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Fraudes para todos los gustos en época de campañas políticas

Llama la atención cómo le cuesta a la dura realidad hacerse lugar en los discursos políticos hacia las PASO. Quienes portan estas fotografías como estandarte no encuentran mucho lugar en la red de medios; y los que la tienen, abstraen e instrumentalizan el mensaje proselitista, como si todo se resolviera en la diferencia de estilos.

 

Redacción El Diario | coordinacion@eldiario.com.ar

 

Hay casos en que acontecimientos modestos nos permiten ver a trasluz de la sociedad más que tantos presumidos análisis. Probablemente no sean frecuentes pero, cuando irrumpen, es conveniente considerarlos.

El protagonista es un tal José Sánchez, oriundo de Nogoyá, que como tantos en la región y el país trabaja de lo que sea con tal de juntar para él y los suyos aquello con lo que pueda acceder al ‘pan nuestro de cada día’. Lo que imaginó fue una historia conmovedora, de esas que aflojan cualquier corazón, incluso el de un capitalista argentino promedio. Suscintamente, el guión planteaba que un changarín había encontrado 500.000 dólares que un inversor olvidó en una plaza; lo buscó, dio con él y le devolvió el dinero; el empresario lo quiso compensar con efectivo y bienes, pero él no aceptó: sólo quería un empleo estable.

El relato circuló, infatigable, por la red de medios, trascendió los límites locales y llegó a Buenos Aires, desde donde le propusieron a Sánchez una serie de atractivosmásproductivospara los medios que para él y su familia.

Para la dimensión mediática, donde la realidad se constituye como tal, el caso era excepcionalmente valioso. Con la mitad de los elementos que acá se presentaban equipos de las más diversas pertinencias profesionales habían sabido estar hasta una semana en cámara o desde estudios generando entretenimiento, discusiones de panel, contenidos multimedia, petit informes y entrevistas a especialistas desde cuyos diagnósticos también polemizaban. Mal que a algunos les pese, el mundo de lo que se presenta como periodístico es, en el algún punto, un reino efímero donde gobierna la verosimilitud, no la veracidad.

No conocemos sus pertinencias lectoras, pero la historia de Sánchez tenía cierta complejidad y riqueza: no se trataba sólo del caso de un hombre pobre, desesperado por estar mejor, con una familia a cuestas y un presente empecinado en ponerle trabas a su sueño, que le ha servido en bandeja el éxito a tantos dramaturgos de telenovela a lo largo de los años. La historia nuestra tenía un nervio dramático también, en tanto y cuanto el planteo incluía un dilema ético: estábamos ante un muchacho sencillo, del interior, que rechazaba por dignidad un guiño del destino (ni siquiera en pesos, en dólares -a casi 41 pesos por unidad-) que cualquier mortal tomaría como la prueba irrefutable de la existencia de Dios. Y, en cambio, se conformaba con un trabajo en blanco.

Lo que no tuvo en cuenta Sánchez es que los organismos dedicados a la investigación judicial y policial harían lo que la red de medios no suele hacer: chequear la información, cotejar los dichos con los hechos, buscar correspondencias e inconsistencias, contradicciones y corroboraciones y, en virtud de ese diagnóstico preliminar, confirmar o descartar hipótesis. Así, fueron surgiendo nodos insustanciales, fragilidades que echaron por tierra el castillo de naipes discursivo que había montado Sánchez, sin que sacara del montaje ni un centavo de ventaja, dicho sea de paso.

Para cuando se vio acorralado y confesó la mentira, la mediósfera ya estaba por servir el banquete audiovisual desde Buenos Aires. Y, ante la evidencia del infortunio, descargó su furia contra el atrevido. Los amos y señores de la estafa disfrazada de entretenimiento no dudaron en hablar de fraude, paradojas de nuestro tiempo. Y así, sin pena ni gloria, el caso fue echado al olvido. Se obvió armar paneles (ese formato insípido que todo lo banaliza, incluyendo la discusión política) donde supuestos especialistas explican que si todo va bien o tremendamente mal los televidentes -ex ciudadanos, en su acotada visión- no tenemos nada que hacer al respecto: salvo seguir mirándolos.

