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jueves, octubre 6, 2022
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    Un austero jardín ribereño merece un salto de calidad

    Bajada Grande, lucero del empalidecido sector oeste, tiene un paseo turístico en el que el río Paraná luce suntuoso, extraordinario. El potencial natural es enorme, pero le falta planificación espacial y una inversión que lo reposicione.

     

    REDACCIÓN EL DIARIO / [email protected]

     

    En la expresión oral de personas que cuentan por décadas su residencia en Bajada Grande conviven, en pliegues, hojaldradas, nostalgiosas evocaciones de un pasado de trabajo y progreso que conocieron personalmente o a través de sus mayores, con la triste comprobación de una realidad cuya punta del iceberg es la referencia al “cementerio de fábricas” que, una a una, cualquier paseante encuentra, tanto sea que ingrese por Larramendi o por Estrada.

    Podemos intentar un somero repaso. Los terrenos que fueran de la Compañía Argentina de Cemento Portland, dedicada a la industrialización de minerales calcáreos, que llegó a ocupar 800 operarios, son ahora un barrio privado y un parque en ciernes; de la Empresa del Ferrocarril Central de Entre Ríos que construyó el puerto para la salida de productos agrícolas, tendió las vías que lo conectaban con la Estación Racedo y prestó el servicio de cargas, asoman cada tanto rebeldes rieles, que se niegan al olvido o durmientes de quebracho ‘reciclados’ en distintas viviendas; y otro tanto ocurre con la ex fábrica de llaves, la de escobas, la de almacenamiento y distribución de combustible al por mayor, las metalúrgicas, la aceitera, los talleres de todo tipo: es como si un tornado despiadado hubiera desmantelado esa escenografía productiva y, en su lugar, dejaron areneras, quioscos, almacenes y desarmaderos.

    Un símbolo de ese destello progresista y un reconocimiento de que la ciudad surgió justo en esa zona, es que a mediados del siglo pasado se decidió instalar allí el monumento a Gregoria Pérez de Denis, una obra de estilo romántico rococó, con basamento y figura de mármol, cuya autoría corresponde al escultor español Torcuato Tasso.

     

    El paseo por la playa y el sonido de las olas golpeando la costa son tesoros sencillos que pueden descubrirse un día cualquiera. Fotos: Sergio Ruiz

     

    PARAÍSO VERDE

    En lo que fuera un complejo ferroportuario, se montó -hace un tiempo ya- el paseo turístico Bajada Grande. En principio, se trató de brindar una infraestructura mínima que acompañara el hecho de que muchos ciudadanos concurrían al viejo muelle a pescar, a caminar en medio de una escena sonora dominada por el canto de los pájaros, a admirar la inmensidad del ancho río -de a ratos marrón y un instante después de plata- o simplemente a disfrutar de una puesta de sol única.

    Ya hace un par de décadas que se construyeron baños y un mirador. Desde ese momento, la apropiación del espacio de parte de vecinos y turistas no ha cesado.

    Los árboles crecieron, el sector de asadores se amplió, el número de asientos y mesas se multiplicó; se extendieron las calles de penetración y se produjo un circuito vial; se instalaron juegos infantiles y funciona una dependencia municipal.

    El predio está limpio, el pasto corto y los baños cuidados pese a la precariedad de las instalaciones. Un detalle curioso, pero portador de sentido, es que los mingitorios no están unidos a la red de agua: la cañería que los vinculaba se estropeó y así quedaron.

     

    MANO PROPIA

    También hay huellas de vandalismo que los trabajadores solucionaron con lo que tuvieron a mano. Se hace notar este pormenor porque es la nota característica del predio, de enorme potencialidad, de extraordinaria belleza natural y, sin embargo, olvidado de los planes de inversión pública más importantes: los sectores para peatones están demarcados a veces por neumáticos semienterrados o por piedras de un tamaño importante, en ambos casos pintados a la cal; la red vial no tiene cordón cuneta y en algunos tramos, está muy poceada o es de suelo natural; los juegos de mesa, los bancos y los pocos quinchos instalados, han sido reubicados allí luego de haber prestado un largo servicio en distintos campings o plazas; muchos asadores están desvencijados; los asientos de cemento para admirar el río son usados por los pescadores como mesadas para manipular la carnada o las piezas obtenidas; los que tiran la línea, el reel o boguerean se quejan de que “hay mucho enganche” cerca de la costa; no hay senderos para caminantes ni circuitos de salud.

     

    SEGURIDAD

    Tampoco hay un destacamento policial ni rondas de uniformados. La iluminación es provista por altas torres; pero no hay luminarias bajas, lo que se justifica en virtud de la presencia de árboles con frondosa copa. A propósito de la flora, dominada por sauces llorones y aromitos, ha crecido tanto que inutilizó al mirador como tal: desde esa terraza no se ve el río, ni el laberinto de islas, sino ramas y troncos de la arboleda circundante.

    No existe un puesto de información al ingreso, por lo que cada visitante debe ir a tientas, si es que no conoce. La señalización es elemental pero no hay referencia alguna al significado que ese sector tuvo y tiene para la ciudad; y tampoco aquellas que promueven buenas prácticas de convivencia y cuidado del entorno.

    Como se ve, el Paseo de Bajada Grande que, sin dudas, enriquecería la oferta ribereña para turistas y residentes, sigue esperando que la ciudad valore la riqueza que encierra.

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