28.5 C
Paraná
viernes, diciembre 2, 2022
  • Deportes
  • Muy
Más

    Ginóbili-Delfino, dos caras de una moneda que se negó a extinguir su brillo

    Dos caminos enfrentados en la generación dorada del básquet argentino, la última llama de un fuego sagrado que resistió al ocaso irremediable.

     

    ALEJO PARIS/coordinació[email protected]

    Una pelota, un aro y media cancha. La naranja se interpone entre los duelistas. Frente al aro, Emanuel Ginóbili; de espaldas al cesto y cara a cara con su rival, Carlos Delfino. Dos legendarios jugadores del básquet argentino, dos símbolos de la generación dorada frente a frente en un uno contra uno. La secuencia es paradójica. Pertenece a la intimidad de un entrenamiento preparatorio para las olimpíadas de Río 2016 pero, en la era de las redes, la Confederación Argentina de Básquet toma registro audiovisual de la acción a fines de compartirlo a través de sus perfiles digitales. El desafío fue breve, hubo solo dos conversiones.

    Arrancando desde el eje de cancha, Ginóbili amagó al tiro de tres puntos, flanqueó la defensa de Delfino por la diestra del ataque y selló la jugada con una estética bandeja para ponerse uno arriba en el score. “¡Eso! ¡No te vayas campeón!”, el eco de voz de otra leyenda de ese plantel retumbaba en el desafío. Desde afuera, con una euforia propia de su juego (aunque en este caso impostada), Andrés “Chapu” Nocioni recordaba lo inminente: aquella competición implicaría el retiro de Manu con la camiseta de la selección argentina (también la del propio Chapu).

    Mientras tanto, de vuelta en la acción de juego, Nocioni no discriminaba en el aliento a sus compañeros. Antes con Manu, ahora con su rival: “¡Metela, Carlitos, dale!”. Obediente, Delfino respondía con un certero disparo de tres puntos sobre la defensa de Manu. Acto seguido, la prensa ingresó al entrenamiento y el desafío se detuvo (o al menos hasta allí fue registrado). Entre risas, Manu tomaba la pelota bajo su brazo como quien se aferra a sus ilusiones y a sus recuerdos. Aquel equipo del que ahora solo quedaban cuatro era un verdadero grupo de amigos, y el horizonte inmediato suponía el fin de las aventuras.

    Ginóbili, Scola, Nocioni, y Delfino eran los últimos eslabones de una generación inolvidable que anunciaba su última función. Si bien Manu y Chapu decidieron que su destino con la camiseta albiceleste quedaría sellado en aquel torneo, Scola y Delfino no lo habían decidido así. Scola, el gran capitán de la generación, vería su ocaso recién en Tokio 2020. Torneo que, a causa de la pandemia, se disputaría en 2021 (sutiles indicios de un destino rebelde que estiraba la agonía de la llama dorada). Para Carlos Delfino, aquella era su oportunidad para renacer en el básquet profesional.

    MANU GINÓBILI, EL HÉROE INSOSPECHADO

    Ese breve uno contra uno no era solo un partido íntimo entre dos leyendas, también era el punto exacto donde colisionan dos destinos opuestos. El de quien se amiga con su ocaso y el de quien, como Atlas, carga en sus espaldas el peso del telón que determina el fin.

    Dos años más tarde, vistiendo el uniforme de San Antonio Spurs y dejando una profunda huella allí, Ginóbili dejaría la actividad profesional de manera definitiva.

    Fruto de una Liga Nacional de Básquet que sentó las bases y de una generación que cambió un paradigma, Manu será por siempre un jefe en el olimpo del deporte argentino. Lo que hizo Ginóbili en el básquet podría representarse en un concepto: “conquista”. Manu llevó el potrero, espíritu del fútbol argentino, hasta el básquet.

    También consiguió que Europa se rindiera a sus pies al ganar una Euroliga, siendo elegido el mejor jugador de ese torneo. Pero no solo el torneo europeo colonizó, sino también una jugada con ese sello: el eurostep. Se trata de un doble paso hacia el aro que Manu practicó hasta exhibirlo como una de sus armas credenciales en cada una de sus conquistas en la NBA.

