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martes, noviembre 29, 2022
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    Siempre hay fiesta cuando una escuela cumple años

    El centenario de la Escuela Monteagudo, en Valle María, es una ocasión propicia para repasar el vínculo existente entre las instituciones educativas y el anhelo de progreso de sus habitantes. El deseo por salir adelante en base al esfuerzo y la organización cooperativa, también es un valor que emerge de los testimonios de fuentes documentales y vivas.

     

    A 32 kilómetros de Paraná, por la ruta 11 que lleva a Diamante, se encuentra la comunidad de Valle María. Entre tantas historias de superación y organización comunitaria se encuentra la de un establecimiento educativo rural que surgió como escuela familiar y que, después de la llegada de los alemanes del Volga, fue consolidándose hasta formar parte del patrimonio educativo y cultural de la región.

    Hoy, justamente, 2 de octubre, vecinos de Valle María y la zona se reunirán en un acto en el actual establecimiento de la Escuela n° 26 Bernardo Monteagudo para conmemorar los 100 años del establecimiento. Será a las 9.30. Posteriormente habrá un almuerzo.

    La historia de quienes construyeron, sustentaron y proyectaron este espacio está íntimamente ligada a la esperanza inmigrante de encontrar un hogar, tan lejos de la tierra donde se nació. En ese sentido, cada relato es asumido como propio, porque nuestros caminos existenciales se han cruzado con el de parientes que han llegado a abrirse camino por estas tierras, no importa la colectividad a la que hayan pertenecido.

    Se trata de una escuela a la que se la conoció con varios nombres, según la época y ubicación geográfica: “la escuela de los campos de los González”, “la escuela privada-familiar”, “la escuela de los Alva”, “la escuela de los Hatt”, “la escuela n° 26” y, finalmente, “la Escuela N°26 Bernardo Monteagudo”.

    Actualmente, está ubicada en un terreno y edificio propio, inaugurado el 22 de septiembre de 1969. Y se encuentra en el camino de ingreso al colegio Stella Maris, desde ruta n° 11 al oeste, a unos tres kilómetros. Para considerar que se está festejando el centenario, se toma como punto de partida el año 1922, cuando comenzó a funcionar la escuela en el Establecimiento La Lidia, de la familia Hatt; aunque los orígenes de las actividades educativas hayan tenido lugar varios años antes.

    La escuelita rural de Valle María está cumpliendo su primer centenario.

    El pulso de la ruralidad

    Las fuentes escritas y orales consultadas atestiguan que la escuela de “los Alva” estaba a 200 metros del camino rural que va de este a oeste. Es decir, unos 4,3 km hacia el oeste de la ruta n°11 en el kilómetro 28,5. Estos campos habían pertenecido a una familia González. Por la creación de la Colonia General Alvear, en 1877-1878, le fueron canjeados por otras de mayor extensión en el departamento La Paz.

    El primer maestro fue el subteniente Juan José Alva, nacido el 20 de agosto de 1857. Era hijo de José Santos Alva y de doña Ubaldina Godoy.

    Alva le solicitó en ese entonces al administrador de la colonia, Samuel Navarro, la posibilidad de comprar una chacra contigua a la suya para su hijo Juan José, en las mismas condiciones que los recién llegados alemanes del Volga. Es decir, a 110 pesos la chacra de 44,85 hectáreas, pagadero en 10 años. El 7 de septiembre de 1878, el administrador confeccionó y firmó un documento de adjudicación, que dice: “Juan José Alva, mayor de edad (tenía 21 años) de profesión maestro de escuela; en el mismo lugar de su población podrá levantar su casa y poblarla”.

    Este primer maestro, de los “campos de los González”, primitivos pobladores de la actual zona de Pueblo Nuevo o Puerto Alvear, también elaboraba artículos de hojalatería, especialmente sartenes, ollas, fuentes y baldes, que las mujeres de los alemanes del Volga canjeaban por harina y otros ingredientes que recibían de la administración de la colonia.

    Juan José, se casó con Encarnación Fernández, hija de José María Fernández y de Melchora Pacheco. Nacida el 8 de junio de 1855 en Paraná. Doña Encarnación falleció el 8 de enero de 1951 a los 95 años y está sepultada en el cementerio católico de Valle María. Su tumba, por el tamaño, los detalles de construcción, los materiales utilizados y la placa, denotan la importancia e influencia que tuvo la vida de Encarnación.

