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martes, diciembre 6, 2022
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    Una vida activa, para retrasar la emergencia del Alzheimer

    Mientras en los laboratorios se busca la manera de acelerar la detección, ralentizar los efectos del Alzheimer y, eventualmente, hallar tratamientos de cura, hay una serie de indicaciones que están al alcance de nuestras manos y que ayudarían a mantener activa y ejercitada a la memoria y a las funciones cerebrales. Esta patología dañina responde a cuestiones orgánicas. No obstante, ciertas formas de vida pueden pronunciar o desacelerar sus efectos.

     

    Redacción El Diario

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    Los criterios de detección de la enfermedad de Alzheimer, la más frecuente de las demencias, experimentaron una profunda transformación en la última década al punto que hoy es posible llegar a un diagnóstico presuntivo entre 15 y 20 años antes de que se manifiesten los primeros síntomas clínicos de pérdida de la memoria, según explicaron especialistas.

    Toda esta revolución tuvo lugar gracias a la identificación de “biomarcadores” o indicadores biológicos -como la proteína TAU y la beta amieloides- presentes durante su “fase silenciosa” o preclínica, la cual puede anteceder hasta en dos décadas la de los síntomas exteriores observables.

    “Lo más novedoso en materia de diagnóstico es que hoy existen biomarcadores que permiten algo surrealista, que es diagnosticar la enfermedad con certeza y precocidad antes que suceda», dijo el médico psiquiatra y decano de la Facultad de Medicina de la UBA, Ignacio Brusco.

    A partir de allí, es posible “retrasar ese comienzo a través de la combinación de una medicina de alta tecnología y técnicas de atención primaria”, lo que redunda en una mayor sobrevida y una mejor calidad de vida.

    Por su parte, el médico neurólogo Juan Ollari, quien tiene a su cargo el Centro de Neurología Cognitiva del Hospital Británico de Buenos Aires, explicó que, si bien “los criterios diagnósticos han cambiado a nivel mundial y hoy se basan sobre todo en biomarcadores” rastreables a través de estudios de imágenes o del líquido encefalorraquídeo, en Argentina aún “no están aprobados por la Anmat para uso clínico”.

    “Se puede hacer (los estudios de biomarcadores) porque están disponibles, es decir, se puede hacer una tomografía por emisión de positrones (PET) o se puede hacer una punción lumbar para determinar presencia de beta-amiloides o de la proteína Tau, pero no fueron oficialmente aprobados -creo que por cuestiones de costos-, los tiene que afrontar el paciente y son relativamente caros”, explicó Ollari.

    Las investigaciones científicas a nivel mundial también están abocadas al desarrollo de técnicas diagnósticas menos invasivas que la punción lumbar “que implica un riesgo”, y ya hay “algunos trabajos que están evaluando la medición (de los biomarcadores) por análisis de sangre y saliva”, aunque “están muy en pañales”.

    Que el Alzheimer sea una demencia implica que es una enfermedad caracterizada por “el deterioro grave de la capacidad mental en diferentes aspectos cognitivos y conductuales, con la suficiente severidad para interferir en el funcionamiento en las actividades de la vida diaria”, según la definición de la “Guía para el abordaje de personas que presentan la enfermedad de Alzheimer y otras demencias”, publicada el año pasado por PAMI.

    Alrededor del 70% de las personas con demencia padecen Alzheimer, una patología gradual, crónica, neurodegenerativa, incurable y terminal que está relacionada con la acumulación de sustancias tóxicas en el cerebro, tales como las proteínas beta-amieloides y las proteínas tau. Según estimaciones de la Alzheimer’s Disease International (ADI), en Argentina unas 503.000 personas padecen la enfermedad.

     

    Indicios

    Los síntomas van agravándose con el tiempo: comienzan con dificultad para recordar información recién aprendida, prosiguen con problemas en el uso del lenguaje y desorientación, suceden luego cambios en el humor o el comportamiento y dificultad en la toma de decisiones, para arribar a una última etapa en la que el paciente ya no puede caminar y tiene problemas de deglución.

    En cuanto a los factores de riesgo, el principal es tener más de 65 años, aunque también hay condicionantes genéticas.

