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Elecciones 2019: orden o consenso, el dilema que sigue explicándolo todo

La palabra “orden” debe estar entre las más utilizadas a la hora de que una variopinta galería de precandidatos exprese propuestas sobre el tipo de gobierno de ciudad que se promueve. No obstante, el término tiene resonancias en la política y la historia que vale la pena repasar con la idea de establecer, desde allí, conexiones con la actual coyuntura.

 

Redacción El Diario | coordinacion@eldiario.com.ar

 

Para referirse a las falencias del tránsito en el microcentro, a la enmarañada circulación vehicular desde el área central a los barrios y viceversa, a la anómala prestación de servicios como el de recolección de residuos, al funcionamiento deficiente de reparticiones municipales, a la conflictiva trama del estacionamiento “medido”, a la inexplicable espera de los usuarios del colectivo o la ocupación indebida del espacio público, precandidatos de toda laya revisan la canasta de nociones que los asisten y recalan recurrentemente en una: el orden. Así expuesto, como comodín, operaría como un tótem que, si se presta atención, lo vendría a resolver todo, completamente, sin duda alguna.

 

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De lo que acaso no sean enteramente conscientes es que, con estos recursos elementales, quienes los portan gritan a los cuatro vientos que son herederos de una tradición política comarcana por la que cada intendente elegido y sus secretarios designados (al menos desde 1983) confunde sus trastornos obsesivo-compulsivos, los transforma en virtud y los llama con ese mágico vocablo de cinco letras, que parece estar hoy día en boca de unos cuantos.

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La expresión tiene otras ramificaciones, incluso más interesantes. Es que para los estudiosos de los fenómenos políticos el deseo por el “orden” es, en buena medida, una pulsión autoritaria construida en la soledad monologal de la autorreferencia que, en el espacio público, empuja a determinados sujetos políticos a pensar que una ciudad, una provincia o un país funciona como una familia tradicional, en la que el que manda se sienta en uno de los extremos de la mesa y desde allí dispone. Y, la verdad, las ciudades no necesitan padres ni madres de esas características ni de ninguna sino líderes y liderados en permanente interacción, en roles que pueden ser intercambiados según la ocasión. En ese colectivo heterogéneo el gobernante es uno más, aunque con funciones institucionales bien definidas: promover los espacios de intercambio, conducir la discusión, transformar las conclusiones en programas y materializarlos.

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En efecto, se suele contraponer el modelo del “orden” al del “consenso”, es decir, al arte (saberes y prácticas) de propiciar, producir y sostener acuerdos que acaso no satisfagan las expectativas individuales o sectoriales (lo que puede incluir al propio intendente o gobernador) pero que renuevan la voluntad de intentarlo si no entre todos, al menos entre la mayoría. Para los que atenten o conspiren gravemente contra las claves de esa convivencia deben existir las normas correctivas y sancionatorias, lo que demuestra claramente que “consenso” no es sinónimo de “caos” ni “laissez faire” sino que es una manifestación de entendimiento en cuanto a propósitos y a cómo alcanzarlos. De hecho, una clave de los procesos sociales es la evaluación, tanto para confirmar como para enmendar: esquemáticamente, si de la tarea de justipreciar las acciones participan pocos, no hay dudas de que el gobierno es de “orden”, es decir, de sesgo autoritario, entre pocos; si la valoración incluye a múltiples sectores y el conductor se muestra abierto a las intervenciones incluso de sus adversarios, el gobierno es de “consenso”.

