Sociedad

Historias que inspiran: Mujeres

Colaboración | Carolina Oertel

 

Maitén tiene sus cabellos largos y plateados. Un rostro con arrugas y una mirada sabia que transmite el conocimiento que le dio su edad y sus orígenes. Es mapuche y desde hace décadas y generaciones tiene un título. “Soy guardiana de semillas”. Así se presenta. Si tenemos suerte aun la podemos encontrar en la feria de El Bolsón. Tiene más de 20 variedades de lechugas, ¡de todos los colores! Algunas solamente crecen en los bosques y ella sabe dónde. Variedades de tomates, zapallos y exóticas verduras. Semillas reales, sin pesticidas, sin alteraciones genéticas. Semillas que aportan salud y un futuro menos dramático.

Y en su humildad y su inmensa sabiduría dice que es su pequeña manera de hacerle frente a Monsanto.

Ella es una guardiana de semillas, es una protectora de la salud humana.

 

CON EL ARTE

Sussy. Ese fue el nombre con el que ella se bautizó cuando tenía apenas ocho años. Pasó el tiempo, bastante para ser sincera, pasó la salud y las fuerzas y aun así en esa mirada que se pierde pensativa no pasa un día en que recuerde a cada uno de sus alumnos a cada uno de sus actos, los disfraces que bordaba hasta la madrugada para aquellos chicos que los padres por falta de tiempo, de dinero o de lo que sea, no podían hacérselo.

Cuando habla de su trabajo como docente de música sus ojos brillan y se emociona recordando cuando todos sus alumnos atentos y con guardapolvos impecables la miraban esperando la seña que indicaba que el coro debía comenzar a cantar. Siempre cuenta que tenía un solo para de zapatos y dos camisas que todos los días lavaba a mano y les cambiaba un lacito de color. A pesar de que nada le sobraba jamás perdía la elegancia. Era durísimo caminar en la nieve cuatro kilómetros para ir a dar clases, pero ese sacrificio fue retribuido con creces. En su ancianidad, su corazón está lleno de orgullo por todos los agradecimientos y logros que obtuvo de sus alumnos. Sabe que sintieron amor, que despertó en ellos la creatividad, pasión por el arte y que en definitiva contribuyó a que sean mejores personas en su adultez.

 

TENACIDAD

A los 23 meses de gestación de Carolina, su mamá debió ir a la guardia del hospital, porque al hacer una mala fuerza rompió bolsa; el médico de turno la sacó con fórceps causándole lesiones en la cara y en su mano, eso deriva que a los dos días de nacida debió ser intervenida quirúrgicamente para reconstruirle el pómulo y el dorso de su mano derecha, colocándole injertos. Descubrieron que además le habían dañado el nervio óptico, causándole la pérdida del ojo derecho de manera irreversible. Luego de tres meses en incubadora y 12 paros cardio-respiratorios, finalmente siendo un bebe de dos kilos fue dada de alta.

El momento de su nacimiento marcó su historia. Ser hija extramatrimonial y no aceptada por el padre, viviendo en una condición económica precaria sumada a su discapacidad, la llevó con muchísimo esfuerzo y convicción a estudiar abogacía para contribuir desde su lugar a ayudar a las mujeres e inspirarlas.

Ana, desde chica, supo que sería médica; sus abuelos fallecidos le dieron la vocación, ella repetía desde corta edad que salvaría a las personas. Llevó esa convicción hasta cumplirla. Quedó embarazada antes de terminar su carrera, pero continuó. Con su gran panza dormía en la clínica los días que le tocaba guardia. Nada la detuvo; se recibió en tiempo y forma. Brillante, humana, salvó la vida de muchos, incluso la de su segundo hijo. Su fuerza y su deseo de niña los llevó a la realidad, su familia fue bendecida por ella. Sus pacientes la aman, la esperan con regalos llenos de cariño. Ella, humilde, con una sonrisa franca y luminosa y una personalidad tenaz trabaja cada día con amor por aquello que tanto se esforzó. Ana ve aquello que otros no pueden ver, hasta ella misma se sorprende. Pero es un regalo que viene desde otro lugar, del que ella es merecedora aunque lo desconozca.

                  En la víspera del Día Internacional de la Mujer, historias para rendir homenaje.

CON AMOR

Leticia es empleada doméstica; todos los días se levanta muy temprano porque antes de ir a su trabajo cocina unos huesitos de caracú y los guarda en un recipiente. Con la bandejita con carne recién hecha, se va a tomar el colectivo para ir a su trabajo. Camina unas cuantas cuadras, hasta llegar a destino. Sube dos pisos, abre la puerta del domicilio donde trabaja y con mucho cariño le entrega la bandejita a la perrita de sus jefes que dando saltos la recibe. Nadie jamás le pidió que hiciera eso ni tampoco le dieron el dinero para que lo hiciera, simplemente será siempre recordado como un gran gesto de amor.

Alibera es inmigrante, vivió en la Segunda Guerra Mundial, en la pobreza y el terror. Contaba que durante años continuó escuchando el silbido de las bombas en su cabeza. La recuerdan como la mujer que siempre tuvo a sus hijos impecables a pesar de las condiciones extremas en las que vivían, con los neumáticos que se rompían de los vehículos militares, le hacia la suela de los zapatos a sus hijos, les remendaba las prendas y les conseguía comida. Dejó su tierra, dejo su casa y junto su esposo y sus tres hijos llegaron a la Argentina.

Silvia, Marta, Alibera, Paula; Natalia, mujeres de distintos nombres, de distintas clases, de distintas edades, razas, que desde un lugar pequeño, desde un aula, desde la casa, con animales, hijos propios, adoptados o sin ellos, con oraciones, credos, abrazos, cuentos de hadas, una profesión, una comida, lagrimas en los ojos, pañuelos multicolores, buscan dar amor, brindar lo mejor, salvar, proteger y cambiar la raza humana.

Mandalas de mujeres, telares, danzas circulares, ancestros, intuición. Mujeres desconocidas, anónimas, que día a día cambian el mundo.

 

Historias que inspiran: Rubén y Natalia