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    Stevenson, un titiritero en el teatrillo del dilema humano

    Antes de que Sigmund Freud hiciera de las suyas con el psicoanálisis, aunque después de que Fiódor Dostoievski publicara El Doble, Robert Louis Stevenson terminó de abordar literariamente una de sus grandes preocupaciones: ¿el ser humano es eso que hace? El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde es solo el final del camino que el escritor escocés recorrió en torno al problema de la ética, la dualidad, y la conducta humana.

     

    Alejo Román Paris / [email protected]

     

    Por las calles de Edimburgo corre una leyenda sobre dos hombres que, en realidad, eran el mismo sujeto. Se trata de una de esas historias que supieron emerger de la oscuridad velada, tan característica de la época victoriana. De día, ante la mirada de la gente, William Brodie era un prestigioso ebanista y respetable funcionario público; por las noches, cuando las luces se apagaban y las personas eran despojadas de gestos para ser solo siluetas sombrías, Brodie era un ladrón que asaltaba carruajes.

    Además de haber sido la ciudad que atestiguó y susurró la leyenda de este hombre, Edimburgo también fue la ciudad donde nació y se crió el escritor Robert Louis Stevenson. En la casa de sus padres, unos muebles que habían sido fabricados por el ebanista misterioso fueron la excusa perfecta del joven Robert para conocer la historia de aquella doble vida. Desde ese momento, quien sería luego el autor de El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, se vio interpelado por el problema ético de la dualidad. Una pregunta lo asaltaría recurrentemente: ¿es un hombre sus actos?

    Esta historia real le sirvió de inspiración a Stevenson para referir a un concepto tradicional en la literatura, el Doppelgänger. “El doble que camina al lado”, es la traducción literal del alemán hacia el español, también aludido bajo la metáfora de la sombra.

    Stevenson trató de abrirse paso entre el bien y el mal, llegando a lugares quizás insospechados para él. Si bien el tema del doppelgänger ya había sido explorado por la literatura, (como en el caso de El doble, de Fiódor Mijáilovich Dostoievski) el camino recorrido a través de su arte literario lo llevó a adelantarse (incluso a expensas de su voluntad) a los estudios del psicoanálisis que Sigmund Freud publicaría algunos años más tarde, en La interpretación de los sueños.

    Robert Louis Stevenson nació el 13 de noviembre de 1850, y desde muy joven fue diagnosticado con tuberculosis. Por ese motivo, debió pasar mucho tiempo en cama. Para su asistencia, la familia contrató a una niñera que perturbó al joven con historias tenebrosas que le producían sistemáticas pesadillas. Lo curioso es que, muchos años después, Stevenson diría que fue justamente un sueño perturbador el que le ofreció la revelación para escribir su novela El extraño caso de Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. Acaso la voz de su niñera, codificada en algún extraño lenguaje onírico, reverberó desde el pasado en una pesadilla del presente. Su mujer, que lo oyó quejarse del mal sueño, trató de despertarlo. Tuvo éxito, pero Robert no lo tomó a bien. Quería seguir soñando, se había enamorado de la pesadilla. Allí, diría después Stevenson, aparecería el germen de su clásica novela sobre el doppelgänger.

     

    Doppelgänger

    La noción del doble ha sido difundida por las supersticiones de diferentes culturas. Sin embargo, en Escocia al doble se le conoce como “fetch” (que quiere decir buscar). Allí, la leyenda dice que si alguien se encuentra con su doble significa que uno de los dos morirá. Por eso se le llama fetch, porque el doble va a buscarlo.

    Stevenson abordó el tema de la dualidad en diferentes obras. La primera fue en La doble vida o el diácono Brodie, coescrita junto a William Ernest Henley. No obstante, como creyó no haber cumplido del todo con lo que deseaba dedicarle al tema, escribió el cuento titulado Markheim. Esta narración es un esbozo inmaduro del argumento perfeccionado que leemos en Jeckyll y Hyde, publicada en 1886.

    Precisamente, en esta novela Stevenson cree cumplir finalmente con la problemática. La trama de esa novela es archiconocida, pues ha sido adaptada muchas veces y en diferentes épocas. El narrador es un abogado que investiga el caso de su amigo personal, el doctor Henry Jeckyll, quien había creído encontrar la fórmula para erradicar el mal de la humanidad de una persona. Sin embargo, al probar la pócima en sí mismo va descubriendo que, lejos de erradicarlo, el mal se apodera de su humanidad asumiendo incluso un cambio de aspecto y de identidad.

    El doble, en esta versión del doppelgänger, se hace llamar Edward Hyde y es casi un reverso de las características de Jeckyll. El doctor Jekyll representa valores que exaltan el equilibrio y el orden, mientras que Hyde está subyugado por el fervor dionisíaco y persigue la satisfacción de sus pulsiones instintivas. Jekyll es un moralista; Hyde, un ser indomable que no se somete a la ética (quizás porque no la entiende). Jeckyll es un hombre alto, tiene modales exquisitos y una conducta intachable. Hyde es de estatura baja, carece de modales y su conducta es abominable.

    Esta descripción tiene un gran valor dentro de la trama, aunque al día de hoy se haya desfigurado por la enorme popularidad de la novela. Esa disparidad absoluta entre Jeckyll y Hyde está construida para no ofrecer pistas de que ambos personajes son el mismo hombre, detalle que se revela con la carta de suicidio de Jeckyll en el punto más dramático de la narración.

    Para Jorge Luis Borges, esta singular característica que Stevenson le asigna a los personajes ha sido absurdamente representada en la mayoría de las adaptaciones de la novela, al incluir al mismo actor en lugar de dos personajes tan distintos.

     

    Más allá de la ética

    “Quien con monstruos lucha, cuide a su vez no convertirse en uno. Cuando miras largo tiempo al abismo, este también mira dentro de ti”, escribió Friedrich Nietzsche en los aforismos de Más allá del bien y del mal. Henry Jeckyll luchó contra su monstruo y ese vacío miró también dentro suyo. En efecto, igual que en la cita de Nietzsche hablamos de una trama que va más allá que la tan reiterada como desacertada lectura de la lucha del bien contra el mal. Si bien es evidente la preocupación de Stevenson por la dualidad humana a partir de valores éticos antagónicos que conviven, Hyde es descripto como la liberación de los instintos. Como la dualidad expresa en la frase de Aristóteles al definir al hombre como un “animal racional”.

    En efecto, el personaje de Edward Hyde puede interpretarse como el lado instintivo que convive con lo racional o político (Jeckyll). Por otra parte, y yendo más lejos, en una novela de misterio que mantiene el suspenso hasta el final, la trama llega a sugerir que Jeckyll podría ser el padre de Hyde. Esto habilita a sospechar que el hecho de que Hyde sea aludido como un adolescente (de estatura baja y con pésimos modales) podría interpretarse como simbolismo que vincula la juventud con lo instintivo.

    No con la maldad, sino con lo instintivo: mientras que Hyde se somete a los instintos que lo engendran, Jeckyll quiere apresarlos y ocultarlos. De hecho, no casualmente, Stevenson bautiza así al personaje. Es que Hyde viene del inglés “Hide”, que en español quiere decir “ocultar”.

    La novela se alimenta de las sombras que la sociedad victoriana intentaba ocultar, y que el autor busca iluminar con reflejo crítico.

     

     

     

     

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