Que nadie crea que se trata de un dilema residual ni un problema estrictamente académico. Sin ir más lejos, el precandidato que en los sondeos de opinión aparece con mejores posibilidades de convertirse en el próximo intendente de Paraná, Adán Bahl, ha utilizado en sus spots publicitarios la expresión “orden”, en tanto organizador de premisas. Tal vez haya querido indicar que, desde su punto de vista, un gobierno tiene la capacidad de influir en las prácticas ciudadanas, potenciando las nobles y achicando a su mínima expresión las que afectan negativamente la vida en comunidad; acaso piense que la Intendencia, convertida en una autoridad social y administrativamente firme, que no negocia bajo cuerda con ningún privilegio, que aplica la norma (sobre todo el capítulo poco simpático de las sanciones) a todos por igual, sin excepciones, puede resultar un potente inspirador que modifique una forma de relación entre vecinos que, en promedio, podría ser caracterizada como egoísta, individualista, del sálvese quien pueda, en lo que es una marca cultural de notable raigambre en la capital de la provincia que se advierte tanto en los trazos gruesos como en pequeños detalles.

Como el modo en que llamamos a las cosas las constituye y nos define, es válido atender a que en los últimos 36 años todos los gobernantes asumieron para poner “orden” a un estado de cosas que consideraban desmadrado.

El gobernante de la ciudad es uno más, aunque con funciones institucionales bien definidas: promover los espacios de intercambio, conducir la discusión, transformar las conclusiones en programas y materializarlos.

Política e instituciones

Si se revisa la conflictividad social que ha tenido lugar en los últimos años en Paraná, es evidente que hay una política que ha desbordado lo político, es decir, hay formas de tramitar el malestar y la propuesta en lo público, lo colectivo, lo comunitario, lo vecinal que no está siendo contenido por la representación anticuada de las concejalías. Muchos reclamos y demandas se han orientado a través de la Defensoría del Pueblo pero, en los temas claves, sus aportes no han sido tenidos en cuenta por el Ejecutivo. Por otro lado, tanto en la anterior gestión como en esta, las peleas cortesanas entre intendentes y vices no parecen atravesadas por disputas de sentido en cuanto a cómo relacionarse con los ciudadanos. Lo que la realidad devuelve –mal que les pese a sus ocasionales ocupantes– es que el Palacio Municipal es un feudo, de enormes muros restrictivos para el vecino de a pie, con puentes levadizos que se activan oportunamente ante las inquietudes populares, si provienen de dirigencias no afines.

Este es un problema estructural, del que dependen todos los demás. Si no, se recrea la versión instrumental de gobernantes que creen que fueron elegidos para bachear, cortar el pasto, asfaltar, cambiar las baldosas de una plaza, juntar la basura a tiempo y asegurar que el colectivo pase a horario. Es un gobierno de la ciudad: y nada de lo que ocurra en su área de jurisdicción le puede resultar ajeno.

Ahora, cómo hará la administración local para ampliar su sombra si no se alimenta de esa savia ciudadana con otro modelo institucional. He aquí un dilema.

Para la integración comunitaria en la ciudad ya ha habido experiencias, de abajo hacia arriba, que probablemente se multipliquen y fortalezcan si además son inspiradas desde la Intendencia: espacios en los que confluyan las dirigencias sociales (vecinales, deportivas, educativas, religiosas, sanitarias, culturales, ONGs, etc.) de un sector de la ciudad más amplio que la jurisdicción de una vecinal. Reunir a los líderes barriales, escucharlos diagnosticar y proponer, comentarles los programas de gobierno, analizar las mejores maneras de realizarlos es un trabajo mucho más complejo (pero también más rico) que el actual, en el que el Municipio sólo está preocupado en indicar cómo se debe presentar una nota con reclamos y asegurar el cumplimiento de formalidades en las elecciones vecinales.

En otro plano, un espacio político al que se sumen autoridades de las universidades, los sindicatos, los colegios profesionales, el HCD, la asamblea vecinal y las entidades del comercio y empresarias, puede derivar en la conformación de equipos técnicos que abastezcan de iniciativas sustentables al gobierno o ayuden a convertir sus ideas en proyectos. Estas acciones de planificación, cuyo funcionamiento debe contemplar tanto la máxima apertura como el más profundo sentido de la eficacia y operatividad, pondrán a la ciudad en otro escenario, cercano a la búsqueda de consensos integradores y permitirá lograr, de manera colectiva, lo que algunas voces pretenden cuando postulan la palabra “orden”.