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    La vida del gran León Tólstoi, atormentada por los contrastes

    A 112 años de su muerte, las preguntas que León Tóstoi dejó plasmada en su obra siguen siendo las que se plantea las personas comunes y corrientes. Aquellas preocupaciones por el curso de lo que hoy llamamos globalización, la necesidad de convivir en armonía con el medio ambiente y la urgencia de construir un mundo sin violencias le convierten en un autor vigente y recomendado.

     

    Alejo Román Paris / [email protected]

     

    Renegando de su pasado y de su historia, a los 82 años de edad, León Tolstói se entregó a merced del impiadoso invierno ruso. Le dejó una carta a su esposa y se marchó para siempre, dejando atrás la finca donde había nacido y crecido. Quería olvidar el horror de Sebastopol que le tocó atestiguar en la guerra de Crimea. Rechazaba la literatura que le había permitido canalizar sus demonios y sus pasiones. Huía de su origen noble, y quizás hasta de sí mismo. Llegó hasta un convento donde vivía una de sus hermanas y una de sus hijas. Aunque abordó un tren, no llegó muy lejos. Estaba viejo y su cuerpo, débil; el frío lo descompensó. Mientras viajaba, su esposa había intentado suicidarse. Ella falló, pero él no lo haría. Si bien Tolstói no incurrió en el suicidio, en el fragor de querer dejar todo atrás quizás también lo hizo con su propia vida. El propio Tolstói había esbozado sus pensamientos en la novela La muerte de Iván Ilich, cuando el propio protagonista se cuestionara en su agonía: “¿Acaso la percepción de la vida cambia a medida que nos aproximamos al final?”.

    León Tolstói había nacido el 9 de septiembre de 1828 en la finca Yásnaia Poliana, en la región de Tula, Rusia. Fue el cuarto de los cinco hijos que tuvo el matrimonio entre Nikolái Ilich Tolstói y Maríya Volkónskaya. Estudió Derecho y Lenguas por un tiempo, pero pronto abandonó. Cuando estalló la guerra de Crimea, un hermano era teniente de artillería y lo convenció de ir con él. Aunque luego se arrepintiera de aceptar, aquella experiencia lo cambiaría para siempre.

    Si bien él no pertenecía al ejército, en una de las campañas de aquella guerra un comandante lo incorporó como suboficial a la misma brigada de artillería a la que pertenecía su hermano. Tolstói padecía reuma, y por aquellos días solicitó permiso para tratar su enfermedad. Se lo concedieron, y por ese mismo motivo pasó tiempo en aguas termales para curarse. Aburrido, tramaría allí los primeros esbozos de su literatura. De sus experiencias de aquellos días verían la luz Infancia y La tala del bosque. En Relatos de Sebastópol, materializaría también el horror que le tocó atestiguar en la guerra de Crimea. El mismo que lo llevó a querer dejar atrás esas imágenes para volver a su vida aristocrática. Sin embargo, al regresar, el horror y la guerra seguían reverberando en él. Mediante su arte, intentó que su literatura realista fuera un espejo de la sociedad en la que le tocaba vivir. Los cosacos, Guerra y Paz, Anna Karénina, y La muerte de Iván Ilich fueron algunas de sus obras más destacadas.

    UNA CRISIS MORAL. En 1862, Tolstói conoció a Sofía Behrs, quien luego sería su esposa. Ella tenía 17, él 34. Por aquel entonces, Tolstói ya era un escritor consagrado internacionalmente. Tuvieron trece hijos, de los cuales debieron enterrar a cinco. Sofía se hizo cargo del cuidado de todos y cada uno de ellos. Su relación entraría en conflicto luego que Tolstói afrontara una crisis moral que lo llevó a un profundo cambio donde, por ejemplo, manifestó querer renunciar a sus derechos sobre la propiedad privada. Había leído La desobediencia civil, de Henry David Thoureau, un ensayo que el pensador estadounidense escribió luego de ser encarcelado por negarse a pagar impuestos para contribuir con un Estado que sostenía el régimen de esclavitud. Motivado por aquella lectura escribió un texto titulado Carta a un hindú, que se hizo público a través de la prensa. Esa publicación propició un breve intercambio epistolar con Mahatma Gandhi, y es probable que esta cadena de sucesos fuera fundante en el cambio de perspectiva de Tolstói acerca de su vida. Además, ese diálogo influyó directamente en la resistencia no violenta y la militancia pacifista de Gandhi. Como resultado de aquella crisis moral, Tolstói renegó de su posición aristocrática e intentó aferrarse a la religión. Se refugió en el esperanto, se mezcló entre campesinos, arregló zapatos, se hizo profesor y fundó una escuela. Incluso editó los libros de texto que se estudiaron allí. Como los filósofos de la Grecia antigua, Tolstói daba clases fuera de las aulas.

    Todo este cambio radical produjo conflictos en la relación con su esposa, que no acordaba con la nueva perspectiva del escritor. Las tensiones que se producían a partir de los reclamos de Sofía Behrs eran cada vez más frecuentes, hasta que un día Tolstói se marchó. Era invierno, la noche del 27 de octubre de 1910. Antes de irse, dejó una carta: “Mi partida sé que te afectará. Lo lamento. Pero por favor comprende que no puedo actuar de forma diferente. Mi posición en esta casa es intolerable. No puedo vivir en estas condiciones de lujo”.

    HUIR DEL PASADO. Afectado por una neumonía lapidaria, Tolstói moriría algunos días más tarde en una estación de trenes. En su agonía, Sofía le pidió disculpas. Se culpó, creyéndose la causante de la pena que había empujado a su esposo a las garras del invierno ruso. Acaso ignorando que, aunque él pudiera indultarla por no entenderlo, difícilmente Tolstói pudiera perdonar sus propias culpas. El frío cruel lo sorprendió intentando huir de sí mismo.

    Pero quizás la muerte fue el escape perfecto a los recuerdos que lo perturbaban, a las memorias de una vida que deseaba olvidar para siempre. Sin embargo, la aristocracia no lo dejaría ir. Tolstói fue enterrado en la finca donde había nacido, la misma que él quiso dejar atrás, poco antes de morir. Aunque no pudiera verlo, Tolstói tendría éxito en su desesperada cruzada por dejar atrás sus orígenes. Miles de personas lo acompañaron en su muerte. Muchas de ellas despidieron al zapatero y al maestro, desconociendo al escritor noble. Entonces, parecía que por fin León Tolstói tendría en la muerte la paz que no encontró durante su vida.

    Sin embargo, el terremoto bélico casi lo despierta del sueño lúgubre. Durante la segunda guerra mundial, los tanques alemanes irrumpieron en la finca donde descansaban sus restos. Pero Stalin ya conocía los planes, y les había preparado una bienvenida a toda orquesta. Los explosivos llegaban hasta la tumba donde Tolstói descansaba pacíficamente en la muerte. El juego de sombras entre la guerra y la paz lo había seguido hasta la eternidad.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

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