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miércoles, febrero 1, 2023
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    De rituales lectores y prácticas escriturales  

    Las consecuencias de la cultura en boga y los dilemas de la humanidad en este recodo de la Historia, son los nervios que organizan los textos reunidos en Confesiones del diablo y otros relatos, de Wendel Gietz. Próximo a presentar el material, el autor brindó detalles de su contenido.

     

     Redacción El Diario / [email protected]

     

    Este jueves a las 20.30 se presentará, en la Casa de Almada, en Oro Verde, el libro Confesiones del diablo y otros relatos, editado por la Editorial Dunken. En diálogo con EL DIARIO, su autor, Wendel Gietz, se refirió al proceso de producción del material y las influencias que delinearon la escritura.

    Lo que sigue, es una síntesis de la conversación mantenida.

     

    –¿En qué consiste el libro Confesiones del diablo?

    –Básicamente es un libro de relatos y aguafuertes, aquel género popularizado por Roberto Arlt en sus célebres Aguafuertes porteñas.

    Confesiones del diablo consta de veintidós textos, la temática es muy heterogénea y fueron escritos entre 2018 y 2020, durante el encierro padecido durante la pandemia por Covid 19.

    De este tipo, es mi segundo libro; el primero, De pino o roble, fue publicado en 2017.

    Gietz tiene una mirada crítica sobre la cultura digital en boga.

    –¿Qué es un aguafuerte?

    –Es un género híbrido, conciso, que toma recursos prestados de la crónica -la herramienta del periodismo, por definición-, pero también de la narrativa, donde el autor puede introducir elementos de ficción, y, finalmente, del ensayo. Como se sabe, la escritura ensayística habilita la toma de posición sobre un tema, como una forma de interpelar al lector, pero sin necesariamente buscar su acuerdo.

    El aguafuerte es un género que me divierte mucho trabajar. Sin embargo, en mis escritos no se encontrarán pretensiones conclusivas ni moralizantes. Se trata de un desafío: pensar junto al lectorado. De hecho, ese es uno de los fines de la literatura, además del entretenimiento, naturalmente.

    Wendel Gietz, autor de Confesiones del diablo y otros relatos.

    Núcleos

    –¿Los textos dan cuenta de climas internos o tienen un soporte real/material?

    –De todo un poco. Confesiones del diablo es un libro misceláneo, y como tal, es diverso. Quizás puedan identificarse, eso sí, ciertas facetas de la condición humana como eje articulador, algunas veces abordadas en clave satírica, otras de humor o de reflexión.

    Así desfilan por sus páginas temas como la venganza; las modernas tribus urbanas; los avatares de nuestras relaciones con los vecinos; la pasión argentina por el fútbol; la evolución de la literatura erótica a lo largo de la historia; memorias del colegio secundario vistas desde la imposición compulsiva del Martín Fierro; el filósofo Diógenes, que nos habilita para reflexionar sobre nuestra relación con el dinero; una road story; una crónica distinta de la Conquista de Méjico; y dos cuentos de base histórica. Como se aprecia, hay un permanente ir y venir entre ficción y realidad.

    Se encuentra también en este libro un anclaje referencial a Paraná en un texto sobre la entrañable Biblioteca Popular de la ciudad.

    Decidí incluir también dos ensayos literarios sobre autores que considero importantes: Carlos Mastronardi, y Friedrich Nietzsche, no porque semejantes figuras necesiten de mi modesto elogio, sino por la impresión que me han causado las recientes lecturas de material que hasta hace muy poco era inédito, en particular del escritor gualeyo.

    Hay también lugar para la elegía en Gloria, la evocación personal de la gran pintora Gloria Montoya, de quien fui alumno durante varios años; y, de modo indirecto, en Cesáreo y Augusto, una crónica plutarquiana de la amistad entre dos increíbles personajes que caminaron por nuestras calles: Augusto Nux y Césareo Bernaldo Quirós, referida por una informante privilegiada que aún vive.

    Wendel Gietz, autor de Confesiones del diablo y otros relatos.

    –¿A qué refiere el nombre?

