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domingo, febrero 5, 2023
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    Poe desarticuló una trampa que se le tendió a Napoleón

    Casi tres décadas después de que un supuesto artefacto autómata venciera a Napoleón Bonaparte en una partida de ajedrez, Edgard Allan Poe descubrió el engaño. Como si se tratara de un cuento policial, demostró que una ilusión óptica hacía ver que el particular jugador tomaba decisiones por puro designio de la mecánica. Así, antes de dedicarse a la escritura, uno de los maestros del relato corto, comenzó a aplicar la fórmula que le diera tanto éxito.

     

    Alejo Román Paris

    [email protected]

    El emperador Napoleón Bonaparte ya intuía la derrota. No era Waterloo, para eso todavía faltaba. El Turco permanecía impertérrito, no parpadeaba, no movía un músculo, ni siquiera respiraba. Era una máquina diseñada para parecer un maestro ajedrecista con aspecto árabe. El autómata tenía puesta toda su atención en el rival de turno.

    Napoleón no era solo un estratega en el verdadero campo de batalla, sino también en el ajedrez, esa versión lúdica de la guerra que se escenifica sobre un tablero de dos colores.

    En rigor, El Turco había perdido alguna vez, pero Napoleón sabía que su rival era una máquina diseñada para ganar. Quizás por eso, porque supuso que podría hacerle trampas, el Emperador intentó incurrir en un movimiento antirreglamentario. Para su sorpresa, el autómata lo corrigió. Napoleón se sorprendió, pero algunas jugadas después, volvió a intentar la trampa. En esta ocasión, la máquina fue más vehemente. Arrojó todas las piezas del tablero, acaso emulando un gesto de irritación. Esta cuestión -es decir, que una máquina simule tener sentimientos humanos- será recurrente en la ciencia ficción años después.

    Los memoriosos recordarán que durante el siglo XX serían célebres los intentos por desarrollar una inteligencia artificial capaz de derrotar a un maestro ajedrecista como el mismísimo Garry Kasparov, algo que en el siglo XVIII parecía una locura.

    Como se sospechará, los reiterados intentos de movimientos antirreglamentarios de Napoleón eran signos de quien huele la derrota. Y así fue.

    Más allá del engaño, es meritorio haber inventado un mecanismo que mueva las piezas en un tablero de ajedrez.

    Ingenioso

    El padre de El Turco fue el húngaro Wolfgang von Kempelen, escritor, consejero de la corte de Viena y un excelente ajedrecista. Había nacido en Bratislava en 1734. 36 años después creó una caja de madera con el tamaño de un escritorio de donde salía la estructura del torso de un muñeco que se asemejaba a una figura humana. La criatura vestía una túnica y un turbante en la cabeza. En la parte superior de la caja tenía pintado un tablero de ajedrez y debajo, en su interior, se podía ver un mecanismo de relojería; que, se sospechaba, era el encargado de mover las piezas del juego.

    Kempelen presentó su invento en el Palacio de Shönbrunn, en Viena, donde Napoleón Bonaparte caería derrotado tiempo después. Para despejar dudas respecto de que alguien de baja estatura pudiera estar manipulando las piezas desde adentro, El Turco tenía el lateral de la caja descubierto para que se pudiera ver el mecanismo.

    Al morir su creador, la máquina fue pasando por diferentes manos. No obstante, siguió cosechando éxitos y agigantando el mito. Vale destacar que, además de Napoleón, figuras como el científico e inventor Benjamín Franklin mordieron el polvo de la derrota.

    Después de incrementar su popularidad, El Turco ya ofrecía ventajas a sus rivales (jugaba con un peón menos). Detrás del mito que había forjado a base de victorias épicas derrotando a contrincantes de fuste -y de las dudas que generaba que se pudiera haber desarrollado un invento de esas características con la tecnología de la época- en 1826 El Turco cruzó el océano Atlántico para llegar a Estados Unidos en medio de una nube de misterio y escepticismo. Así, recorrió Nueva York, Boston, Filadelfia y Baltimore. Luego, El Turco extendió su periplo hacia el Oeste de Estados Unidos. Llegó hasta Virginia, en Richmond, ciudad que sentenciaría su destino.

    La fama de El Turco llegó hasta los oídos de un joven escritor. Su nombre era Edgar Allan Poe, tenía 27 años y se ganaba la vida escribiendo en las páginas del Mensajero Literario del Sur. Su madre había muerto ahogada en su propia sangre, víctima de tuberculosis. Poe había llegado a Virginia como quien busca escapar del dolor y el abandono.

    Aplicando un método propio, Poe descubrió que el autómata, como tal, no era el que jugaba al ajedrez.

    Es cierto, su nombre suele asociarse con el terror en la literatura. “Se entregó solitario a su complejo destino de inventor de pesadillas”, escribió sobre él Jorge Luis Borges. Pero Poe es recordado por haber sido el precursor de la narrativa policial.

    En efecto, con la publicación de Los crímenes de la calle Morgue, Poe inaugura el relato detectivesco incluso antes de que la palabra “detective” fuera utilizada. El término se acuña recién a mediados del siglo XIX, con la llegada de la Agencia Pickerton a Estados Unidos. Dicho de otra manera, Chevallier Monsieur Agust Dupin, el protagonista de los cuentos policiales de Poe, fue el primer detective sin siquiera acuñar el término. Nos interesa señalar que antes de Los crímenes de la calle Morgue, el propio Edgar Allan Poe protagonizó el preludio de sus futuras historias de detectives.

    Ahora bien, en 1836, cuando los destinos de Poe y de El Turco se cruzaron, el escritor todavía no había publicado las obras que lo consagraron. Sin embargo, pese a que aún faltaba un lustro para la publicación de Los crímenes de la calle Morgue, ya ardía en Poe el fuego sagrado del detective, que también es el del periodista: la curiosidad. El eco del enigma que había producido el arribo de El turco movilizó a Poe a desentrañarlo.

    Como espectador, pero también como quien empieza a garabatear la trama del crimen, Poe ejerció el trabajo detectivesco que luego encomendaría a su personaje, el detective Chevalier Agust Dupin. Meticulosamente, observó las acciones del supuesto autómata en la puesta en escena. Al terminar, desarrolló su hipótesis y la ilustró en un ensayo que publicó bajo el título El jugador de ajedrez de Maelzel.

    Allí, cronica la función desde su inicio. En ese contexto, ofrece un detalle pormenorizado de aquellos puntos que lo llevaron a sospechar (y luego a comprobar) la farsa. Notó, por ejemplo, que los movimientos de la máquina no tenían intervalos regulares.

    Entonces, concluyó Poe que el supuesto autómata no era una máquina, sino una ilusión óptica diseñada para que un maestro ajedrecista de carne y hueso pudiera operar los movimientos de El Turco desde adentro del dispositivo.

    Antes de inventar el relato detectivesco, el escritor reveló el misterio que había engañado al mundo entero, acaso emulando a su futura creación, el detective Dupin. En efecto, quizás esta revelación se integró a influencias más claras -como la figura histórica de Eugene Francoise Vidoq, primer director de la Sureté francesa- para pergeñar el origen de las tramas policiales en la literatura.

     

     

     

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