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Historias que inspiran: Minerva, amor y servicio

Minerva hace más de 18 años que trabajaba de portera doble turno en un colegio. Dos colectivos todas las madrugadas para llegar a la escuela.

 

Colaboración | Carolina Oertel

 

Siempre tuvo el deseo de ser maestra, pero apenas había podido terminar la secundaria en una nocturna. Desde muy pequeña tuvo que trabajar y eso le dificultaba asistir a clases. Pero de alguna manera no resignó su sueño y consiguió trabajo en una escuela. No trabajaría de lo que ella anhelaba pero si estaría cerca de las aulas, de los maestros, y sobre todos de los alumnos.

Recuerda como si fuera hoy su primer día parada en la puerta de la escuela recibiendo a todos esos niños y jóvenes en el ingreso.

“Los miraba a cada uno de ellos para recordar sus rostros y después aprenderme cientos de nombres”, asegura.

 

VOCACIÓN

Tal era la vocación de Minerva que se quedaba después de hora intentando repetir y recordar algunas clases que había podido escuchar al pasar. Tal su amor y su dedicación por los niños que sabía casi todo de ellos. Se daba cuenta si alguno no había comido la noche anterior, y disimuladamente y sin que nadie la viera, mientras ellos estaban en recreo, dejaba un turrón o una manzana en su pupitre.

La niña que se sentía fea, recibía un elogio; el niño que se sentía solo, tenía su compañía; siempre aparecía el útil que alguno le faltaba, el libro que no le pudieron comprar o los apuntes que no habían podido imprimir.

Ella sólo lo comentaba con su familia, y ellos no entendían por qué hacia tantos sacrificios y su compromiso era tan grande.

Ella contestaba:

–Los niños son nuestro futuro, es mi pequeña manera de cambiar las cosas. Son pavadas pero te puedo asegurar que en más de uno va a quedar como recuerdo, que en algún momento de su vida los abrigará un poquito aunque sea.

Dieciocho años trabajando de portera, toda una vida deseando ser maestra.

Hoy, a sus 42 años, parada en el pizarrón con la tiza y una sonrisa enorme ilumina el aula completa.

Cada día a la mañana recibe a sus alumnos en la puerta, les da un apretón de manos y los mira a los ojos. Ella capta en su mirada en su temperatura corporal, si el niño está feliz, débil, cansado, triste o enojado, y no lo descarta lo trabaja y lo transforma.

No pretende bajo ningún aspecto que sus chicos sean todos iguales, lo que busca es potenciar sus habilidades, descubrir quiénes son y qué quieren hacer cuando crezcan.

Historias que inspiran

 

A CADA UNO

En sus dos horas de colectivo estudió los temperamentos humanos, eso le dio el conocimiento que necesita para saber cómo trabajar con el niño inquieto, con el que se distrae, con aquel que es más aletargado o desinteresado o aquel que llora y es muy sensible. Cada uno de sus niños es su desafío personal, ella permanentemente se forma en distintas técnicas para poder llegar a ellos, para no etiquetarlos, para potenciar lo bueno y transformar lo que no lo es tanto.

La lectura es creativa, la matemática es mágica, la historia es maravillosa. Así enseña Minerva, así los niños jamás olvidan lo aprendido. Se sienten comprendidos, amados, observados y respetados en su individualidad.

Ella opina que aún hay mucho por aprender, y transformar en ella misma, que su responsabilidad es enorme, de ella depende en cierta forma el futuro de esas personitas. Para ella no existe el revoltoso, el golpeador, la dramática, la peleadora, ni el mejor alumno es el más callado, para ella son individuos maravillosos, y así les dedica su tiempo, mirando a cada uno de ellos.

Cuánto desearía que existan más Minervas en cada aula, en cada pasillo de escuela, en cada salita de jardín. Menos notitas en el cuaderno de comunicados recalcando errores sin sentido y más escritos destacando sus progresos y buenas acciones.

El resultado sería hacernos tolerantes y abiertos a la diversidad.

Minerva vuelve a su casa cada día feliz y los niños… los niños también.

 

Historias que inspiran: Mujeres