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lunes, marzo 20, 2023
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    Transformar lo cotidiano en una aventura diaria

    Los colectiveros ocupan un rol central en la rutina ajena; acompañan a los demás en su día a día, conocen sus responsabilidades y cómo les repercute el paso de los años. Javier Giménez conduce en la línea 22 desde hace un cuarto de siglo y dialogó con Bien! sobre aquellos aspectos que vuelven de su oficio, una andanza constante.

    NATALIA STRACK[email protected]

    Los colectiveros están presentes los días de lluvia, las distintas estaciones del año y los feriados. Tienen un trabajo que, para muchos, puede asemejarse a lo monótono y viven en primera persona el caos de la calle diariamente. 

    Javier Giménez se caracteriza por una cualidad fundamental en el trabajo que realiza: mantiene la calma. Atravesar cada día el centro de la capital entrerriana, escuchar los problemas de los pasajeros y rezongar con la desorganización del tránsito, es algo que no cualquiera podría soportar. Además de tranquilo, se le pueden adjudicar los adjetivos ‘simpático’ y ‘charlatán’. En definitiva, cumple con el estereotipo de colectivero.

    Antes de insertarse en este rubro, trabajó en un reparto de soda. Actualmente tiene dos hijos, de 24 y 21 años; y se considera un apasionado por la pesca, actividad que comparte con otros compañeros del oficio.

    “Disfruto mucho de mi oficio”, dijo Giménez durante el diálogo con Bien!

    Empezó a conducir cuando tenía 25 años, en abril de 1998, porque un primo colectivero se lo recomendó. El entrevistado recordó su primer día de trabajo: “Me mandaron al coche 02 de la línea 1 con un compañero, ‘el Colo’. Cuando íbamos por la iglesia El Carmen y, en pleno recorrido, me dijo que agarrara el volante. Le pedí que me avisara si estaba haciendo algo mal y él me respondió que eso se hacía al final del recorrido. Entré en horario pico al centro. Cuando terminamos me preguntó si siempre era tan tranquilo, porque lo normal era que los conductores transpiren de los nervios”.

    Javier Giménez conduce en la línea 22 desde hace 25 años. Fotos: Juliana Faggi.

    Tal como rememoró Javier, los colectiveros de antes debían aprenderse diferentes recorridos, ya que los rotaban de línea constantemente. “En varias oportunidades estaba manejando la línea 6 y, de pronto, tomaba el recorrido de la 10. Los pasajeros enseguida se desesperan cuando agarrás para otro camino. Yo les decía que los llevaba a pasear un rato”, añadió entre risas.  

    Javier Giménez conduce en la línea 22 desde hace 25 años.

    El humor es un recurso que empezó a implementar hace tiempo para sobrellevar las diversas situaciones con las que se enfrentan quienes están frente al volante durante muchas horas: “Con los años cambié la forma de ser, antes era impulsivo, no me quedaba callado. Hoy me lo tomo con más liviandad, les hago bromas. Hay compañeros que no lo saben manejar y terminan sus jornadas enojados con los pasajeros”. 

    Consecuentemente, Javier relató una anécdota sobre un compañero, al que los pasajeros lo habían apodado ‘el Ogro’, debido a su mal carácter. El entrevistado le aconsejó cambiar, ya que la gente devuelve lo que se les ofrece. “Llevo 19 años en la 22, los conozco a todos, y siempre trato de ponerme en el lugar del otro”, reflexionó.

    Historias peculiares sobre ruedas

    A los 20 días de arrancar a trabajar tuvo un accidente muy grave en la línea 15. Casualmente, las víctimas eran familiares de Javier, quienes afortunadamente, lograron recuperarse con el tiempo. Giménez afirmó que siempre estuvo tranquilo porque sabía que el error había sido cometido por una tercera persona. 

    “También le salvé la vida a una mujer que iba al Hospital Escuela de Salud Mental. En pleno recorrido, le dio un ataque de epilepsia e inmediatamente me dirigí con el colectivo hasta el dispensario más cercano. Junto a las enfermeras, la acostamos en el pasillo y me di cuenta de que tenía algo en la boca. Era la dentadura postiza que no le permitía ingresar el oxígeno. El colectivo más de una vez funcionó como ambulancia. Nunca se me volvió monótono el trabajo porque todos los días hay una anécdota distinta por contar”, relató el entrevistado.

    Las ventajas y contras del oficio

    Javier se tomó unos segundos para reflexionar y, finalmente, respondió convencido: “Lo único que me molesta es que no saluden, aunque son los menos. Si subís con un saludo, arrancás con otra predisposición. Cada persona es distinta, tiene sus problemas, pero deben entender que los colectiveros también los tenemos”. Por otro lado, afirmó que lo que más disfruta es charlar con los pasajeros: “Hablo hasta con las ruedas”, asintió con una sonrisa en su rostro.

    Asimismo, Giménez cuestionó la distribución de los horarios: “Debería haber diálogo entre las instituciones y los transportes, a fin de que no abran las escuelas, las oficinas y los negocios al mismo tiempo. Hoy, para que alcance, tendría que pasar un colectivo cada dos minutos a las ocho de la mañana. Es imposible”.

    Tras 25 años siendo colectivero, Javier analizó los cambios que ha observado en el tránsito paranaense: “Ha mermado la cantidad de pasajeros, aunque no se nota porque también se redujo la cantidad de coches. Mucha gente se compró motos, bicicletas y algunos circulan caminando”. 

    “Salgo a disfrutar”

    Los trabajadores de este rubro se jubilan a los 55 años de edad y 30 de aportes. “No tengo apuro por la llegada de ese día. Salgo a disfrutar del trabajo porque, si te subís al colectivo renegando, algo está pasando. Nada me pone de mal humor”, concluyó Giménez. 

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