    “La prevalencia es de solo el 5% a los 60 años mientras que, a los 80 años, se da en más de la mitad de la población”, explicó Brusco.

    A esos factores de riesgo no modificables, se agregan otros de carácter modificable como la salud cardiovascular -hipertensión, diabetes, colesterol, tabaquismo, obesidad-, el sedentarismo, una dieta no saludable, déficit de estimulación cognitiva o de horas de sueño.

    “Se ha comprobado que el ejercicio aeróbico programado de al menos 20 minutos 4 veces por semana duplica los tiempos para la evolución de la enfermedad, que la existencia de redes sociales de contención reduce 6% las probabilidades de desarrollar Alzheimer y que la pérdida auditiva las aumenta un 7%, un poco menos que el estrés y la depresión (3 o 4%)”, dijo.

    Más allá de los avances en el desarrollo de biomarcadores aún no aprobados en Argentina, el diagnóstico del Alzheimer sigue siendo mayoritariamente clínico, es decir basándose en evaluaciones cognitivas (de memoria, resolución de problemas, atención y habilidades del lenguaje), pruebas de laboratorio e imágenes cerebrales.

    “Hoy por hoy todos los criterios diagnósticos internacionales piden la presencia de biomarcadores porque a nivel de análisis clínico hay muchas patologías que pueden parecer un Alzheimer y no serlo; y la única posibilidad de diagnosticarlo con certeza -hasta ahora- es la anatomía patológica (cerebral, ya con el paciente fallecido)”, explicó Ollari.

    En cuanto a los factores genéticos, Brusco explicó que, a diferencia de los biomarcadores, “no marca detección sino riesgo aumentado” de padecer la enfermedad.

    “En algunos casos, el Alzheimer se asocia en ciertas fallas genéticas que pueden ser transmitidas de padres a hijos y que coinciden con cuadros de comienzo temprano -a los 50 o 55 años-; pero representan entre 3 al 4% de las formas de la enfermedad, son rarísimas”, dijo Ollari.

     

    Abordaje

    En cuanto al tratamiento, éste se divide en farmacológico y no farmacológico.

    “El tratamiento farmacológico ataca dos patas de la enfermedad: para la pata cognitiva solo hay tratamientos que tienen como finalidad demorar, retrasar o hacer más lenta la progresión de los síntomas; mientras que para la pata conductual lo que se recomienda es medidas en lo posible no farmacológicas, para que el paciente pueda lidiar con sus problemas con otras herramientas”, dijo Olleri.

    En ese sentido, Brusco apuntó que “hay retiro de medicación que hace daño, como los antisicóticos, que se daban con liviandad” hasta que se demostró que “duplican la mortalidad a los tres años de usar esos medicamentos” en pacientes con Alzheimer.

    “Antes, el Alzheimer se diagnosticaba más tarde, no había tratamiento especializado; el paciente evolucionaba librado a su suerte. Hoy se diagnostica mucho antes y al empezar el tratamiento más temprano garantizamos un enlentecimiento de la progresión de la enfermedad”, concluyó Ollari.

    Hacer actividad física regularmente puede ralentizar la aparición del Alzheimer. FOTO: Gustavo Cabral.

    Al menos hasta hoy, el Alzheimer sigue siendo una enfermedad sin cura.

    Concientizar

    “Actualmente, se cree que cada tres segundos una persona desarrolla demencia en el mundo y que la cantidad de individuos con demencia aumentará exponencialmente en los próximos años”, explicó el jefe de Neurología Cognitiva del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro, Santiago O´Neill.

    Por su parte, Guido Dorman, del departamento de Neurogerontopsiquiatria en Ineco, destacó que el Alzheimer es la quinta causa principal de muerte entre los argentinos, “con el enorme costo social y económico que implica el cuidado” de estos pacientes.

    “Si bien hoy es una patología que no tiene cura y es lentamente progresiva, el Alzheimer tiene tratamiento. El diagnóstico temprano realizado por profesionales especializados junto con el tratamiento adecuado, ayuda a enlentecer la progresión de la enfermedad y a mejorar la calidad de vida de los pacientes y las familias”, dijo O´Neill.