    –Como suele suceder en estas antologías, al título del libro lo da uno de los textos. Confesiones del diablo es un relato que ficciona en clave de sátira el monólogo imaginario de un demonio paradigmático con un psicoanalista. Concretamente, es el soliloquio de un diablo, en cierta medida cándido y agobiado por las vilezas de la raza humana, en el que le declara al profesional su impotencia ante tanta maldad gratuita y sin estilo.

    Puentes

    –¿Qué lo distingue y qué lo emparenta a anteriores libros?

    –Podría decirse que Confesiones del diablo se hermana con De pino o roble, por el registro literario aguafuertístico ya referenciado.

    Por cierto, aquel primer libro de relatos tuvo una impronta autobiográfica (como todo primer libro), que es otro de los rasgos de este tipo de escritura.

    Soy de la idea de que uno escribe en tanto recorrido personal, como decía con mucho acierto Hebe Urhart, considerando dentro de ese “recorrido personal”, por supuesto, a las lecturas.

    Eso sí, se notará en ambas publicaciones la omnipresencia de la referencia bibliográfica, inevitable para mí, cuya dispensa imploro al generoso lector. Los libros han sido -y son- una presencia inmanente en mi vida, quizás la única.

    Por supuesto, no están ausentes en las páginas de Confesiones del diablo la filosofía, la psicología, la historia, el arte y la mitología.

     

    –¿Cómo se fue forjando la idea hasta convertirse en proyecto editorial?

    –En mi caso es difícil saberlo. Uno escribe por una pulsión interna de abordar ciertos temas, o por un estímulo que recibe de la realidad, no con la perspectiva de ver materializado ese escrito necesariamente en una publicación. No obstante, la publicación cumple una función ordenadora muy importante, ya que, como decía Borges: “uno publica para terminar de corregir”.

     

    Entornos

    –En una época dominada por la imagen fluida, la brevedad extrema de los relatos y probablemente una insulsa levedad en los tratamientos, ¿qué sentido tiene insistir en escribir y hacerlo desde Paraná, Entre Ríos?

     

    –Es una buena pregunta. De todos modos, yo no hablaría de “sentido de escribir”, como tampoco hablaría de “sentido de leer”. José Saramago se enojaba mucho cuando le preguntaban para qué servía la literatura, poque rechazaba la idea de buscarle un sentido utilitario o funcional, como sí lo tiene un tenedor o una escalera.

    El mayor desafío para la literatura está en la rivalidad con las pantallas. El hombre vive cada vez más pendiente de los dispositivos digitales, donde no hay ningún tipo de interacción u operación cognitiva entre el emisor y el receptor del mensaje.  En cierta forma, absorbemos los datos, la información y las imágenes ya deglutidas y digeridas por otros; nos hemos vuelto una suerte de homo videns, inmovilizados, quietos ante todo lo que nos obligamos a ver, y un poco haraganes también.

    El predominio de las pantallas, que para colmo de males nosotros mismos llamamos Smart (“inteligente”), viene también de la mano de lo que el sociólogo y filósofo José Sebreli llama la “errancia” del hombre moderno. Con la religión fuera de juego, se nos presentan huecos existenciales difíciles de llenar, e interrogantes para los que no tenemos respuesta y que vuelven “recargados” por la necesidad constante de novedades y por ese anhelo de emotividad que nos produce la conectividad.

    Pareciera que la vorágine de la vida cotidiana y las pantallas –insisto– han ido desplazando, de la mano de un consumismo exacerbado, a los deleites más sutiles. Aquellos derivados de la contemplación, de la riqueza interior, de la estética, o del disfrute de los múltiples sabores de la naturaleza. Pienso en Las Siete Artes Liberales que Martianus Capella postuló hace quince siglos, placeres que el hombre inquieto ha buscado desde que se tenga memoria y que la literatura está siempre presta a brindarnos generosamente.

     

    –¿Artes liberales?

    – La expresión Artes liberales refiere por cierto a un concepto medieval, heredado de la antigüedad clásica. Daba cuenta de las artes cultivadas por personas libres, por oposición a las artes serviles propias de la servidumbre y esclavos.

    Se establecieron 7 artes liberales divididas en dos secciones: trívium y quadrivium. El trívium era la rama del lenguaje, compuesta por la gramática, la dialéctica y la retórica (entre las cuales podríamos incluir a la literatura en todas sus formas); mientras el quadrivium integraba las matemáticas, compuesta por aritmética, geometría, astronomía y música.

