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miércoles, octubre 5, 2022
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    Reflexiones: Un cuarto de nostalgia

    Es toda una aventura de fin de semana ir al supermercado. Entrar en esos grandísimos edificios, donde podés encontrar todo lo que te hace falta para subsistir.

     

    Millones de pesos en inversión para tener semejante empresa al servicio de la gente.

    Pero jamás hay un carrito que funcione bien. Y me da bronca. Que tengas que hacer el doble de fuerza para no chocar a la señora de adelante. Aunque todos los clientes saben que no es intencional. Pero las ruedas sienten tu apuro.

    Sienten que cuando más cargado vas, con niños a tu alrededor, es hora de hacerte la vida imposible.

    Y llegar al auto es otro desafío. Si no calculás bien, el endemoniado contenedor móvil de mercadería, se va contra todos los espejitos y puertas de otros autos del estacionamiento.

    Tenés que tener una fuerza de titán para evitar el accidente. Y por las dudas, el seguro al día. Eso me hace extrañar un montón al almacén del barrio. Ese sí que era un lugar hermoso. Generalmente, era un negocio que se heredaba.

    Posiblemente tus papás y hasta tus abuelos hayan ido a comprar a ese lugar, siempre con diferentes dueños, pero de la misma familia.

    El almacén de mi barrio, en La Boca, allá en Buenos Aires, era fuera de lo común. Su dueño era japonés. Sí, así como lo leen.

    La tradición inmigratoria, era que una familia japonesa siempre tenía una tintorería. Pero esta era la excepción.  Y el señor tenía como nombre Ken Cha. Según él, en castellano se llamaba Adolfo, traducción incomprobable sin Google Traductor.

    Seguramente, Ken Cha tendría unos casi treinta años, pero nuestra infancia lo hacía ver como un señor milenario, como el sifu de Kung Fu Panda, que en lugar de tener una sabiduría ancestral, de tener conocimientos sobre tradiciones y pócimas curativas, sabía de memoria el precio de la yerba, de una manteca o de los 100 gramos de aceitunas.

    Pero no dejaba de ser el almacén del barrio. Era la época de la libreta, en la que te anotaba la deuda cuando no tenías plata.

    Un libro negro, como una Biblia de deudas, en la que estaba tu vida detallada en artículos de limpieza o en galletitas. Esas que venían en una lata (o sea una caja de metal con una tapa y un plástico al costado por donde se podía ver el interior y saber cuál galletita era). Y hasta las recuerdo más ricas. Muchas de ellas han desaparecido.

    Algunas han vuelto en envases diferentes. Pero ir a comprar un cuarto de Melitas, o un cuarto de Boca de Dama, era un placer.

    Para tomar la leche a la tarde con una chocolatada que se hacía con leche y cacao en polvo casi siempre, mirando al Capitán Piluso (no hay merienda si no hay Capitán, dice Fito Páez).

    También podías comprar huevos, que eran envueltos en algún diario viejo, y que el almacenero lo hacía casi artesanal. Los envolvía de manera que hasta era difícil sacarle el envoltorio. Y también tenía un mostrador, blanco, de dudosa limpieza, que siempre tenía en la parte de abajo, una heladera, grandota, con un vidrio, para que el cliente pudiera ver su interior, en el que convivían fiambres, leches, yogures y hasta algunas bebidas para que estén frías.

    El problema era cuando se llenaba. Solo Ken Cha era su propio empleado, por lo que había que tener paciencia. Cortaba fiambre, envolvía huevos, te daba galletitas y se iba a la parte de atrás (lugar misterioso para nuestra imaginación infantil) a buscar productos seleccionados que necesitaban estar en lugares desconocidos.

    También podías ligar algún premio. Si estaba despachando galletitas a algún otro cliente, y estabas cerca, a lo mejor una Chocolina se iba a tu boca. O una fetita de paleta que sobraba de los 150 que llevaba tu vecina. Obviamente, los tiempos cambiaron. Ahora todo está al alcance de la mano. Es un autoservicio. Y eso está bien.

    Aunque tengas que tener la fuerza de Jason Momoa para que no se te doble el endemoniado carro. Y me hace extrañar un poco a Ken Cha, el Adolfo incomprobable. O a lo mejor, extrañe a ese Juan Carlitos, que siempre está dentro de mí.

     

    JUANCHI OTTADO

    @jajhumor

    @morrisonhotel67

    @escuelaparana

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