    No obstante, él mismo y todos los suyos se han encargado de hacerle saber al mundo que no estaba predestinado a ser quien sería. Vivía al lado del club que lo vio nacer, Bahiense del Norte era como el patio de su casa. Su llegada al básquet parecía un mandato familiar implícito, sus dos hermanos mayores practicaron el deporte de manera profesional. Sin embargo, Manu no era el mejor de su edad ni despertaba remotas sospechas de que pudiera convertirse en el fenómeno que fue. Las cosas cambiaron cuando el crecimiento de su cuerpo le dio la chance que él estaba esperando, y entonces Ginóbili trazó su destino. Quizás su primer éxito pueda haber sido el definitivo. Manu esperó la oportunidad habiendo hecho todos los deberes. “Siempre listo”, como los scouts.

    CARLOS DELFINO, EL ÚLTIMO ELEMENTO

    Por otra parte, la predestinación aparece casi como gen en los Delfino. “Cabeza” (como le dicen los suyos) es la quinta generación de varones recibir el nombre de “Carlos”, y de continuar esa costumbre con su hijo. Deportivamente, a diferencia de Manu, era una promesa desde chico y se perfilaba como un fuera de serie. Sin haber participado del
    proceso que gestó a la Generación Dorada, Delfino se incorporó a la selección para ganar el oro en 2004. Muy joven se colgó una medalla de oro en el cuello, muy joven fue seleccionado por los Detroit Pistons para llegar inmediatamente a la liga más importante del mundo. Sin embargo, años después, el talento que parecía la llave de su éxito fue eclipsado por una lesión que modificó el rumbo de su carrera deportiva. El azar metió la cola, Delfino la pisó y se fracturó el pie. Su vida basquetbolística se representa en aquella jugada en la que se fracturó el hueso escafoides de su pie derecho, el mismo que lo llevaría a operarse siete veces. Eran los playoffs de la temporada 2012/2013, y Delfino venía atravesando uno de sus mejores momentos desde que inició su paso en la NBA. Robó la
    pelota, recorrió el campo y la volcó en la en la cara de un impávido Kevin Durant que llegó tarde al cruce. Sin embargó, el éxtasis se haría agonía. Después de aquel espectacular despegue, Delfino aterrizó al borde del abismo de su carrera.

    Lo supo de inmediato. “Sentí que algo se había roto”, había dicho alguna vez. Se operó 6 veces, en diferentes lugares y con diferentes profesionales, hasta dar con la alternativa correcta casi de casualidad y casi sin esperanzas. La perseverancia forjó su temple, y Carlos volvió a jugar básquet para ser la última llama de un fuego que se niega a extinguirse. Si Ginóbili se preparó para esperar su oportunidad, Delfino nunca dejó de insistir para recuperar lo que el infortunio le había arrebatado.

    CRUCE DE DESTINOS

    En una cadena de sucesos que terminó entre el 10 y el 11 de septiembre de 2022, los destinos Manu Ginóbili y Carlos Delfino quedaron ligados para la posteridad. Todo empezó en Springfield el sábado 10, cuando se celebró la ceremonia anual de ingreso al Salón de la Fama de la NBA. Manu Ginóbili tuvo su velada inolvidable, quedando inmortalizado entre los mejores de la historia de los inventores del deporte. 24 horas después, en el hemisferio opuesto del continente, la selección argentina de básquet masculino ganaba el torneo
    continental de selecciones. La última vez que la selección se había consagrado había sido 11 años atrás, en era dorada. Un solo rostro dorado fue repetido en la foto del campeón: el de Carlos Delfino, el rebelde que se negó a aceptar su destino, la última llama de una generación que una y otra vez se negó a extinguirse. Era 11 de septiembre, y quizás no haya habido una fecha mejor para consagrar al último elemento de los consagrados en la cuna de la sabiduría en Atenas 2004. Una vez, hablando de Manu Ginóbili, Adrián Penza dijo que “el destino es un guionista caprichoso que a veces se pone romántico”.

    RESUMEN DEPORTIVO

    Lo más leído

    Agroclave