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Historias que inspiran: Daniel el vendedor

Estaba recibiendo una capacitación en atención y venta al público. Daniel, un porteño muy simpático e hiperquinético, me transmitía su experiencia. “Jamás juzgues a una persona por su apariencia”, me dijo, y fue lo mejor que aprendí.

 

Colaboración | Carolina Oertel

 

Daniel me contó su historia, que me dejó una gran enseñanza.

Él trabajaba en el barrio de Once, en una tienda de ropa masculina. Atendía a los clientes según su aspecto, así que si la persona que entraba al local daba la sensación de buena situación económica él se esmeraba en el trato, le dedicaba tiempo y amabilidad; por el contrario, si aparentaba ser pobre o llevar poco dinero, su trato era despectivo y antipático. “Atendete solo”, era su política.

El dueño de la tienda ya le había advertido varias veces que no debía comportarse así con los clientes, que todos debían ser tratados de la misma manera, con respeto, simpatía y debían ser asesorados, si ellos lo pedían. Mas el joven vendedor hacía caso omiso a sus llamados de atención.

Finalmente, un día el dueño, harto de su actitud, le dio la última advertencia:

–Te veo nuevamente tratar mal a una persona por su aspecto y sin dudarlo un instante te echo. Ya has colmado mi paciencia, es una falta de respeto que trates a las personas así.

Pero Daniel, cuando el dueño no estaba, seguía con la misma conducta.

Una mañana entró al negocio un señor, muy mal vestido y con aspecto muy humilde. La reacción de Daniel fue de disgusto, más al ver que el dueño de la tienda con los lentes en el puente de la nariz y la mirada penetrante con que lo observaba, se esmeró en atender bien al hombre.

Le preguntó qué buscaba y la respuesta fue:

–De todo un poco.

Daniel, entre dientes, se reía, y por dentro por supuesto pensaba que ese sujeto no podía comprar ni un par de medias.

Comenzó a mostrarle camisas, se probó unas veinte. Las dejó todas apiladas en un rincón.

Le pidió pantalones de jean, también se probó varios. Los apiló sobre el mostrador.

Le pidió pantalones de vestir y trajes. Le pasó todos los que había de su talle que eran más de quince.

En cada prenda que Daniel le pasaba la mirada del dueño estaba posada, cada movimiento era observado, y como él sabía que su trabajo corría peligro, se hacía el amable.

Hasta que se hartó de ese hombre de mal aspecto; lo había enloquecido con tanta ropa que le había pedido. Ya poco le importaba si el dueño lo echaba, pero estaba ofuscado y agotado de ese sujeto que le vació percheros y estantes y nada le compraba.

De mala manera le preguntó:

–Bueno, y de todo esto ¿qué te llevas?

–Todo –fue la contundente respuesta.

–¿Con qué tarjeta y en cuántos pagos? –inquirió Daniel, arrogante, dando por sentado que era ese el medio de pago, o que tal vez le estaba jugando una broma, o peor aún, que era un loco que le había hecho perder dos horas de su tiempo.

–No, pago en efectivo –fue la sorprendente frase del cliente.

Daniel se quedó mirándolo, y de cada uno de sus bolsillos el hombre comenzó a sacar rollitos de dinero.

El señor era verdulero, dueño de varias verdulerías. Desde temprano, ese día –como todos los días– estaba trabajando, por eso su aspecto desaliñado.

Manuel, el verdulero, siguió comprando en ese local durante años.

Tiempo después, Daniel cambió de trabajo y de ciudad, pero se llevó una de las mayores enseñanzas de su vida.

No sabemos quién es la persona que se presenta por primera vez ante nosotros, no sabemos su historia, sus penas, su situación económica, su estado de salud ni su nivel intelectual y cultural. Vemos a los demás por el tamiz de cómo estamos nosotros internamente, y más de una vez nos sorprendemos con lo que descubrimos.

 

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