Si bien hubo cobertura mediática del emocionado “reencuentro” de Sánchez y su esposa luego de que hiciera públicolo que pasó con el evaporado dinero y su maletín,no nos pudimos enterar cómo fueron estos últimos días para él, luego de que en la misma radio pidiera perdón por la ocurrencia a su familia, especialmente a sus hijas, y de que los medios porteños se mostraran compungidos, abusados en su buena fe, desilusionados.

Probablemente siga sin trabajo, Sánchez. Ese fue el punto de arranque del asunto, después de todo. Pero la red de medios no puede resolver semejante tema, aunque quisiera: ahora mismo está abocada a buscar nuevas historias humanas, de esas que tienen la capacidad de dejarnos lagrimeando ante la pantalla y nos reconcilian con la idea de que nuestro mundo no está bien y que es preciso cambiarlo, con urgencia.

El caso de José Sánchez podría convertirse en excusa para pensar el lugar de los problemas concretos del ciudadano.

DERROTERO

Cuando las instituciones democráticas volvieron a funcionar, José Sánchez, el changarín de Nogoyá, había cumplido tres años de edad, si los datos que circularon sobre él son reales.

Es un integrante más de las primeras generaciones de argentinos que no conocieron por propia experiencia la última dictadura militar (de cuyo inicio de está cumpliendo un nuevo aniversario). Para tantos como Sánchez, la democracia no es producto de un esfuerzo por recuperarla, a altísimo costo; la democracia para ellos es algo dado: las cosas ya estaban así cuando eran niños, adolescentes y jóvenes, cuando optaron entre estudiar o trabajar, cuando decidieron construir autonomía individual o integrar un proyecto de pareja o familiar, cuando empezaron a calcular cuánto debenahorrar para acceder a lo que sueñan o sencillamente necesitan y también cuando empezaron a notar que el asuntillo de la igualdad de oportunidades es un tema de importancia teórica, discursiva, cada vez menos real.

Ya conocemos el secreto de Sánchez pero, cuál es la ‘mentirita piadosa’ del sistema de representaciones en boga; qué queda si del total sacamos a la legión de los que descreen de la política institucional y partidaria, con fundados argumentos; y a la brigada de persistentes que se suben a la tabla de surf de la función pública para encontrar la ola que los salve.

No es una consulta menor, dado que nos encontramos en medio de un proceso clave que en pocas semanas nos dejará cara a cara ante el ejercicio del sufragio universal, secreto y obligatorio que es la forma que desde 1983 aplicamos paraelegir, confirmar o desplazar autoridades en los poderes Legislativo y Ejecutivo.

Si se mira detenidamente parece claro que la tensión publicidad/militancia ayuda a entender la marcha de las campañas hacia las PASO del 14 de abril y seguramente será así en las generales del 9 de junio. Curiosamente parece regir una relación organizadora inversa, que podríamos enunciar o balbucear del siguiente modo: cuantos más recursos económicos tengan a disposición, en la discursividad de los grupos en pugna aparece menos la composición “problemas sociales graves que devienen en situaciones humanas insoportables”.

Todos los aspirantes a ocupar un puesto -sin excepción-se enfrentan a diario a intolerables postales que insultan el sentido más elemental de justicia: llegan en oleadas desde los barrios al centro, en un contexto en el que la foto de familias completas hurgando en los contenedores ubicados en pitucas arterias no es más que la punta de un iceberg. Alcanza con conversar ‘fuera de registro’ con los precandidatos que visitan los medios de comunicación con ánimo de difundir su propuesta para toparse con relatos que dejan un nudo en la garganta y llenan de lágrimas los ojos de los más sensibles. Pero, extrañamente, en los colectivos donde los “especialistas” en “comunicación” y “marketing político” tienen más influencia (lo que se corresponde directamente con la capacidad de financiar las estrategias publicitarias), los discursos se desarraigan de la realidad y se vuelven etéreos, abstractos.

Se sacan fotos con la gente detrás, claro, respondiendo a la moda; pero, en verdad, parecen menos interesados en la suerte de todos ellos, una vez que cumplen con la misión de hacer de escenografía en una fotografía o video de campaña. Como a José Sánchez y la red de medios, pero entre representados y ciudadanos que intentan representarlos.

La Justicia investiga el caso del maletín con dólares en Nogoyá