    Esas áreas del saber guiaron las mejores políticas educativas de todos los tiempos y hoy, son una referencia de aquello que nuestra condición de homo videns nos ha hecho dejar por el camino.

    Confluencias

    –¿Cómo se integran al papel del escritor su perfil de abogado y de emprendedor gastronómico?

    –Bueno, a la abogacía la dejé ya hace años, y la actividad emprendedora ha sido bastante absorbente, pandemia mediante, sobre todo en la primera etapa para poder sacar adelante esta iniciativa en semejante contexto adverso.

    Por suerte, la lectura es una pulsión tan fuerte que jamás perdí el contacto con los libros, ni en los momentos más oscuros. Todo lo contrario, es allí donde uno encuentra muchas veces el sosiego necesario. Y por supuesto, está la familia y los amigos que son pilares fundamentales.

    Precisamente con la publicación de Confesiones del diablo se cierra este ciclo y voy vislumbrando otros proyectos literarios, algunos vinculados a la Historia (otra de mis pasiones) y a la narrativa.

     

    –Algo mencionó ya, pero ¿qué papel juega la lectura/el arte en su vida?

    –Podríamos decir que mi formación como lector es clásica.  Mi padre era un gran lector y haber crecido leyendo los libros de su inmensa biblioteca ha dejado naturalmente su marca. Digamos que vengo leyendo desde atrás hacia adelante desde hace unos 45 años, y todavía no llegué al siglo XXI; aunque soy un lector decididamente hedónico que lee lo que le cae en las manos, sin prejuicios.

    En general, me agrada mucho la literatura de fines de la segunda mitad del siglo XIX en adelante; los novelistas rusos e ingleses (con Joseph Conrad a la cabeza); varios norteamericanos inolvidables como Herman Melville, John Steinbeck, Jack London, Edgar Allan Poe, William Faulkner; algunos filósofos y poetas alemanes (Friedrich Nietzsche, Erich Fromm, Herman Hesse, Thomas Mann, Franz Kafka, y Stefan Zweig).

    He leído mucho en los idiomas originales, lo cual es incomparable por la frescura y por aquello de “traduttore, traditori”, el que traduce traiciona.

     

    Hace un tiempo estoy trabajando en mi propia traducción al español de Das Stundenbuch –El libro de las horas–, de Rainer Maria Rilke, uno de mis poetas favoritos, porque las traducciones españolas que hay disponibles de ese texto son francamente lamentables.

    En fin, es difícil enumerarlos a todos sin ser injusto por omisión. Y del siglo XX, la literatura latinoamericana es imprescindible.

     

    –¿Y de los más cercanos?

    –De nuestras letras, destaco por encima de todo a Jorge Luis Borges: un escritor que marcó un antes y un después en mí, y en mucha gente, me atrevería a decir. Atrás, bastante atrás, lo seguiría un pelotón de unos siete u ocho escritores, sobre los que podríamos conversar in extenso en otro momento.

    En cuanto a la literatura entrerriana –sobre todo la contemporánea, y he sido criticado por decir esto–, es inevitable observar una centralidad (por no decir unanimidad) temática de lo paisajístico, en particular de lo paisajístico fluvial. Es como si la creación literaria fuese inescindible del territorio, de la entrerrianía, como único atributo identitario de las letras; como si no hubiera margen para la extraterritorialidad en nuestra producción literaria. Una suerte de Buch und Boden. (Nota del editor: “Libro y Tierra”, juego de palabras con la expresión alemana Blut und Boden -Sangre y Tierra- que exalta la relación de un pueblo con la tierra que ocupa y cultiva).

    No digo que ello sea bueno ni malo. El paisaje está en el centro, sí, pero no sólo para ser descrito, sino para abrir, a partir de él, distintas relaciones con la realidad. Juan L. Ortiz lo tenía muy claro a esto: “con el paisaje se tiene una relación”, solía decir, aunque nunca aclaró que tenga que ser monogámica.

    En mi modo de ver, esta exacerbación de lo paisajístico expone a la escritura a la monotonía, a la redundancia, al agotamiento de las metáforas o, a lo que es peor, al rebusque ante lo trillado o a cierta hegemonía de lo telúrico que se vuelve indefectiblemente aburrido.

     

     

     

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