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El Parque Urquiza tiene su propio lado oscuro

Escondido de la mirada del automovilistas y los apurados, la ciclovía, los senderos, y las escaleras de los que disfrutan caminantes y exploradores del Parque Urquiza representan un peligro y, a la vez, son una metáfora urbana estupenda: condiciones naturales atractivas pero nula o anómala infraestructura de servicios.

 

ΘRedacción El Diario

 

El Parque Urquiza es un símbolo de la ciudad. Incluso en épocas en que los paranaenses se quejan porque lo notan descuidado, los visitantes no hacen más que elogiar a ese enorme pulmón verde, con balcones naturales únicos y miradores desde donde disfrutar de un modo sencillamente espectacular del río Paraná.

La parte más impactante, por lejos, es la que rodea al Yaguareté: desde la avenida Laurencena hacia la Cuesta de Izaguirre (Bajada del Rowing) la combinación de barrancas, la verde gramilla, el arbolado y los arbustos, las obras de arte y escaleras, son una placer para la vista.

 

Desde de El Yaguareté la vista es excepcional. FOTO: Sergio Ruiz.

 

Ahora, si el circuito vial es recorrido en vehículo motorizado y a cierta velocidad las sensaciones son muy diferentes a si al Parque, desde la costanera alta, media y baja, es recorrido a pie. Ahí aparece otra dimensión, más micro. Y, con ella, surgen datos de un inexplicable deterioro que se extiende en el tiempo y que no tiene que ver con el trabajo cotidiano de los trabajadores municipales, cuyas cuadrillas permanentemente están juntando ramas, cortando el pasto y barriendo.

Por ejemplo, la bicisenda que bordea/conecta, el Mayorazgo, el siempre prolijo Rosedal y el anfiteatro Héctor Santángelo tiene falencias de todo tipo: hay tramos donde literalmente desaparece tapada por un barro persistente; en otros se advierten los hierros del hormigón degradado; en todos, la iluminación es escasa o nula. Y pese a todo, el circuito es utilizado por caminantes y runners, permanentemente, a distintas horas del día.

 

Avanza la obra que reacondicionará el anfiteatro Héctor Santángelo. FOTO: Sergio Ruiz.

 

La calle Jones Melvin, esa medialuna que arranca en la Bajada Los Vascos en su tramo medio y la conecta con la Danza de la Flecha, tiene un enorme potencial para ser recorrida, pero hacia arriba y hacia abajo se despliega una sucesión de eventos desgraciados: barrancas desmoronadas, escaleras descalzadas que no llevan a ningún lado o nos dejan ante una especie de abismo, senderos interrumpidos que rompen la circulación de eventuales caminantes, cámaras de inspección sin tapa que se convierten en trampas.

La pena es que son espacios donde la fauna y la flora agreste se regodean y transmiten una fresca sensación de reposo, especial para matear, conversar, leer o simplemente estar. En el viejo palomar sucede otro tanto: la infraestructura de servicios es escasa o está seriamente dañada. ¡Y pensar que supo ser una de las postales de la ciudad, junto al Patito Sirirí y el Túnel Subfluvial!

El problema central es que todas estas las falencias no son recientes; se advierte que hace años se viene arruinando el Parque.

Es triste, pero la rutina hace – a veces- que nos acostumbremos a situaciones precarias que las autoridades municipales no debieran desatender.

 

Una imagen demasiado frecuente para los que recorren el Parque desde adentro.FOTO: Sergio Ruiz.

 

Hay veredas que hace años se desplomaron y, sin embargo, nadie los repara. FOTO: Sergio Ruiz.