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jueves, octubre 6, 2022
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    Los implacables retratos de un irreverente llamado Oscar Wilde

    Víctima de la hipocresía de su época, Oscar Wilde debió afrontar dos formas de muerte. Escritor de poesía, cuentos, relatos y ensayos, la opción vital del arte por el arte, su perspicaz sentido del humor y sus deleites excéntricos, desafiantes, le jugaron en contra en una sociedad pacata. Alcanzó celebridad con la única novela que lo tiene como autor: “El Retrato de Dorian Grey” (1891).

     

     

    Alejo Román París / [email protected]

     

    En el número 85 del Boulevard de Strasbourg, en París, funciona el hotel L’Asalce. En el restaurante de la planta baja, entre el rumor de huéspedes y las lágrimas etílicas que decoran los cristales de las copas, pervive acaso la última exhalación de un genio irlandés que quiso morir en el olvido.

    Era 30 de noviembre de 1900 y, con la certeza de que no podría pagar, el huésped registrado como Sebastián Melmoth pidió una botella de champagne. Empuñó su copa, como quien se aferra a sus sueños incluso en el ocaso, y sirvió hasta la última gota. Su nombre todavía puede leerse en la factura impaga que dejó antes de morir.

    Sebastián Melmoth fue el pasaporte hacia el olvido del escritor y dramaturgo irlandés Oscar Wilde. Bajo él se refugió incluso en su lecho de muerte. En el cristal de su última copa habrá observado su implacable reflejo, aquel del que tanto intentó escapar como fantasma de sus propias criaturas. Precisamente, como el mismísimo Dorian Grey, murió al reconocerse en el gesto de sinceridad. Pero no allí, pues esa sería la muerte de Melmoth. El asunto es complejo porque Oscar Wilde murió dos veces: primero en Londres, como Wilde; después en París, como Melmoth.

    Doble final

    Su primera muerte fue sentenciada en el juicio victoriano, y fue una muerte metafísica. Condenado penal y socialmente por sodomía, el despojo de Wilde prolongó su agonía física inventando a Sebastián Melmoth como un refugio en el olvido.

    Entre las versiones sobre su muerte física se impone, por grado de certeza (o la tradición romántica prefiere así hacerlo), que sus últimas palabras fueron: “Estoy muriendo por encima de mis posibilidades”, mientras sostenía aquella copa de champagne que no podía pagar. Verdad o no, bajo el mismo hechizo hedonista al que había sometido al joven Dorian, Wilde no se privó de los placeres en vida y tampoco lo haría ante la proximidad de la muerte.

    Sin embargo, el escritor como tal se había apagado algunos años antes de que París iluminara su ocaso. Fue justo después de haber sido condenado a la reclusión en la oscuridad de Reading. Oscar Wilde había vivido a la sombra de su propio retrato. Preocupado por su imagen y su reputación, incapaz de reconocer el reflejo sincero de su alma. Paradójicamente, sería en la oscuridad de la cárcel donde se iluminaría su verdadero rostro.

     

    El juicio de los hipócritas

    Contradictoriamente, la cadena de actos y consecuencias que lo llevaría a sus destinos finales empezarían en la cúspide de su carrera. Wilde había nacido en Dublín el 16 de octubre de 1854, y llegó a Londres después de haberse formado en el Trinity College. En 1890 Wilde publicó su única novela, “El Retrato de Dorian Grey”. Se trata de una narración que revisita el concepto de pacto diabólico del Fausto de Goethe, aunque en este caso la belleza (amparada en la juventud) reemplaza al conocimiento. En esta única novela hay diferentes guiños que la propia vida de Wilde se encargaría de confirmar de alguna u otra manera.

    De hecho, la relación entre Basil Hallward y Dorian Grey fue cuestionada durante el proceso que determinó la sentencia del autor. En el prefacio del artista que precede al inicio de El Retrato de Dorian Grey, Wilde utiliza la metaficción para incluirse dentro de la historia y así proponer un origen de la obra.

    El Retrato de Dorian Grey es una metáfora de la hipocresía victoriana, algo que la propia sociedad londinense se encargaría de certificar con sus propios actos cuando condenó (judicial, pero también socialmente) a Wilde por ser homosexual, utilizando la mencionada pieza literaria como prueba en contra del autor. La novela fue su retrato, hasta el propio Wilde fue víctima de ese germen hipócrita.

    En 1890 John Douglas, noveno marqués de Queensberry, lo acusó de sodomita. Su amante, Alfred Douglas (hijo del marqués), persuadió a Wilde de denunciarlo por difamación. A pesar de que era cierta la relación que Wilde y Douglas mantenían, la homosexualidad estaba penada como delito. Esas normas sociales obligaron a Wilde a traicionarse, lo arrastraron a la hipocresía. Finalmente, el marqués quedó libre y Wilde fue condenado. Lo encontraron culpable de llevar el rostro descubierto en un baile de máscaras, fue despojado de su alma y enviado a la cárcel.

    En su ocaso metafísico, sin embargo, se pronunció su corazón: “El amor que no se atreve a decir su nombre, y a cuenta del cual estoy aquí́ hoy, es precioso, está bien, es una de las formas más nobles de afecto que existen”.

    El cuerpo de Oscar Wilde, sin embargo, prolongó su deceso durante un lustro de agonía.

     

    En su atardecer

    La oscuridad de la cárcel de Reading, iluminó su verdadera identidad: “Escribí cuando no sabía qué era la vida. Ahora que comprendí su significado, ya no tengo qué escribir”, había dicho una vez.

    Desde ese juego de sombras y luces, le escribió a Alfred Douglas una larga carta que luego sería publicada bajo el título de De profundis: “Yo también me forjé ilusiones. Creí que la vida iba a ser una brillante comedia y tú uno de sus encantadores personajes. Me di cuenta que la vida era una tragedia asquerosa y horrible, y que la ocasión siniestra de la gran catástrofe eras tú mismo, sin esa máscara de alegría y placer que a ti y a mí nos sedujo y nos descarrió”.

    Antes de ser condenado, Wilde podría haber partido al exilio. Sin embargo, como Sócrates, prefirió aguardar su final con estoicismo. Para Rubén Darío, “Wilde aprendió que los tiempos cambian, que Grecia antigua no es la Gran Bretaña moderna”.

    Consciente de su deceso metafísico, Wilde ya no tenía nada que defender. Por eso, al salir de prisión, buscaría refugio en el ostracismo. Sepultó la identidad Oscar Wilde y adoptó la de Sebastián Melmoth, un personaje literario que fue concebido bajo el mismo pacto diabólico que Fausto o Dorian Grey.

    Sin embargo, los placeres y el glamour de Wilde pervivían detrás de su nueva máscara. Bajo el disfraz de Melmoth, Wilde esperaría la muerte en París. Murió por encima de sus posibilidades. Con dinero prestado de amigos, tomando un champagne que no podría pagar. Hedonista hasta el final. El mismo Wilde había demostrado conciencia de su destino irrevocable en su última obra, La balada de la cárcel de Reading: “El que vive más de una vida, más de una muerte debe morir”.

     

     

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