     

    Políticas públicas

    Hace 50 años la enfermedad Alzheimer era muy poco frecuente. Hoy es un problema de salud pública. De hecho, América Latina enfrenta el desafío de convertirse en una de las regiones con más casos de demencias en el futuro.

    “En la Argentina se estima que hay 500.000 personas con Alzheimer. Pero es solo una extrapolación porque no hubo un estudio epidemiológico reciente”, señaló el doctor Ignacio Brusco, médico neurólogo y psiquiatra, investigador del Conicet y decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.

    Esta visión es compartida en general por Laura Morelli, neurocientífica e investigadora principal del Conicet en la Fundación Instituto Leloir en la Argentina. Para ella, la falta de diagnósticos oportunos y las barreras para el acceso al tratamiento para las demencias como Alzheimer son problemas de salud pública. “Hay que tener en cuenta que en países de bajos y medianos ingresos como los de América Latina aún no se han implementado políticas que estén dirigidas al control de los factores de riesgo de las demencias. Por lo cual, lamentablemente los casos de demencias aumentarían en los próximos años”, afirmó.

    Jugar es un buen recurso para agilizar la memoria.

    Una enfermedad que puede prevenirse

    El Alzhéimer, descripto en 1906 por el psiquiatra y neuropatólogo alemán Alois Alzheimer, tiene mayor prevalencia entre las mujeres. Tradicionalmente se ha dicho que, como el principal factor de riesgo de demencia es la edad y las mujeres tienden a vivir más años que los hombres, existe un mayor número de mujeres en edad avanzada, etapa en la cual la enfermedad se ve con mayor frecuencia. Pero, en realidad, para que la explicación resulte seria se debiera prestar mejor atención a factores biológicos y hormonales y, aunque parezca mentira, las condiciones de vida que, en muchísimos casos, empujan a que las personas cedan en favor de las tecnologías funciones que son propias del cerebro y que lo mantienen ágil.

    Como se ha dicho, las proteínas beta amiloides y TAU se han convertido en la diana de distintas terapias modificadoras de la enfermedad que se encuentran en desarrollo. Algunos de esos medicamentos han entrado ya en las etapas finales de los ensayos clínicos. No obstante, las nuevas terapias probablemente solo contribuyan a reducir la velocidad del deterioro cognitivo.

    Los especialistas prefieren insistir en que existen hábitos de vida que impactan positivamente en la memoria y el pensamiento a medida que se envejece. Sin que el listado sea exhaustivo, puede destacarse en ese sentido la conveniencia probada de hacer ejercicio físico, controlado por especialista; mantener la mente activa a partir de la práctica de jugar, de conversar o de asistir a conferencias; interactuar con la familia y los amigos, y evitar la tendencia al aislamiento; alimentarse de manera saludable, con una dieta rica en frutas y vegetales, pollo, cerdo y pescado.

    También suele aconsejarse tener una adecuada higiene del sueño ya que un pobre descanso en la noche deriva en un pensamiento rumiante y en la pérdida de habilidades de memoria durante el día. En el mismo sentido, es un buen programa intentar reducir el estrés; es decir, asumir que las tensiones son inevitables, pero, su exceso es dañino.

     

    En la punta de la lengua

    Con la posibilidad de acceso inmediato a cualquier tipo de información, no hacemos ningún esfuerzo por buscar entre nuestros recuerdos e intentar acordarnos de datos o determinadas anécdotas. De hecho, incluso al compartir una conversación de WhatsApp con otra persona es habitual que reproduzcamos palabra por palabra, en lugar de destacar lo importante y elaborar lo que queremos transmitir.

    Un psiquiatra y neurocientífico llamado Manfred Spitzer utilizó la expresión demencia digital, para aludir al tipo de daño que provoca un uso desproporcionado de las tecnologías digitales. La demencia digital supone una disminución de la memoria y del rendimiento cognitivo por el hecho de tener integrado que podemos recurrir a Internet y a las redes sociales para resolver nuestras preguntas.

    Hay que tener mucho cuidado con esta tendencia, porque si no ejercitamos nuestras neuronas, según Spitzer, nuestro cerebro se puede atrofiar desde temprana edad, lo que puede ser muy negativo a largo plazo.

     

     

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