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“La dimensión que tuvo ese golpe fue tremenda, nos arruinaron completamente”

A 43 años de la dictadura cívico militar en Argentina, Carlos Boerio revive aquel 24 de marzo de 1976. El ramirense dialogó sobre la represión en las calles, el Mundial del ‘78, la censura, los desaparecidos y su experiencia en Buenos Aires.

 

Por José Prinsich

 

Sentado sobre una butaca en su local comercial de calle Eva Perón, Carlos Boerio se dispuso a charlar con Mirador Entre Ríos. Durante el tiempo que duró la entrevista, el comerciante no atinó a tocarse los bolsillos del pantalón para saber si llevaba consigo el DNI y tampoco se preocupaba si algún Ford Falcon merodeaba por las calles de su querido General Ramírez. De vez en cuando miraba hacia afuera, pero simplemente para inspirarse o recordar ciertos momentos de su juventud.

El hombre de la casa de deportes disfruta poder dialogar sin censura, represión o violencia y es que el 24 de marzo de 1976, con la llegada de la dictadura cívico-militar, lo marcó de lleno. Al denominado “Proceso de Reorganización Nacional” lo palpó de cerca mientras vivía en Buenos Aires, donde tuvo que soportar la desaparición de conocidos, la prohibición de determinada música y lecturas, entre otras cuestiones. “Por suerte, la política resurgió mucho. Pero sigue habiendo pibes de 19 años y hasta de 30 y pico, que no tienen ni la más remota idea y les molesta hablar de estos temas. No seas aburrido te dicen. Desgraciadamente, si no volvés a hablar de esto podés llegar a caer en la misma situación”, sostuvo.

 

UN DÍA MIÉRCOLES

En febrero del ’76, el joven Boerio comenzaba a desempeñarse como ayudante en una empresa de mantenimiento de ascensores, luego de haber finalizado los estudios secundarios. Todos los días su papá lo despertaba para que fuera a trabajar. Desde Haedo, cerca de las seis de la mañana, emprendía rumbo hacia la estación para tomar el tren, que tardaba unos 50 minutos en llegar a destino. Una vez abajo, caminaba unas cuadras para arribar a la empresa. Durante ese recorrido, la Plaza de Mayo de Buenos Aires pasó a formar parte de su cotidianeidad.

El clima de tensión se respiraba desde meses antes del Golpe de Estado, aún estando en democracia el país. “Casildo Herrera, secretario general de la CGT, ya unos días antes, se había ido a Uruguay sabiendo lo que se venía. Muy valiente fue el hombre”, recordó Carlos con cierta ironía. “Resulta que el gobierno de Isabel Perón fue quedando solo, abandonado por todo el arco político porque acá no fue solamente un golpe militar. Fue cívico-militar porque múltiples sectores del poder colaboraron. Fue el final de una época y el comienzo de un plan orquestado no sólo por gente del país sino por potencias extranjeras, es decir, por poderes económicos internacionales que necesitaban un país pisoteado, que no levante cabeza y no sea líder en América Latina”, relató.

Ese miércoles 24 de marzo todo fue diferente. El padre de Carlos lo había despertado con la peor noticia: la junta militar deponía a María Estela Martínez de Perón del gobierno.

Pese a la insistencia paternal para que se quede y que no vaya al trabajo, el adolescente desistió y marchó. Se bajó unas ocho cuadras antes porque todo estaba cortado por los militares.

Cuando llegó a Plaza de Mayo, todavía con el cielo oscuro, la soledad desbordaba por todos lados. Los tanques de guerra y los nidos de ametralladoras inundaban aquel lugar. Con apenas 20 años, el ramirense quiso atravesar el predio para ir a la empresa pero dos soldados, con fusiles automáticos liviano en sus manos, salieron al cruce con tono prepotente: “¿A dónde vas pendejo?”. Él le respondió: “A trabajar o ¿vos me vas a pagar el día de laburo?”. Inmediatamente, sin dar lugar a un respiro, los miembros de las Fuerzas Armadas le pegaron con el FAL en el pecho. Boerio se dio la vuelta y se dirigió hacia la casa de unos amigos, donde vieron las noticias de todo lo que estaba pasando.

