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jueves, diciembre 5, 2019
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    Historias que inspiran: Renzo y el loro

    La sabiduría de un niño.

     

    Colaboración | Carolina Oertel

     

    Está anocheciendo, todavía quedan los últimos vestigios de luz, por la ventana del colectivo llegando a Viedma se ven cientos de loros barranqueros. Es un espectáculo único, su colorido plumaje reflejado por los tenues rayos de sol, y las numerosas bandadas que se van agrupando en los cables de la ruta listos para dormir.

    ¡Qué animal maravilloso! Viven en comunidades y es intrigante ver cómo se comunican y cómo existe entre ellos una colaboración grupal.

    Miraba a las aves y recordé la bella historia de Renzo.

    Un domingo de diciembre, en el Balneario Las Grutas, de Río Negro, Renzo y su mamá bajaron a la playa, aprovechando el único día de descanso.

    Renzo tenía cinco años en ese momento; le mostró a su madre algo que apenas se veía entremezclado en la arena. Era un minúsculo pichón de loro recién nacido que aún no tenía plumas.

    Intentaron alcanzar el nido en el alto acantilado, pidieron ayuda al guardavidas, pero era imposible llegar el lugar.

    Entonces, el pequeño Renzo tomó al pajarito en sus manos y junto a su mamá fueron a buscar ayuda.

    El día de playa y de descanso había terminado antes de empezar, caminaron hasta la oficina de turismo, ahí le pasaron la dirección de una veterinaria que se especializaba en aves.

    Estaban muy lejos del lugar pero igualmente a pesar del calor fueron caminando hasta la casa de la especialista. Luego de una larga y cansadora caminata encontraron el domicilio con un cartelito en la puerta que decía “Cerrado por vacaciones”.

    El niño y su mamá sentían que las cosas se iban complicando, pero aun así no se dieron por vencidos. Llevaron al pichoncito a su casa, el tiempo pasaba y algo urgente debían hacer.

    Yanina, mamá de Renzo, llamó a su ex pareja, un guardafauna y le comentó lo sucedido. Él no podía hacerse cargo pero le explicó que debía prepararle una yema de huevo con un poquito de Nestún y dárselo con una jeringa cada tres horas.

    Y así lo hicieron, pero Yanina al día siguiente debía ir a atender su peluquería, y la única manera de alimentar al pichón era llevándolo al trabajo, así que le armaron una cajita para poder transportarlo.

    Entre cortes y peinados, Yanina se daba el tiempo de alimentar al lorito, y mientras su mamá trabajaba Renzo se sentaba junto a la caja y lo cuidaba.

     

    HACIÉNDOSE FUERTE

    Un día de esos en que Renzo sentía ganas de querer comprar algunas cosas para él, uno de los peluqueros le dijo: “Si querés comprarte cosas, tenés que tener tu dinero”.

    Se ve que eso le quedó dando vueltas en su cabecita.

    Mientras su mamá le lavaba la cabeza a una señora, Renzo cerca de la bacha cuidaba del animal.

    La señora, curiosa, preguntó, como un montón de clientes ya lo habían hecho, qué tenía en la cajita.

    –Un lorito.

    –Qué lindo. ¿Lo puedo ver?

    A lo que Renzo le contestó:

    –Sí, claro, pero cobro dos pesos por mostrarlo.

    El niño de esta manera había descubierto la forma ingeniosa y entretenida de juntar su plata, a veces no tenían dos pesos y le ofrecían uno; él igualmente accedía, pero la mirada debía ser más breve.

    Las plumitas del pichón empezaron a crecer, y un día al volver del trabajo, saltó de la caja y empezó a practicar un vuelo.

    Le armaron una especie de corral en el patio para que comience perfeccionarse en la disciplina de vuelo.

    Gracias a sus cuidados, el ave estaba creciendo y poniéndose fuerte.

    ENSEÑAR A VOLAR

    Una tarde de calor, mientras el niño jugaba en el patio junto a su prima, el lorito aleteaba enérgicamente en su corral.

    Renzo fue hasta él, lo tomó entre sus manos, le hizo un cariño en sus plumas, y le dijo:

    –Llegó el momento que vayas a buscar a tu familia. ¡Volá!

    Estiró sus manos y soltó al hermoso loro que se elevó hasta perderse de vista.

    La sabiduría y el gran corazón de este niño nos dejan una historia con un gran mensaje: su amor le dio cuidados, sin egoísmo, permitiéndole buscar la libertad.

    ¿Habrá entendido su alma de niño que la naturaleza de un ave es volar, que aquellos pájaros que están en jaulas o que por egoísmo les cortan las alas tienen por fuera el aspecto de un ave, pero no lo son en su esencia? Seguramente así fue.

    Desearía que esta historia inspire para que existan muchas Yaninas y muchos Renzos, porque en ellos existió amor, compromiso y cuidado sin posesión y eso es lo que hace la diferencia.

    Pudieron devolver lo más preciado que tiene un ser: su libertad, en un gran gesto amoroso.

    Mientras oscurecía, miraba las bandadas perderse en el cielo y pensaba si el loro que liberó Renzo estaría ahí.

     

     

     

     

     

     

     

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