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lunes, agosto 8, 2022
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    Juan Carlos Ghiano y su legado en una puesta que tributa un merecido homenaje

    En un clásico que es llevado a escena con el compromiso y respeto que merece, el director César Román Escudero propone en “La Garay, mujer para recordar”, su mirada sobre “Narcisa Garay, mujer para llorar”, de Juan Carlos Ghiano. La puesta resulta además un merecido y digno homenaje en el centenario del nacimiento del autor nacido en Nogoyá.

     

    Carlos Marin / [email protected]

     

    Que mayor homenaje para un dramaturgo que recordarlo llevando a escena sus obras. Ese es el caso del reconocimiento que, en el año del centenario del nacimiento de Juan Carlos Ghiano, concreta César Román Escudero y el Grupo Teatro del pueblo con la puesta de La Garay, Mujer para recordar. Se trata de una relectura de uno de los clásicos del dramaturgo nacido en Nogoyá: Narcisa Garay, mujer para llorar.

    En la puesta de esta tragicomedia que fuera éxito en el momento de su estreno (década del 50 del siglo pasado), el director oriundo de Crespo entrega, con un equipo concertado que configuran el grupo Teatro Independiente Del Pueblo, una ponderable versión que se estrenó a fines de 2021 y pudo apreciarse durante dos fines de semana en el Centro Cultural La Hendija.

    En el texto original, desde una perspectiva costumbrista, el autor reflejó el universo inconmensurable del conventillo, con tantas historias como personas habitaron esos ámbitos en los que, a modo de crisol de culturas, se forjó parte de la identidad porteña. De allí surgieron personajes referenciales en la escena social y cultural del país.

    En diez personajes (si se toma en cuenta uno que es nominado pero no aparece jamás en escena), se resumen prototipos que han dejado su marca en un panorama en que lo esencial es ante todo respetar las convenciones sociales. No sólo se trata de ser, sino también de parecer. En un contexto social de estrecheces y zozobras, las personas intentan sobrellevar lo mejor que pueden sus existencias. Los personajes de la obra –llevados a escena con dignidad por las actrices y actores del elenco- exponen virtudes y miserias de un universo cuasi marginal. Lo hacen desde un registro en que –con acierto- el director no ha eliminado cierta ingenuidad en un guiño a la nostalgia por un momento ya pasado del país. Pero que al mismo tiempo, resuena con una actualidad que sostiene la vigencia de un clásico.

    En el planteo escenográfico Escudero define una parte clave de su planteo, al ubicar en el espacio escénico lugares y roles que ocupa cada personaje. En lo alto del conventillo Narcisa y su mundo, supuestamente alegre y glamoroso, quien detrás de una aparente felicidad esconde la impostura que generan el vacío y la soledad, con vidas que brillan pero se consumen velozmente, como estrella fugaz.

    En el llano las historias de quienes giran alrededor de esa mariposa triste que ata su destino a amantes que le permitan mantenerse.

    Cada tanto un personaje que habita ese mundo es habilitado a subir al Olimpo en el cual habita Narcisa. Pero sólo algunos pueden acceder a la intimidad del gineceo. Unos arrastrados por el deseo; otras habilitadas por la tragedia.

    El personaje de Narcisa se contrapone con los de las vecinas del inquilinato, solteras y respetables y al mismo tiempo envidiosas por aquello que no poseen, en un momento en el cual el único destino que parece tener una mujer a mediados de siglo XX es atar su destino al de un hombre. Allí aparece el conflicto.

    Engañosa, la historia se presenta al comienzo y se deslizará, subrepticiamente por detrás de la trama visible para exponerse con crudeza en el cierre, un 1 de enero. Un final en el cual el director se tomó la licencia de dar un giro y añadir un matiz para resignificar el lugar de la protagonista y dejar un mensaje abierto a la reflexión sobre la construcción social de roles y esterotipos acerca de la mujer. De allí la modificación al título original.

    COMPROMISO Y RESPETO

    El resultado de esta propuesta del director entrerriano –con 25 años de recorrido en el mundo del teatro- expone lo que son aspectos sobresalientes de un estilo que comienza a definir su propio perfil. La dramaturgia ha sido trabajada por Cesar Román Escudero con el compromiso y el respeto que merece la propuesta de uno de los referentes de la escena nacional como Ghiano. En esta oportunidad se suma en la asistencia Solange Vetcher.

    También hace visible el afinado trabajo del director con el elenco, trabajando los matices que implica encarnar los personajes sobre los cuales gira lo cotidiano de ese conventillo: desde la madura y deseada protagonista, que coquetea como estrategia de supervivencia, pasando por la sufrida ama de casa con marido bohemio y ausente, otra que estira un vínculo que se descompone, hasta la vecina soltera erigida en guardiana de los buenos usos y costumbres. En ese universo femenino, la presencia masculina acompaña las alternativas de la historia.

    Claudia Salva, Rosana Da Silva, Solange Vetcher, Silvia Broggini, Sergio Gullino, Aimé Abate, Laureano Marino, Dimás Santillán y Franco Paris entregan un trabajo a la altura de lo que las circunstancias –llevar a escena un clásico de estas características- implica.

    El trabajo actoral se completa con el atinado trabajo en los aspectos técnicos, a cargo de Gustavo Morales; vestuario, a cargo de Laly Mainardi; y el maquillaje, que aporta a lograr el carácter necesario en algunos personajes.

    A cien años del nacimiento de Juan Carlos Ghiano, La Garay, mujer para recordar honra la memoria del reconocido dramaturgo en una versión que cabe celebrar y que actualiza la frase “nada más actual que un clásico”.

     

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