacer por esta zona tanto para los que residen, los que la visiten (recuérdese que en breve se inaugurará un centro cultural) y los que sencillamente toman por allí para ir y venir del centro -evitando las frecuentes congestiones de tránsito-, tanto sea desde el sureste como de la inmensa barriada que se despliega desde el Antoñico al oeste.

    El Club Peñarol aparece en uno de los límites de las transformaciones registradas en ese sector de la ciudad. Foto Sergio Ruiz.

     

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