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lunes, enero 30, 2023
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    Un cine comprometido con lo humano y con la realidad

    Un puñado de películas en Brasil hace resonar la experiencia del “Cinema novo”. Son brotes tiernos de un tronco en el que el cine se pretendía como un elemento transformador de la realidad. Lejos de concebir los filmes como un mero artificio económico, con un interés pasatista, las realizaciones muestran problemas reales que emergen de contextos fácilmente identificables.

     

    Gustavo Labriola / [email protected]

     

    La corriente artística brasileña Cinema novo irrumpió hacia finales de la década del ‘50 y comienzos del ‘60. Influida por la temática, estética e ideología tanto del neorrealismo italiano como de la nouvelle vague francesa y el free cinema británico, con las particularidades propias de la región, la corriente exteriorizó al Brasil profundo.

    En rigor, el vecino país había tenido una corriente de directores preocupados por el documentalismo, por formación o por desarrollo intelectual y artístico. En sintonía con las corrientes europeas, varios directores que tenían ese bagaje se inclinaron en sus ficciones por contar la realidad de pueblos, culturas y desigualdades.

    Glauber Rocha fue uno de los referentes más lúcidos de ese grupo de cineastas, a partir de Dios y el diablo en la tierra del sol (Deus e o Diabo na Terra do Sol, 1964). La película, ubicada en el Sertao, el desértico nordeste de Brasil, con mucho de “western a la brasileña”, trata sobre un campesino que huye luego de haber asesinado al capataz del campo donde trabajaba y se vincula con un santón que domina a su voluntad, bajo un sentido religioso. A decir de Nelson Pereira dos Santos, otro integrante de esa cofradía, Glauber Rocha “rompe con muchas cosas. Su cine es muy importante como elemento de transformación”.

    Rocha, luego de su reconocimiento internacional y con el fundamento y la preparación de sus años de crítico, elaboró la teoría aplicada al cine denominada Estética del hambre, imbuido de la problemática de los países llamados, en esos años, sub-desarrollados o del Tercer Mundo. Su perspectiva enunciaba al hambre como identidad del pueblo y esa experiencia no era comprendida por la intelectualidad, que la consideraba como un extraño surrealismo tropical. En cambio, para el brasileño es una vergüenza nacional.

    Años después Rocha elaboró la Estética del sueño, manifiesto en el cual dice que “el artista debe mantener su libertad ante cualquier circunstancia”, alaba a las raíces indígenas y negras del pueblo latinoamericano como “únicas fuerzas desarrolladoras de este continente” y declara que “el sueño es el único derecho que no se puede prohibir”.

    Tsunami global

    Pasaron muchas temporadas desde esa generación que estableció la identificación con la cámara despojada de la artificiosidad de la filmación en estudios, rodando con cámara en mano y en espacios naturales. Pretendían ser “un ojo sobre el mundo”, rescatar la cultura nacional y transparentar una realidad del nordeste, como la de las favelas.

    Dentro de ese colectivo de creadores comprometidos con la transformación de la sociedad, se identifica a Rocha y a Pereira dos Santos; también a Ruy Guerra, Carlos Diegues, Joaquin Pedro de Andrade y León Hirszman. Todos ellos han sido considerados estandartes fundamentales de una cultura que posicionó al cine brasileño en el concierto mundial. Y lo hicieron a través de un interés manifiesto en desnudar la realidad humana y social del Brasil profundo.

    Luego soplaron unos vientos peculiares. Por un lado, el paso de las décadas fue haciendo mella en la carrera de varios de ellos; por el otro, surgieron dificultades externas como la de no contar con recursos en un medio dominado por los grandes estudios, distribuidores concentrados y exhibición amañada por intereses económicos y políticos muy distintos.

    Pero la vida tiene reservadas ciertas sorpresas. Kleber Mendonca Filho, nacido en 1968, en Recife, crítico cinematográfico primero y luego periodista, se volcó a la dirección siguiendo el camino formal e informal de los grandes directores del Cinema novo. Realizó algunos documentales y películas menores, hasta que surgió Aquarius (2016), hermosa alegoría de la defensa del patrimonio y la cultura frente a la intromisión y despojo del capital.

    Aquarius o Doña Clara -por el nombre de la protagonista-, regala a una soberbia y madura Sonia Braga. La historia transcurre en un Recife enfocado al turismo y al lucro. Con un guion convenientemente estructurado y sólido, el filme desarrolla un tratamiento del lenguaje cinematográfico a partir de un “crescendo” que encubre la lucha individual de la protagonista por defender, más que su patrimonio, la cultura que la cobija.

    Otra película destacable es Bacurau (2019). Cuenta un episodio que transcurre en un futuro cercano, en un pueblo en el “sertao” pernanbucano, región olvidada, donde reina la pobreza estructural y las extremas necesidades, hasta de agua.

    El disparador de la historia es que una profesional retorna por la muerte de su abuela, personaje central del pueblo junto a la encargada del centro de salud. En Bacurau, otra vez, emerge una Sonia Braga esplendorosa en su justa madurez.

    La falta de agua; un candidato regional inescrupuloso; la irrupción de turistas; unos drones (símil de platos voladores rudimentarios); misteriosos movimientos de extraños en la zona y fundamentalmente la vida pueblerina anodina, intrascendente y desamparada, son condimentos que cohesionan las escenas.

    Bacurau es una realización cinematográfica de género indefinido, dado que transita, mixtura y yuxtapone el drama, el western, el gore, el suspenso, la ciencia ficción con una pintura de realismo mágico, mientras vuelve a distinguir y referenciar la “patria chica” pernanbucana.

     

    Tramas

    El director es, claramente, un atildado espectador y un estudioso del cine. Junto a Juliano Dornelles, su colaborador habitual, consigue un filme con numerosas referencias y homenajes a otros directores, observables y valorables porque en la combinación de géneros consigue un relato convincente, más allá de las exageraciones propias de la acumulación mencionada.

    Hay escenas memorables de una realización impecable, combinada con la utilización acorde de la música y la fotografía que obtiene maravillas de la región nordestina.

    La lucha colectiva de los pueblerinos, que agradará -supongo- al genial crítico Roger Koza, en su valoración de la lidia social frente a las aventuras individuales, no hace más que resaltar y transmitir la noción de la resistencia frente al embate externo, en todo sentido; y la realización en sí permite apreciar, entre otros agudos epitafios, la enorme desigualdad que se acrecienta con el transcurrir del tiempo en desmedro de aquellos que menor acceso tienen a los bienes culturales y al confort, o incluso, como en este caso, al agua. Entre las notas destacables de Bacurau aparece la escena de los libros dejados por el camión volcador, de una crudeza lacerante.

    En fin, la vida cotidiana que reflejaban los filmes del Cinema novo y ahora los de Kleber Mendonca, son los de esos seres que perviven en el Brasil recóndito y sufrido, y que esperan expectantes e ilusionados un cambio de rumbo, para acceder, siquiera apenas, a un futuro un poco menos desigual, dramático e inhumano.

     

    La desigualdad social del Brasil se ve reflejada en películas como Bacurau.

     

     

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