    Según un testimonio que doña Encarnación ofreció en 1939, con 84 años de edad, su esposo Juan José Alva se vinculó y relacionó mucho con los inmigrantes alemanes del Volga recién llegados a la colonia. Además, por su destacada intervención a favor del orden y la paz en algunas perturbaciones civiles, el 2 de enero de 1882 recibió del gobierno provincial el grado de subteniente. La distinción se materializó en virtud de la mediación del jefe político de Diamante, Sebastián Etchevehere,.

    En estos campos, antes de la llegada de los inmigrantes y la creación de la colonia había propietarios, ocupantes y algunos “puesteros” de estos espacios. Algunos con títulos virreinales, en los que se criaban vacas y caballos. No se dedicaban a la agricultura. Algunas familias que Encarnación Fernández y Emilio Hatt nombran son: Camps, Pacheco, Fernández, Céliz, Albornoz, Velázquez, Ríos, Domínguez, Martínez, Méndez. Muy probablemente, los niños de éstos y otras familias iban a la escuela de “los campos de los González” en la que Juan José Alva fue su primer maestro. Con el transcurrir de los años, se la comenzó a nombrar y referenciar como la “escuela de los Alva” por estar en la chacra de Juan José Alva y luego de sus hijos.

    En síntesis, queda claro el funcionamiento desde 1878 de la escuela, primero denominada “de los campos de los González” luego de “los Alva”. Fue una escuela privada o familiar que funcionó hasta 1928. Esto se afirma en el libro de actas, en las “notas de inspección” del día 14 de abril de 1928. La responsable es la inspectora de la escuela n° 26.  “Más ahora que ha dejado de funcionar la escuela de familia que mantenía muy cercana”, se lee. Y, más adelante, “para mejorar las necesidades de la dotación de mobiliario y elementos de enseñanza, dejo en esta escuela (la n° 26) algunos elementos que he recogido de la escuela de familia que ha dejado de funcionar”.

    Se podría agregar que, cuando el Estado establece en 1922 la escuela N°26, ubicada 3 km al sur de la de “los Alva”, ésta decae y los alumnos y parte de su mobiliario fueron transferidos a la de los “Hatt”. De hecho, para muchos de los vecinos de la región la escuela N°26 es una continuidad de la escuela “familiar-privada” de “los Alva”.

     

    En campos de lo Hatt

    Santiago Hatt nació en 1842, en Schaffhausen, Suiza, a unos 11.000 kilómetros de Entre Ríos. Migró a Uruguay donde contrajo matrimonio con la viuda Elisa Ruprecht. Santiago abandonó el país oriental y se acopló a la inmigración de los suizos que fueron a colonizar San Justo, en Santa Fe.

    Hatt se dedicó a la actividad comercial. Acarreaba mercadería en carretas desde la ciudad capital. Pero sufrió varios ataques y lo desvalijaron.

    Fue una de las razones por las que se trasladó a Entre Ríos, en busca de un cambio de suerte. Se ubicó en el ejido de Diamante en 1873. Se dedicó al comercio junto a Antonio Tachella en el paraje del molino Airaldi. Allí nació Emilio Hatt. Era el 27 de febrero de 1875.

    Con la llegada de los Alemanes del Volga en enero de 1878, Santiago fue contratado por el administrador de la colonia, Samuel Navarro. Ofició de intérprete, pues dominaba el idioma alemán. Además, tenía la responsabilidad del aprovisionamiento de los insumos para los recién llegados.

    Es por eso que solicitó a Samuel Navarro la concesión de una chacra donde se instaló y que, luego, con los años, heredó a sus dos hijos: Emilio y Eduardo. Emilio Hatt vivió 75 años, entre el 27 de febrero de 1875 y el 18 de noviembre de 1950; en tanto, Eduardo Hatt falleció joven, había nacido en 1879 y murió el 20 de agosto de1925.

    Emilio Hatt bautizó el establecimiento con el nombre de su hija: La Lidia. Era un emprendimiento rural de 144 hectáreas, de las cuales 90 estaban destinadas a la agricultura y el resto a la ganadería. También tenía una amplia plantación de árboles frutales y funcionó allí un bañadero de inmersión que todavía está en pie, método usado para el control de la garrapata.

    Su casa y galpones aún están en uso, siendo su propietaria la familia Rome. Se trata de una construcción de no menos de 135 años.

    Don Emilio, fue un socio muy activo y propulsor de la incipiente cooperativa La Agrícola Regional; impulsor de las ideas del cooperativismo y asociativismo de los colonos, para defender sus intereses de modo agremiado. Fue, además, propulsor de las ideas socialdemócratas y de la educación básica y laica. En ese espacio privado y ese marco, funcionó la Escuela N°26 desde 1922.