“Mientras gritábamos los goles de Argentina y el pueblo festejaba, al mismo tiempo había gente que desaparecía”, señaló Carlos Boerio, ramirense que vivió en Buenos Aires durante la última dictadura militar.

 

OSCURIDAD

A partir de ese día, la rutina de los argentinos cambió radicalmente. Salir con el DNI era tan normal como cepillarse los dientes o darse una ducha. La libreta de identificación tenía que estar siempre en los bolsillos de los pantalones, camisa o en alguna cartera.

Carlos comenzó a dejarse la barba como forma de resistencia. “Para ellos, el que tenía barba era guerrillero. Pero yo no era guerrillero”, explicó, dejando en claro que hasta perdió trabajos por su apariencia.

Los colectivos paraban ante los retenes policiales y los controles se tornaban tediosos para los pasajeros. Dos soldados por la puerta de adelante y otros dos por detrás ingresaban al vehículo con sus armas en brazos. Elegían a unos y dejaban a otros.

A los que seleccionaban, por lo general era por la “cara” y los chequeaban abajo. El comerciante, al tener vello facial, fue interrogado en varias ocasiones. Cuando descendían del móvil, los hacían abrir de piernas pegándoles patadas con los borregos en los tobillos. Les pedían los documentos y los verificaban. A todo esto, el transporte urbano ya no se encontraba en el lugar.

La represión, la violencia y la persecución acechaban las calles porteñas. Mientras caminaba, a paso lento pero firme, escuchaba por detrás el sonido del motor de un auto, que llevaba las luces apagadas. “En ese momento, te subían al auto. Trataba de contar para mantenerme tranquilo. Si salías corriendo te tiraban, seguro”, argumenta ante la aparición, casi silenciosa, de los Ford Falcon verdes. “Te probaban los nervios y era una persecución tan estudiada que los tipos te ponían el auto para ver la reacción que tenías vos. Ni te hablaban porque sabías que adentro había cuatro monos apuntándote”, recordó.

Además, en su recuerdo quedan aquellas noches donde cenaba con sus padres y el sonido que más se destacada, todos los días, eran los tiros provenientes de las calles.

“Martínez de Hoz fue el cerebro en la Argentina pero tampoco es el idealista del golpe. El golpe está hecho por los famosos monopolios y los capitales extranjeros. En ese momento, Argentina tenía una deuda externa de 7.800 millones de dólares. Con dos o tres años de gobierno democrático y con una buena política económica, Argentina no debía más nada y pasaba a ser un país independiente. Pero nos hicieron mierda. Mucha gente quiere que vuelvan los militares y no llegan a ver lo que pasó. La dimensión que tuvo ese golpe fue tremenda, nos arruinaron completamente”, afirmó el entrerriano.

Entre los desaparecidos, el oriundo de Haedo recordó a Alberto Cortes, compañero de la primaria y que formó parte de la Acción Católica. La última vez que lo cruzó fue en el fondo de un colectivo. “Que no te vean conmigo porque me están siguiendo”, le pronunció aquel día.

 

La historia paralela

En 1978, mientras Mario Alberto Kempes deleitaba a todos con sus goles en el Monumental, afuera se vivía un clima de miedo, de tensión y angustia. Dos versiones de país se vieron reflejadas durante el Mundial de Fútbol. Una festejaba los partidos de la selección dirigida por César Luis Menotti, y la otra lloraba los desaparecidos y los torturados. En ese contexto, desembarcaba la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos. Muchos autos pegaban la calcomanía: “Los argentinos somos derechos y humanos”, una gentileza del gobierno de turno.

“No tenía ánimos de ver los partidos pero gritábamos los goles. No salíamos a festejar”, aclaró Carlos, quien veía los encuentros con sus amigos por la televisión. Si bien su pasión por el fútbol es inconmensurable, hasta el día de hoy, decidió no asistir a ningún partido disputado en Argentina. Durante el primer partido, donde el conjunto nacional venció a Hungría por 2 a 1, el ramirense ingresaba a trabajar en el Instituto Nacional de Tecnología Industrial. “Pusieron mucha guita para que se hiciera el Mundial porque había que tapar todo lo que se estaba haciendo. Mientras gritábamos los goles de Argentina y el pueblo festeja, al mismo tiempo había gente que desaparecía”, concluyó.

 

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Con información de Mirador Entre Ríos.