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Un recoleto edén solariego en medio del mundanal ruido

Referencia ineludible para los paseantes que toman algunos de los pasadizos en los que el Parque Urquiza empieza a volverse centro, el Parque Jardín “Elio C. Leyes” es una parcela de larga historia convertida en espacio verde, de recreación urbana, en la intersección de Mitre y José María Torres, que luego pasa a llamarse Buenos Aires.

 

REDACCION EL DIARIO / coordinación@eldiario.com.ar

 

 

Por sus veredas, rotas a tal punto que no sólo perdieron el particular cerámico y el contrapiso, sino incluso parte del suelo natural que les sirve de sustento, circulan en zigzag centenares de residentes y visitantes en busca o de regreso de la costanera alta. Es un pulmón natural también, repleto de árboles de medianos a grandes. Desde la calle, parece ser lo que ha sobrevivido a un palacete, una mansión o una repartición monumental tal como antes eran configuradas, con sus señoriales muros perimetrales y sus rejas distinguidas, únicas, artesanales, un espectáculo digno de ser contemplado en sí mismo.

Por Mitre, a regular distancia, forman una hilera singular portentosas tipas veteranas, que le dan un perfil particular. Por José María Torres, los ejemplares son más jóvenes, ya no responden a un mismo patrón organizador y necesitan urgente poda de formación, tanto que un caminante descuidado puede golpearse la cabeza con alguna rama, en un sector que de noche queda a expensas de una penumbrosa oscuridad.

Para un desprevenido (de los tantos que caminan la ciudad, ausentes de curiosidad), el Parque Jardín “Elio C. Leyes” desde afuera hasta puede pasar por una propiedad privada, que no tiene entrada por Torres por ejemplo sino sólo por Mitre. O, peor aún, tierra de nadie, como quien una mañana cualquiera decide que puede estacionar su vehículo sobre la acera, en una actitud que lo escandalizaría si alguien se atreviera a replicarla frente a su propio domicilio.

 

CONCURRIDO

El Parque Jardín se despereza, sale del letargo por las siestas en otoño o primavera, al atardecer y los fines de semana. El milagro se produce cuando es habitado por familias, grupos de jóvenes, animados diletantes, solitarios lectores y músicos aficionados, parejas que sueñan en voz alta y mamás o papás con hijos generalmente pequeños. Entonces, ese sector reverdece con infantil candor en medido griterío o murmullo de arroyo.

Como otros tantos enclaves en la ciudad, el Parque Jardín “Elio C. Leyes” es una cuña del pasado que se resiste a irse pese a que aquello que fue ha caído en desuso, sobre cuyas ruinas se improvisó un cambio de carácter superficial, cosmético, que no recupera memoria ni proyecta el espacio a futuro. Esos espacios quedan, curiosidad de la cultura paranaense, suspendidos en un tiempo indefinido, envueltos en una paradoja irresoluta: perdió la función original pero tampoco luce clara identidad presente.

 

LO QUE FUE, LO QUE SERÁ

Hasta lo que pudo reconstruirse en base a relatos y averiguaciones de memoriosos y archivistas de la ciudad como Rubén Elio Graf, el periodista Adolfo Golz o la historiadora Griselda de Paoli, antiguamente, allí funcionó una dependencia de Obras Sanitarias de la Nación, que sucesivamente pasó a manos del Estado provincial y la Municipalidad. Funcionó como depósito, por lo que la postal más habitual era la de entrada y salida de vehículos y los caños ordenados en manojos. Había dos chalets, uno para el jefe y otro para visitas ocasionales, y hasta un surtidor de combustible. En fin, un pequeño universo fabril, propio de una empresa prestadora de servicios, vital para la vida de una ciudad.

Hoy, por Mitre, siguen en pie los majestuosos portones y una puerta igualmente valiosa, cerca de la propiedad lindera, que no lleva a ninguna parte. Apenas se ingresa por la entrada este, una simpática construcción de base octogonal da la bienvenida, otrora ocupada por personal encargado de autorizar y registrar el movimiento de camionetas y camiones. Hoy luce pelada: paredes y techos, desvalidos.

Más allá, hay un pequeño galpón, sobre José María Torres, cerrado con candado. E inmediatamente después, dos pesadas rejas, que acaso hayan quedado de cuando se construyó el Centro de Día y Deterioro Cognitivo “Dr. Luis Federico Leloir”.

 

TOPOGRAFÍA

En el predio como tal, hay un amanzanamiento de espacios verdes, que simulan una trama urbana. En el centro geográfico, juegos de otra época, metálicos (un subibaja, un tobogán y hamacas para niños de distintas edades), que habilitarían una especie de viaje retro si no fuera porque, en realidad, se trata de una marca de descuido.

Al costado de cada sendero de hormigón, hay bancos, algunos de cemento y otros, con base de piedras y asientos hechos con rejillas metálicas que el peso venció.

A tono con los juegos, lucen esbeltas farolas moribundas, algunas rotas, inclinándose, otras con los cables saliendo de sus cámaras de inspección, peligrosamente. Las que se dieron por vencidas, fueron tiradas en los extremos del predio y allí quedaron, a la espera de un guiño piadoso que nunca llega.

Todo allí sabe a avejentado, a desatendido: las veredas interiores, los canteros, los juegos infantiles, los bancos, las pesadas rejas apoyadas sobre muros en un lugar que suele llenarse de niños, algunos inexplicables desniveles en el terreno, las farolas que agonizan de pie; el muro perimetral y sus nobles enrejados.

Así como no hay marcas de lo que ese predio fue, lo que le daría otro realce, tampoco hay referencias a Elio C. Leyes, periodista, escritor, formador, educador, salvo las elementales. En fin, hay mucho por hacer por este espacio que, créase o no, goza de amplia estima popular.