    La foto permite asomarnos a un perfil sociológico de la colonia a través de sus hijos, hacia 1923.

    Nacimiento del actual establecimiento

    Por suerte, algunos documentos permiten testimoniar detalles de una época perdida en la memoria. Por ejemplo, una inspección realizada el 10 de junio de 1958 consigna que se trata de la Escuela N°26 “Bernardo Monteagudo”: es la primera vez que aparece ese nombre y contabiliza 19 alumnos.

    Luego, entre 1962 y 1964 aparece varias veces la necesidad de contar con un edificio propio.

    El 9 de junio de 1964, se da cuenta de la existencia de la cooperadora y la firme decisión de conseguir un terreno y construir un edificio escolar; y con el esfuerzo de todos, reunieron un fondo de 18.000 pesos. En el informe de inspección, se refleja por primera vez que la mayoría de los niños son descendientes de las familias alemanas campesinas, donde se habla casi exclusivamente alemán, lo cual dificulta el aprendizaje en primer grado. Ya en los grados superiores, se nota mucha contracción y empeño de los alumnos por aprender y cumplir con la tarea.

    Edificio propio

    En 1963 se constituye una cooperadora muy trabajadora, que en la mayoría de sus miembros se mantienen unidos y muy activos hasta 1970.

    Sus autoridades fueron, presidente: José Kranewitter; vice: Esteban Stamm; secretario: Enrique Wagner; pro-secretario: Nicolás Celis; tesorero: Pedro Hatt; pro-tesorero: José Engelberger; y, vocales: Dobler, Wendler, Schaab, Gassmann, Wagner.

    Los animaba un espíritu cooperativo, que los mantuvo asociados como vecinos, con un claro liderazgo ejercido por su presidente José Kranewitter, quienes la condujeron por tantos años, logrando su cometido: Su objetivo, casi obsesivo, era conseguir un terreno y construir un edificio propio, acorde y digno para los niños del vecindario.

    Apelaron a la generosidad de Alberto Hatt, vecino de un espíritu cooperativo, el cual donó una parte del terreno y otra, menor, se le pagó a un precio simbólico.

    Durante 1967, elevaron junto a la directora María Magdalena Morán, el proyecto de construcción al Consejo General de Educación, ofreciendo el terreno, los planos, (90 m2 de aulas, sanitarios, galería y patio), dinero en efectivo y toda la mano de obra para la construcción gratuita, perforación del pozo de agua, pozo ciego y cercado del terreno.

    Para fines de 1967 se inició la obra consistente en un aula, dirección y sanitarios. Los trabajos se dieron por terminados en julio de 1968.

    El 22 de septiembre de 1968 se inauguró oficialmente con un gran acto cívico y posterior almuerzo en una gran carpa.

    Alumnos en el establecimiento La Lidia, donde funcionaba la escuelita de los Hatt, hoy propiedad de Rome.

    Testimonio de una época

    La memoria individual ayuda a reconstruir épocas. Carlos Pelentier vivía a un kilómetro hacia el sur de Stella Maris. Su cuerpo recobra una energía juvenil al recordar sus vivencias en la actual escuela, en los años 70/80.

    “Cuando comencé la escuela, creo que la maestra era de apellido Martínez. Con mi hermano Néstor la buscábamos en el aeroclub con el sulky, porque entre las 7.15 y 7.20 pasaba el colectivo por la ruta, por lo que nos levantaban a las 6 y desayunábamos malta, o mate cocido con miel y pan casero y chorizo”, recuerda.

    Para cuando funcionó el segundo grado llegó otra maestra, pero ya iban caminando. “Iba con Beto, Gabriel y Silvia Krapp; mi hermana Elba y muchas veces lo llevábamos a Jorge Unrein. Teníamos 45 minutos caminando desde mi casa”, dice Pelentier.

    Recuerda que los que tenían más posibilidades iban a caballo o en sulky. “En mi casa teníamos tres caballos y uno solo era para el sulky, pero como teníamos obra de ladrillo los caballos se ocupaban para el trabajo”, describe.

    En los recreos todo era diversión. “Jugábamos a la bolita, la escondida, la mancha, o con la pelota de trapo. Cuando faltaba la maestra que atendía los grados más chicos, siempre iba uno de séptimo grado para cuidarnos”, rememora.

     

     

     

     

     

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